El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | El fantástico mundo de Nadia

Por Agustín Montes de Oca V.

Primera parte:  Sololai

La pequeña Nadia leía una y otra vez sus cuentos de hadas y cada vez que lo hacía se transportaba a otros mundos que siempre trataban de princesas, hadas, gnomos, gigantes y otro seres fantásticos. Su imaginación volaba, era como la copa de las maravillas que al sorber su suave licor todo se tornaba de colores y sueños. —¡Esto es fabuloso!— pensaba, pero en un instante todo volvía a la realidad. ¡Ahhh! Bueno, no del todo, una parte quedaba en su mundo de sueños e ilusiones, se quedaba ahí amontonándose en carretones de idealizaciones, listos para volver en cualquier instante, justo cuando ella los necesitase. Pero a Nadia nadie le dijo nada de eso, ella lo descubrió en las noches brillantes y en los días templados y frescos del otoño que eran sus cómplices predilectos.

Ese día Nadia se levantó como de costumbre para ir a la escuela con sus libros y útiles escolares listos. Su madre le preparó el desayuno y le mandó algo de fruta para el recreo. Mas en ese momento algo llamó su atención, justo detrás de la puerta de entrada a su casa, una sombra furtiva se deslizó hacia dentro de la casa, con una rapidez tal que solo la mirada despierta de Nadia pudo observar.

—¡Mamá, algo entró en la casa!— exclamó asustada la pequeña. La madre volteó y buscó tras la puerta. Ojalá no fuese algún roedor indeseado. Pero nada, todo se veía normal. —No hay nada, niña —le dijo su madre—. No querrás hacer tiempo para no ir a la escuela, ¿verdad? —le preguntó con mirada astuta su madre y Nadia solo levantó levemente sus hombros y suspiró profundamente— No, mamá,  ya vámonos—.

Durante toda la mañana Nadia estuvo recordando lo acontecido en su casa antes de salir para la escuela. Estaba casi segura de haber visto entrar en su casa como a un pequeño diablillo. Sí… tenía unos cuernitos o quizá chipotes, además de una larga colita prensil. No se explicaba del todo cómo se había percatado de todos esos detalles o acaso su madre tenía razón y llevaba en su cabecita, como le decía, todos esos seres fantásticos de los cuentos que tanto leía. Es más, de seguro el diablillo verde ya había encontrado la casita de hadas que Nadia le había encargado a su papá el año anterior. —Ahí estará metido ese atrevido —pensó. Para la mala fortuna de Nadia, su madre fue por ella a la salida de la escuela acompañada de la “Tía” como le decía despectivamente a la hermana mayor de su madre.

—Esta niña siempre está con sus ensoñaciones, Alicia. Ya no le deberías permitir leer tanto —exclamó la tía Georgina a la madre de Nadia—. Eso no le va a conducir más que a vivir en la irrealidad. Pero, en fin, tu sabrás lo que haces, yo ya te lo advertí —concluyó enfática la distinguida dama del “verbo encarnado”.

La tía Georgina, además, no olvidaba el desenfado con que “la muchachita”, como le decía a Nadia, se atrevió a decirle que sus santos y vírgenes eran más fantasiosos. —¡Pero qué atrevimiento! —recordaba. Afortunadamente para Nadia, su madre era bastante más abierta y tolerante que su prejuiciada tía y le permitía incursionar con ciertos límites dentro de su mundo fantástico. Pero Nadia sabía que no debía abusar de esa libertad, ni tampoco insistir mucho con esas ideas.

En cuanto llegó a su casa Nadia corrió hacia la “casita encantada”, como le llamaba a su casa de hadas. Debía encontrar al extraño ser y enseñarlo al mundo, por fin le harían caso y con la evidencia ya no podrían dudar de ella. Buscó afanosamente en todos los resquicios y nada, en los alrededores, en toda su habitación y no encontró ni huella del pequeño ente. —¿Sería acaso en verdad una ilusión? —pensó. Pero en ese momento algo llamó su atención, aparecía ante sus ojos algo como un rastro. —¿Migajas de pan acaso? —se preguntó y recordó claramente el relato de Hansel y Gretel. —Vaya, esto es enigmático —dijo alzando la voz sin darse cuenta y en efecto, parecía que las migajas de pan hubiesen sido colocadas deliberadamente.

El rastro se dirigía primero hacia la ventana, y lo más extraño era que subían por la pared como si hubieran sido pegadas. De ahí, surcaban la canaleta del quicio de la ventana y asombrosamente flotaban hacia el viejo pino. Bajando después por el tronco, continuaban sinuosamente por el jardín posterior hasta el muro de piedra. Nadia no quiso esperar más y de un salto se encaramó en la tapia que daba a su ventana y de ahí se deslizó hasta el jardín, como lo había hecho antes tantas veces. Se aproximó al muro del fondo del jardín hasta donde llegaban las migajas y en la parte baja junto al borde de los rosales de su madre, encontró una pequeña hendidura e introdujo con cierta precaución su mano. Solo sintió al principio la humedad de la tierra y algunos pequeño guijarros, pero en seguida, percibió que algo viscoso tocaba sus dedos. Retiró la mano de inmediato con repugnancia y en seguida salió una enorme lombriz de tierra, tan grande como nunca había visto ninguna otra. —¡Qué asco! — pensó.

La gran lombriz, mientras tanto, se aproximaba lentamente hacia Nadia. Parecía que la observaba, bueno, si es que alguno de estos bichos tiene ojos. Se acercó un poco más y se irguió, como si fuera una cobra y le dijo con una voz clara y profunda: —La transformación es una de mis cualidades, pequeña—. Nadia dio un paso atrás, pero sin mostrar gran sorpresa, más bien, finalmente tendría como demostrar que no era fantasía lo que ella experimentaba en sus supuestos sueños, esta era la realidad. —Siéntate, niña, y escucha con atención lo que te diré. Así sabrás mucho de la fantasía del mundo adulto —le comentó el bicho—. Oye, pero dime primero tu nombre o ¿acaso quieres que te diga lombriz?, ¿no, verdad? —le preguntó intrigada Nadia al enorme bicho rastrero. Este  se enroscó y ante los atónitos ojos de la chica se transformó en aquel diablillo verdoso que antes había visto. —¿Así está mejor? —le pregunto el ente. Nadia solo asintió con la cabeza y el diablillo le dijo muy solemne: —Soy Sololai y en realidad soy lo que tu quieres que sea. A veces me gusta jugar con tus deseos más ocultos, pero por lo general respeto tus propias fantasías —en seguida se sentó en cuclillas y se quedó observando fijamente a Nadia, como esperando que le dijera algo o quizá como intentando leer su mente.

Segunda parte: El Faro

En el pequeño resquicio de la vieja pared llena de moho y humedad, era difícil tratar de ver algo. Sin embargo, Nadia se agachó y se asomó por el hueco. No veía nada más que una pequeña luz lejana, se volteó para preguntarle algo a Sololai y ya no estaba ahí el diablillo. –¡Recórcholis! —exclamó desairada—. Se desaparece cuando menos se lo espera uno —pensó. Los gritos de su madre la sobresaltaron.

—¿Dónde estás, niña?

—¡Acá abajo, madre! Estoy en el jardín con… En un momento subo —contestó Nadia.

No quiso comentar de momento nada con su madre. —Ahora no es oportuno —pensó— hasta que averigüe más del diablillo—. En cuanto acabó sus labores, regresó de inmediato al patio. —Sololai —lo llamó, pero nada. El pequeño ente no aparecía. —Cómo lo podré llamar? —se preguntaba, cuando de improviso, un leve brillo en el muro de piedra atrajo su atención y si bien no estaba ahí el diablillo verde, sí encontró un pequeño artefacto que parecía emitir una leve luminiscencia azul-verdosa. Era una especie de cilindro que en la parte superior tenía unos cristales de donde emanaba la luz. Era un pequeño faro, que sin embargo al analizarlo con más detenimiento, no tenía ninguna abertura. —¿Por dónde se le introducen las pilas? —se preguntaba Nadia. Pero no, no tenía hendidura alguna.  Era de un extraño material que parecía metal, pero con una textura suave a la vez.

Lo analizaba con detenimiento cuando al pasar su mano por los cristales, estos brillaron con más intensidad. En ese instante escuchó una vocecilla en su mente que le decía: —Vamos, pequeña, enciende el sol si gustas, aunque sea de noche. Yo te puedo mostrar las maravillas de la vida, todo es cuestión de desearlo—. Nadia, sorprendida, soltó el pequeño faro que impactó en el piso, resquebrajándose en varios pedazos. Esto afligió profundamente a la niña que al ver lo que había sucedido se puso sumamente triste y unas lagrimas corrieron por su infantil e inocente rostro. En eso nuevamente escuchó la dulce voz que le decía: —No te preocupes, solo deséalo fervientemente y lo conseguirás—. En efecto, al instante, el pequeño artefacto regresó a su estado anterior. —Vaya, qué maravilla —exclamó Nadia sorprendida.

En seguida, tomó el faro y corrió alegremente  al interior de su casa gritando. —Mamá, mira este juguete, me habla en mi mente—. Su madre la volteó a ver directamente y le dijo: —Nadia, en qué habíamos quedado, hija. Nada de confundir la realidad con la fantasía—. No obstante, el artefacto llamó la atención de su madre. —Déjame verlo. ¿Dónde lo encontraste? —La verdad, estaba en el jardín, de seguro ahí me lo dejó Sololai. —¿Sololai?, ¿de qué me hablas? ¿Quién es?—. Le preguntó extrañada su madre. —El pequeño diablillo verde del jardín. A veces aparece como una gran lombriz de tierra, a veces como él mismo y quién sabe en que más se pueda transformar—. La madre miró a su hija con gesto de enojo y la reprendió. —¿Por qué insistes en eso hija?, ¿no te das cuenta que me afliges? Vete de inmediato a tu habitación. Parece ser que tu tía tiene razón, estás llevando esto al colmo—. Nadia se alejó pensativa a su cuarto, nuevamente se dejó llevar por la emoción y habló de más. Sabía que corría el riesgo de que su madre le prohibiera sus lecturas, debía ser más prudente.

Su madre, no obstante, se quedó a examinar el pequeño faro y en realidad le llamó la atención. Tenía una manufactura extraña. Unos pequeños símbolos estaban grabados en la base del faro y la luz que surgía del juguete era cautivante. Al acercar su mano a la luz esta se intensificaba. —Esto deberá tener algún sensor, pero, ¿cómo funciona?. Y al igual que Nadia, intentó averiguar más, pero no encontró ningún dispositivo, al menos superficialmente.

En eso estaba, cuando una sensación de sopor y beatitud la envolvió. Era como un deseo de profundo abandono. El faro emitía ahora un brillo plateado y en los cristales se podían apreciar dos pequeños ojillos, que observaban fijamente a la mujer, que ahora dormitaba placidamente. Mientras tanto Nadia se preparaba para recostarse, cuando nuevamente percibió la voz que le decía: —¿Qué más deseas, chiquilla? Ahora ya sabes que puedo hacer muchas cosas, pero algo sí te digo, te elegí a ti porque eres como una ninfa de la inocencia y la bondad. Nunca me pidas cosas malas, porque las consecuencias pueden ser negativas. —Muy bien, amiguito, te he entendido. Pero me gustaría más poder verte como realmente eres, no me gusta comunicarme a través de ese faro—. A lo que la voz le contestó: —Recuerda que soy lo que tu desees — y en seguida, se apareció ante Nadia un pequeño gato de suave y esponjado pelambre, que le ronroneaba y se acurrucaba en su pies. —Siempre quise tener un gatito como este, pero mis padres no me lo permiten, no les gustan los mininos, pero ahora aunque sea por un momento, lo tendré. ¿Y si deseo muchas cosas, no me considerarás ambiciosa? —Puede ser —le dijo el gato— lo importante no es tanto qué deseas, sino para qué lo deseas. —Ah, ahora comprendo —dijo reconfortada Nadia y se quedó profundamente dormida.

Tercera parte: Re-creación del Mundo

—¿Sabes para qué sirve un faro? —le preguntó Sololai a la niña cuando ella despertó. La pequeña no se sorprendió. Esta vez el ser se presentaba en su forma más habitual, la del diablillo verde. —Desde luego —contestó enfática Nadia— sirven para guiar a los navegantes en las noches oscuras, para que no se estrellen contra las rocas y lleguen a puerto seguro. —Muy bien, —le dijo el ente— entonces la luz de un faro es como un camino apropiado para los marinos, después de encontrase en noches tormentosas. La luz del faro significa esperanza y resguardo. Pues bien, el artefacto que te di es eso, una guía para llevar a las personas hacia la ruta de la felicidad. Es un brillo que aun en la noche más oscura, les indica el sendero de la verdad. —Vaya, eso sería fabuloso —dijo pensativa la muchachita— pues a medida que más conozco a los adultos, más me sorprenden. Me he dado cuenta de que viven tan preocupados en su vida normal, que nunca reparan en lo importante. —¿Para ti, pequeña, qué es lo importante? —le inquirió con ojos sagaces el diablillo. —Muy sencillo, amiguito —le respondió la pequeña— tú ya lo has dicho, buscar la felicidad, vivir la vida para disfrutarla. Cada momento es único, buscar ayudarnos mutuamente, llevar el carrusel a todos los niños y a los animalitos y a los mayores, que se suban y se alegren como lo hacemos los pequeños, darnos las manos, ¿acaso es mucho pedir? —No, en realidad no debería serlo, linda. Sin embargo, los seres humanos se llenan de compromisos absurdos, se vuelven hoscos, desconfiados y en lugar de ayudarse, se destruyen y echan a perder todo, hasta su propia vida, en luchas inútiles que solo los desgastan. Este es el mundo en el que vives—le contestó Sololai a Nadia y en seguida le dijo— ve a ver a tu madre, ella se durmió con el faro en sus manos, pero no la despiertes bruscamente, solo dale un suave beso en su mejilla, con eso será suficiente.

Nadia salió de su habitación y encontró a su madre dormida profundamente. A un lado de ella,  su padre ya había despertado y la miraba con curiosidad. La niña le hizo una señal con el dedo en la boca para que guardara silencio y en seguida se aproximó a su madre y le dio un beso en la mejilla, tal como le indicara Sololai, y su madre abrió los ojos,mirándola con una sonrisa y en seguida la abrazó como tenía tiempo de no hacerlo. Su padre dijo con cierta cara de burla: —Vaya, cuánto amor destilan hoy, mujeres. La madre de Nadia lo volteó a ver y le plantó un prolongado beso que lo dejó atónito. —Desde hoy así serán nuestro amaneceres, ¿les parece?. Nadia y su padre se miraron y asintieron con complicidad.

A un lado de la cama, el faro se iluminó sorpresivamente, con un brillo intenso y Nadia escuchó en su mente a Sololai que le decía: —Cada vez que el amor fluya se iluminará así y ese es su alimento y en la medida que se nutra,  su poder será mayor, hasta extenderse a todos los seres de la tierra. Será el amanecer de la concordia y la bondad. —¿Ya no será considerado como una debilidad verdad? —dijo en voz alta la pequeña, ante la mirada inquisitiva de sus padres y continuó diciendo— es el faro, es lo que ilumina al ser humano en su camino. Es sencillo, sin nada de complicaciones —. Su madre en ese momento tomó el faro y se lo mostró a su esposo, quien lo contempló y sus rostro cambió de un gesto de sorpresa a una sonrisa plena y dijo: —En verdad es un artefacto maravilloso —y por primera vez se dirigió a su trabajo pensando en cómo contagiar su alegría y deseos de vivir a sus compañeros. Ya no tendría que haber rostros adustos, secos, al contrario, mostraría al mundo que vale la pena esforzarse en compartir con todos la felicidad y así cada pensamiento feliz de Nadia se manifestaba con plenitud, hasta extenderse a los confines de la tierra.

De pronto, la pequeña Nadia salió de su ensimismamiento cuando tocaban la puerta principal de su casa con insistencia y reconoció la destemplada voz de su tía Georgina, quien llamaba a gritos a su atribulada madre. La niña supo que el camino en realidad era más tortuoso de lo que parecía, pero aun así su cometido era claro. —Aun la tía tiene remedio —pensó y alistándose, tomó su pequeño faro, preparada para continuar con la transformación del mundo, con la consigna de hacerlo más amable. El primer paso se había dado, ahora solo cabe ir mejorando. Ya lo tenía claro y dirigiéndose al jardín, bajó la tapia y buscó al enorme batracio que la esperaba en el viejo sauce y al verla de un gran brinco se colocó en su mano, diciéndole: —Vamos por ella, es una victima más de la apatía y la ignorancia. Rescatémosla y mostrémosle la bondad—. Nadia le contestó guiñándole el ojo y diciendo —Vamos Sololai, pronto—. Y raudos, se adentraron a la casa, cerrando la puerta tras ellos suavemente.

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