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Cuento | Nimbo

Por Laura Ilarraza

Cuando llegó, mi gato no ronroneaba. Por más que acariciaba su diminuto cuerpo y su cabecita, mientras sus inmensos ojos color miel se entrecerraban, ese mágico runrún parecido al de una maquinaria que vaga del corazón de un gato al de un ser humano no se echaba a andar. Estás descompuesto, le decía yo todas las noches, triste por no poder saber si me amaba, porque, según yo, marrullar es la forma más clara que tienen los gatos de expresar su cariño. Por si fuera poco, el pequeño Nimbo casi no maullaba; los escasos ruidos que muy de vez en cuando salían de su boca eran casi imperceptibles y parecían más bien el rechinido de un coche al frenar. 

Tanto silencio empezaba a volverme loca. Me había acostumbrado a mi viejo minino pachón, quien hasta su muerte me recibió en casa atragantándose de ruidos, de estruendosas sinfonías guturales, con gritos felinos que acompañaba de sus impulsos de correr hacia mí y restregarse entre mis piernas, al punto de casi hacerme tropezar si no lo cargaba y lo estrechaba contra mi pecho. 

Pero Nimbo era distinto. Sus silencios eran extensos tramos de escarcha que cubrían las paredes de mi pequeño departamento. Con el paso del tiempo, Nimbo se alejaba cada vez más de mí; ya ni siquiera se dejaba acariciar ni se sentaba sobre mis piernas como los primeros días. En casa solo vivíamos él y yo, pero todo se parecía cada vez más a la historia de una persona solitaria condenada a sumergirse en la oscuridad de un gato.  

Nimbo empezó a esconderse en un rincón de la sala y desde ahí me miraba fijamente con sus hermosos ojos de color miel, eternamente callado. Yo empezaba a sentir miedo. Por las noches, su silente figura se paseaba por la casa, gravitando como una sombra, como el recuerdo de algo muerto que no se decide a desaparecer por completo. 

Ese gato afónico terminó por enloquecerme. No quería llegar del trabajo y pasar la tarde y toda la noche en el mismo lugar que él. Temblaba solo de pensar en entrar y verlo en su rincón con sus ojos inmóviles, tan desesperadamente fijos en mí. 

Fue entonces que empecé a planear cómo deshacerme de él. Pensé en envenenar su comida y tirar su cuerpo en una bolsa de basura. Pensé en dejar la ventana abierta y esperar a que se largara. Pensé incluso en asfixiarlo con mis propias manos, viendo cómo se extinguía el color miel de su lúgubre mirada. 

En medio de la ensoñación en la que apretaba con ansias el cuello de Nimbo hasta sentirlo desvanecer, mientras sudaba y temblaba de excitación por acabar con su vida, me descubrí monstruosa. Abrí los ojos y me estremecieron el frío y el pavor. Mi casa se había convertido en la historia de un gato solitario condenado a sumergirse en la oscuridad de una persona que se negaba a que la sombra de su otro gato, muerto hace muy poco tiempo, desapareciera por completo. 

El silencio solo había sido un pretexto para no querer a Nimbo. Como él, muchos gatos no ronronean. Como él, muchos gatos también se esconden en los rincones y nos miran fijamente, y mantienen sus grandes y hermosos ojos inmóviles sobre nosotros, cuando nosotros, los seres humanos, presos de la locura, los asustamos.

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