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Cuento | La noche de Walpurgis

Por Cecilia Colón H.

«Su mirada tenía música y las frases que me enviaban 

sus ojos resonaban en el fondo de mi corazón 

como si una boca invisible las hubiera 

susurrado en mi alma.»

Teófilo Gautier

—Esta es mi primera noche de Walpurgis. Me dijeron que el mal está libre, que hay aquelarres por doquiera y que las brujas y los vampiros se buscan. La verdad es que no sé si sea cierto. Nunca me he topado con ninguno, es más, no creo en ellos. ¿Usted sí?

La dulce Clari esbozó su sonrisa más ingenua antes de continuar, en su voz podía adivinarse una cierta ironía.

—Yo no sé si sucede todo lo que dicen de las brujas. Yo vivo en una casa antigua, herencia de mis padres, es amplia, agradable, llena de luz, ¿usted cree que allí podría vivir un fantasma? ¡Claro que no! Eso es algo increíble. Si los vecinos se quejan del ruido nocturno es porque es una hora tan tranquila la de la noche que aprovecho a veces para mover mis muebles de lugar, para cambiar la decoración… Fíjese que soy una mujer inquieta, me gustan las emociones, los cambios, los viajes, conocer gente diferente, exótica, otras culturas y lugares. Afortunadamente puedo pagarme esos caprichos y eso luego la gente lo ve mal. ¿Qué otra cosa me pueden criticar? Son solo envidias. Mis dos sirvientas pasan inadvertidas para los demás, ellas sí que hacen el menor ruido posible, me atienden a mí y a mis tres gatos. No sé por qué dicen cosas de ellas, para mí son dulces y cercanas, siempre han estado conmigo, desde que yo nací. ¿Entiende ahora el motivo de mi defensa hacia ellas?

Clari volvió a observar al detective-policía, quien parecía una estatua por lo serio que estaba; sus ojos no la perdían de vista, en medio de esa pequeña oficina burocrática, ella era lo mejor para observar.

—No sé qué más le puedo decir, es la primera vez que tomo conciencia de la importancia de una noche tan especial y de que algo extraño pueda ocurrir, realmente nunca lo había pensado, mi vida es tan tranquila y tan sencilla.

Una sonrisa más seductora que inocente asomó a sus labios. Para el hombre no pasó inadvertido el hecho; intentó evitar esa mirada, pero… ¿cómo lograrlo? ¿Cómo negarse a esos ojos verdes que le hablaban de deseo, de una sensación que él no se explicaba, pero que sentía lejanamente familiar?

—¿Por qué no me cuenta lo que realmente ocurrió? —él mismo se sorprendió al escuchar su propia voz, salía con tan poco sonido, tan grave.

—Pues como le dije, soy muy curiosa y esa noche miré mi espejo con una vela al lado, ¿no es así cómo empiezan las invocaciones? Bueno, eso dicen. Yo jugué con mi imagen, con mi voz, con las palabras que salían de mi boca… ¿Lo ha hecho alguna vez? Es divertido, es como un desdoblamiento, como si yo me viera a mí misma en otro cuerpo, aunque conservando los mismos pensamientos. ¡Era la noche ideal para hacerlo!

—La gente dice que oyó cosas muy extrañas en su casa.

—¡Por favor! Son habladurías de gente vulgar, por eso primero le expliqué cómo soy, precisamente para que usted me entendiera… ¿Va a ser capaz de darle más crédito a esos envidiosos que a mí?

Los puñales verdes se detuvieron muy cerca de él, casi pudo oler el enojo y cerró los ojos por un instante, pero de su boca salió la voz.

—No es que le crea más a los vecinos que a usted, solo que…

Ella se recargó en el respaldo de su silla sin dejar de verlo, otra vez sonreía.

—¡Ah, la gente a veces es tan problemática!

—Sin embargo, no me ha explicado aún qué ocurrió…

—¡Ah, sí, estábamos en el espejo! Después de eso, algo me distrajo, no recuerdo qué fue, quizás un ruido, el caso es que bajé al jardín y allí vi a unas mujeres que bailaban, supuse que eran amigas de mis sirvientas, así que no me extrañó.

—¿Sus sirvientas hacen sus fiestas en la casa de usted? —la pregunta salió con un gran tono de sorpresa.

—¡Claro! ¿Por qué no? Ya le expliqué que ellas son como mi familia, me miman mucho y poco a poco se han ido ganando derechos. ¿O me va a salir ahora con una actitud discriminativa? Todo se veía divertido y ellas me invitaron a tomar parte. Yo conocía a algunas, pues de vez en cuando vienen a la casa.

—¿Con qué frecuencia?

—No sé, tal vez cada año, no soy de las que acostumbra estarle contando las visitas a la servidumbre; pero yo ya las conocía, así que me uní al grupo. La noche era cálida, el viento que soplaba era tan suave, como una caricia, ¿lo ha sentido así alguna vez?

—Para mí todos los vientos son iguales: invisibles y pueden ser enormemente violentos.

—¡Qué barbaridad! Se ve que no conoce a la naturaleza… y tampoco la entiende… es tan apasionada como una mujer, tan misteriosa y tan…

—¿Podríamos volver al punto de la reunión de esa noche? ¿Qué hizo usted con las mujeres?

Clari lo miró como una niña regañada, pero la expresión seria y seca de su interlocutor le arrebató la coquetería a su sonrisa.

—Pues estuvimos platicando, cantando y divirtiéndonos un poco. Yo saqué una botella de vino y nos la bebimos entre todas, ¡estaba delicioso! Nos sentíamos alegres, todo en el mundo parecía contento: la noche, el viento, la luna, algunas estrellas que nos guiñaban pícaramente los ojos, las sombras de los árboles…

—¿En qué momento cambió todo eso?

—Pues no recuerdo, tal vez el vino hizo su efecto y…

Nuevamente esa voz metálica, ahora más dura. Le salió al paso.

—¡No me diga que no recuerda nada! Los vecinos estaban muy asustados…

—Oiga, yo no tengo la culpa de eso, cada quien con su conciencia. Si la gente es miedosa, no es por mí, solo falta que también me eche la culpa de lo que le sucede a ellos.

Ella no se había dado cuenta de que había subido su tono de voz, sin embargo, el hombre siguió con su frialdad.

—No se moleste, señorita, solo repito lo que sus vecinos dijeron… y fueron varios, no tendría por qué no creerles.

—¿O sea que ellos tienen más razón que yo?

—Nunca dije eso. Vieron cosas extrañas y escucharon ruidos que los inquietaron, entiéndalos.

—¿Y quién me entiende a mí? Mire, quizá gritamos un poco y corrimos por el jardín como efecto del ambiente y del vino, pero eso fue todo y solo fue un rato, después nos quedamos dormidas.

—¿Por eso se oyeron aullidos y carcajadas que los vecinos calificaron de siniestros? Ellos hablan de una verdadera fiesta que les dio mucho miedo por todo lo que se escuchó. Alguien asegura que hubo una…  ¿invocación diabólica?

Ahora sí Clari soltó una risa que llenó la pequeña y gris oficina. El detective-policía siguió muy serio.

—¿Invocación diabólica? ¡Por favor! ¿Quién de mis vecinos sabe latín? Porque creo que ese es el idioma oficial de las invocaciones, ¿no?

—Lo ignoro, señorita.

—¡Pues claro que sí! Todos mis vecinos son muy ignorantes, dígame en qué escuela se enseña actualmente el latín como una segunda lengua, ¡en ninguna, señor! Lo único que podrán saber son algunos latinajos y eso, los que son abogados porque los demás…

—¡Ya basta de salirse por la tangente! solo responda a lo que le preguntó. ¿Había o no fiesta en su casa? ¿Era o no ruidosa? ¿Pasaron cosas raras o no?

¡Qué belleza no luce más ante el enojo! Las mejillas encendidas de la mujer hacían que el verde de sus ojos fuera más intenso y que el negro de su cabello se oscureciera más.

—Pues sí, hice una fiesta en mi casa, ruidosa como todas las fiestas y en cuanto a que pasaran cosas raras, no sé a qué se refiere exactamente.

—Luces raras salidas de ninguna parte, ruidos como aullidos, gritos, tal vez objetos o… fantasmas que volaban.

—¿Fantasmas? Caray, mis vecinos ven mucha televisión, ja, ja.

—¿Hubo o no cosas así?

La mirada del policía era dura, inquisidora, metálica, sin embargo, esta vez Clari se la sostuvo. El verde chocó con el metal, pero no se dejó vencer. La voz de ella esta vez sonó con firmeza.

—Usted está muy seguro de lo que dice.

Nuevamente la seducción de esos ojos se sintió con plenitud. El policía se quedó quieto, su mente se quedó en compás de espera, listo para oír, por fin, la confesión de esa mujer tan inquietante.

—¿Ya olvidó lo que sucedió esa noche?

La pregunta de ella lo desarmó, ¿qué quería decir?

—¿No recuerda que llegó a mi casa y tomó parte en la fiesta? Bailó con nosotras, bebió el mismo vino, hizo la misma invocación…

La mente de él se abrió con los flashazos de los recuerdos que ella le iba mencionando. Una sensación extraña de inseguridad se metió por sus costados y se apoderó de su conciencia. Su mirada dura se reblandeció por la sorpresa, por ese balde de agua helada que eran las palabras de ella.

—No me diga que de sus recuerdos borró esa noche. Usted era el más animado, el más febril y lo que pasó después… usted mejor que nadie lo sabe, obsérvese bien, en su cuerpo están las huellas.

Romualdo cerró los ojos como si quisiera recordar, pero también como si se esforzara en olvidar. Todo estaba allí, en el espacio compacto de su cerebro. Nuevamente sintió lo mismo, todo se agolpó en un estallido de recuerdos, de sensaciones que le llegaban con velocidad. Estaba cansado, instintivamente se llevó la mano al cuello y la nuca y… entendió lo que ella decía. Fue en ese momento de confusión que la mujer aprovechó para adueñarse de la situación.

—¿Me puedo ir ya?

Las palabras de Clari lo devolvieron a la realidad, en su mente trataba de ordenar esos recuerdos desarticulados.

—S-sí… pero permítame, debe firmar su declaración.

Él estaba aún bajo el influjo de aquellos ojos verdes. Vagamente recordó que hace siglos en una iglesia, también hubo un par de ojos verdes que cambiaron un destino, ¿era el de él o el de otra persona? ¡Imposible recordar con exactitud  en ese momento de tanta intensidad!

Le extendió a la mujer el papel que ella firmó con su nombre, que él repitió para estar seguro.

—¿Clarimonda?

—Así es, tal vez usted me recuerde… de alguna otra vida.

Con plena seguridad, la mujer se levantó de la silla y dejó esa oficina donde un hombre desconcertado trataba de entender todo. El paso garboso de ella se perdió en aquellos pasillos grises de la alcaldía, mientras Romualdo trataba de adivinar por qué la firma de la mujer se iba poniendo más roja cada vez.

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