Columna | Semillas de Pitaya

Semillas de Pitaya | Umbrales

Nueva literatura mexicana (un poco más internacional en esta segunda entrega) 

Por Luis Olaf del Lago

Hay tantos mundos posibles dentro la literatura como planetas hay en el universo. Existe, sin embargo, un sesgo importante que determina de alguna u otra forma lo que leemos y cómo lo leemos. El mundo de las editoriales, del canon literario y de los algoritmos en redes sociales reducen de manera considerable lo que nos llega y lo que se valora dentro de este gran universo de la palabra escrita. Por mucho que pensemos que nos hemos desprendido de la censura de otros siglos es quizá en esta época en donde nosotros mismos hemos devenido agentes activos de estos sesgos. Pienso por ejemplo en el trabajo sexual, que si bien está presente en el imaginario literario, en la mayoría de las ocasiones es la voz del cliente la que habla. Cuando visitamos los relatos que abrevan de experiencias propias dentro del trabajo sexual las perspectivas cambian. 

   Leyendo a Quetzalli Domínguez en la revista Las Furias  me doy cuenta de que el trabajo sexual relata historias diferentes a aquellas de la prostitución. En su publicación “Ser Puta y tarotista en México: Jess Caballero” Quetzalli y Jess tejen una conversación de la que aprendo que el trabajo sexual es una práctica voluntaria, mientras que la prostitución está ligada a un sistema de explotación. Me parece importante mencionar esta diferencia para establecer la dinámica en la que se tejen los relatos de esta entrega de Semillas de Pitaya. El “TS”, como aparece en el texto de Quetzalli, encierra en dos letras  una serie inagotable de vivencias y relatos. Pienso entonces en dos autoras que han encontrado un renombre en el gusto lector y en el reconocimiento de su obra gracias y a pesar de haber ejercido esta actividad, dos autoras que hablan desde una experiencia propia del trabajo sexual y que retratan realidades poco conocidas en sus novelas, Nelly Arcan y Camila Sosa Villada. 

   Nelly Arcan comienza la historia de Puta (2001) con una sentencia que quizá anunciaba  los fantasmas que la acompañaron el día en que decidió terminar con su vida con la ayuda de una soga. “Sí, la vida me atravesó”, nos dice la narradora de esta novela canadiense publicada en las Éditions du Seuil, que se inspira en la experiencia del trabajo sexual y que engarza con las memorias de la niñez. El mundo de esta scort girl se presenta como algo real que, sin estigmatizar, revela un ambiente donde la narradora sufre, goza y reflexiona. Nos muestra un retrato poco visto de la pulcritud de los rasgos canadienses que estamos acostumbrados a ver. En una de las entrevistas a la autora, la presentadora hace comentarios incisivos acerca de la vida que Arcan había tenido antes de publicar el libro, refiriéndose claro está a sus vivencias como trabajadora sexual. La joven escritora, un poco tímida en aquellos años, defiende su texto y dice que le gustaría que el libro se leyera y apreciara por él mismo. La mirada morbosa de la presentadora es quizá ese síntoma compartido por muchos lectores, ese filtro con el que leemos los relatos de estos mundos relacionados con el sexo. Existe una suerte de exotización de las escrituras provenientes de los mundos prohibidos por las llamadas “buenas costumbres”. 

Muchos rasgos en común conectan la novela de Arcan y la más reciente obra de Camila Sosa Villada, Las Malas (2019). Ambas novelas construyen voces femeninas que dibujan el mundo del trabajo sexual, existe en ambas un recuerdo de la infancia y retratan personajes limítrofes dentro de una sociedad que los rechaza pero que los necesita. Las Malas, sin embargo, es un texto que escapa aún más de los moldes literarios. Definido por la autora como un “libro” y no como una “novela”, también se desprende de la producción de Arcan por un posicionamiento político ligado a la reivindicación de la palabra “trans”, al descubrimiento y a la construcción de Camila, una narradora que nos cuenta su vida desde su cuerpo de niño hasta su identidad de mujer. Las Malas es un libro que, sin ganas de encajar en un género literario, se desprende de las etiquetas que hemos puesto a la literatura y también nos ayuda a liberarnos de realidades donde las comunidades trans no existen, donde el trabajo sexual no hace literatura y donde la palabra no se le concede a ciertos personajes marginados. La trama nos lleva de la mano a través de una fuente autobiográfica que nos cuenta la llegada de la narradora al parque Sarmiento en la ciudad de Córdoba, Argentina, en donde un grupo de mujeres ejercen el trabajo sexual. Se hace presente una “identidad travesti” que le enseña a Camila a transitar entre las fronteras, esa identidad política que en Argentina designa la lucha de las mujeres trans y que reivindica su presencia en el mundo. 

La historia de Camila se entrelaza con el camino de una madre travesti, la Tía Encarna. Esta mujer guerrera es la protectora de las trabajadoras del parque. De cuerpo imponente y agallas de acero, la madre parirá un hijo de la manera más inesperada del mundo al rescatar un bebé abandonado en el parque. Lo sacará de entre las espinas con sus propias manos ensangrentadas hasta hacer de él su propio hijo. “El Brillo de los Ojos”, como se nombra a este infante cuidado por travestis, acompaña el recorrido de la Tía Encarna por senderos de rechazo, dolor y soledad mientras ella ve cómo su vida y la de sus compañeras se dirige hacia destinos diversos. 

El parque es quizá otro personaje dentro del libro, un ambiente que se prolonga dentro de los cuerpos de este grupo de mujeres, del cual algunas incluso se colocan y dislocan entre lo humano y lo bestial: “María la muda”, mujer pájaro que surca los cielos con la mirada, “La Machi”, mujer fiera que se engalana con animal print para invocar deidades ocultas entre los árboles y el viento. Así se va construyendo una jauría que se cuida y se observa dentro de la hostilidad de la noche. 

Los libros de Sosa y Arcan son solo una muestra de una fuente artística que crea desde la frontera. Esta literatura nace de una memoria habitada por el trabajo sexual y retrata mundos poco presentes dentro de las lecturas cotidianas. Esta literatura reivindica. Yo creo que la literatura va más allá del canon, que va más allá incluso de la palabra escrita y que atraviesa todo eso que nos contamos sin escribirlo. La literatura que trata el trabajo sexual sin condenarlo es aún escasa frente a las producciones del canon principal. El testimonio de voces como las de Arcan y Sosa nos ofrecen visiones honestas de estas realidades. 

Me quedo con una última reflexión que no puedo dejar de mencionar. Tanto Camila Sosa como Nelly Arcan abrevan del trabajo sexual y de una experiencia propia de él, pero ambas comparten un rasgo que llama mi atención, ambas tuvieron la oportunidad de formarse dentro de los estudios artísticos y literarios. Me pregunto dónde queda la palabra de las personas que ejercen este trabajo y que bajo condiciones de marginación no pueden hacer llegar sus relatos. ¿Dónde hubiera quedado la historia de Jess sin una entrevista? ¿Dónde quedan esos testimonios que dibujan noches entre la necesidad y el placer ajeno? Estos dos libros son una puerta para comenzar a buscar esos mundos posibles que pueden encontrarse más cerca de nosotros de lo que imaginamos. Mantengamos los ojos abiertos para percibirlos mejor.

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