Antología

El cuento en cuarentena | Rudorf

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento se encuentra incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual puedes hallar de manera gratuita en Palabrerías] 

Por Marcos Macias Mier

La señora Laura tocó a la puerta mientras estábamos desayunando: llevaba unos tenis gastados, una playera enorme y sus pants eternamente manchados por las huellas de Kabah; aun así, habló como una reina, habló como si estuviera a punto de participar en una fiesta de té con la familia real completa y no a punto de pedir desesperadamente por ayuda.

—Marquitos —dijo con una cara radiante—, no sea malo; no me ha caído nada de lana y me veo en la necesidad de pedirle algo. Verá…. se me terminaron las croquetas para Kabah.

Yo no tenía mucho dinero y de inmediato sentí un ligero golpeteo en el estómago, como si ya me estuviera doliendo el costo de ese favor; sin embargo, sus ojos dejaban ver una desesperación que terminó por convencerme. Me conmovió, además, el orden de sus prioridades: la señora Laura prefería comprar comida para su perra que algo de fruta o arroz para ella y vaya que le hacía falta.

Conocía perfectamente las razones que la orillaban a pedir ayuda: ella se dedicó a vender ropa de segunda mano después de que comenzaran los dolores de la ciática y la despidieran de una empresa a la que había dedicado gran parte de su vida; comprar una playera usada o unos vestidos pasados de moda no era primordial en una cuarentena que comenzaba, por lo que no estaba exagerando sus problemas. No recuerdo cómo accedí, pero cuando me di cuenta ya estaba comprometido a comprarle huevos, queso y un cuarto de jamón.

—Ten, te coopero con algo —dijo Jocelyn después de que la señora se marchara mientras me entregaba un par de billetes.

—No, ¿cómo crees? Son mis problemas. ¿Quién me anda metiendo en el sindicato de buenos samaritanos?

Ella insistió.

—Tómalo. Ni siquiera es para ti, no puedes negarte. Es que se ve tan abrumada por el mundo…

Esa misma tarde fui al supermercado, compré demasiadas cosas: las croquetas, claro, lentejas, arroz, un cereal, leche deslactosada e incluso un par de barras de chocolate. Mientras tomaba los productos de los anaqueles casi vacíos, llegué a pensar que debía llevarle cosas de mejor calidad, de buena marca. Así era la señora Laura: a ella le hacías un favor y buscabas hacerlo de la mejor manera posible y todavía querías agradecerle por habértelo pedido. Había dos razones para esto: en primer lugar, su voz era contundente, como si la vergüenza le fuera ajena y sus peticiones fueran parte fundamental del mundo; en segundo lugar, ella era tan irremediablemente pobre, tan desamparada, que a uno le alegraba el hecho de poder ser su héroe personal con una acción tan pequeña como llevarle despensa. Al final todos agradecemos las tragedias de los otros, ya sea por la posibilidad de ayudar o por el mero gusto de no estarlas sufriendo.

Otra cualidad de Laura era su habilidad para prometer que, en cuanto pasara la tormenta, todos los favores realizados serían retribuidos. Hablaba, por ejemplo, de cuentas que llevaba («Marquitos, muchas gracias, ¿cuánto fue? Lo anotaré en la cuenta», prometía), de regalos que haría y de fiestas modestas que organizaría a todos los vecinos por su apoyo en los tiempos complicados. A veces me sacaba de quicio su espera por aquella gloria que nunca llegaba. Depositaba su esperanza en el regreso de alguno de sus amigos de España, en el perdón de su único hijo o en la resolución de un juicio pendiente tras el cual recibiría la herencia de su padre. El efecto de aquellas palabras combinadas con su hambre resultaba chocante. La pobre hablaba de viajar a París o de vivir en Portugal al mismo tiempo que tenía que pedir prestado para pagar el gas.

—Pásale —me dijo, con su sonrisa enorme, cuando fui a dejarle su despensa. Kabah se abalanzó sobre mí como si adivinara que mi bolsa de mandado incluía un par de sobres con carne para perro, de esos que humean en los comerciales de televisión. Era un perro joven con dientes de viejo. Me causaba conflicto entrar en su hogar: siempre me hacía una fiesta cuando llegaba, era tanta su alegría que resultaba un poco triste, casi patético; solo una persona verdaderamente solitaria se alegraría tanto de los quince minutos que le estaba regalando un vecino casi desconocido.

—¿Sabías que mi apellido es Rudorf? —preguntó mientras Kabah me traía uno de sus juguetes para que lo arrojara.

—¿En serio, señora? ¿De dónde viene?

—Es alemán, Marquitos. Mira esta foto. Es de mi padre. Era un hombre muy apuesto, ¿no te parece? Un verdadero hombre, de esos de antes. Bueno, no realmente. Era uno bondadoso en un tiempo que era hostil para la bondad. Vino de Alemania por un trabajo en una aseguradora y fue escalando en la empresa y en la vida hasta que se topó con mi madre.

—¿Es ella? Es muy bonita.

—Algo bueno tenía que tener. Que me perdone Dios, pero tenía un carácter endemoniado; de lo peor, Marquitos, de lo peor que te puedas imaginar. Fue secretaria de mi papá y luego le dieron el ascenso a esposa. Nada más tuvo que trabajar dos años más, dos años que le recriminaría a mi santo padre hasta el final de su vida. Siempre rodeada de botellas de brandy Presidente, la pobre.

El departamento no olía mal; sin embargo, escondía un aroma a dulces rancios, perfumes viejos y cigarros mentolados. Sus paredes eran lo contrario a todo eso: estaban llenas de souvenirs de una gran cantidad de países y contextos, todos enmarcados en una sola clase de buen gusto a pesar de la diversidad. Un abanico chino gigante con un tigre poderoso estampado convivía con una matrushka exquisita. Tenía una réplica de un papiro mostrando al dios Anubis en su ponderación del alma; copias de un Van Gogh y otra de un Rembrandt, una más de Velasco; platos con imágenes de la torre Eiffel, Venecia y Londres, y pinturas representando actores de kabuki al lado de máscaras de viejos de la danza provenientes del sur del país. Era un museo decorado de manera precisa, lleno de historia personal y nostalgia.

—¿Te gusta, verdad?, mi pared. Cada souvenir es un viaje. Viví en Europa un tiempo, primero con el dinero de mi papá, que ganaba tanto como odiaba a mi mamá; después, con lo poco que sacaba haciendo trabajitos de traducción. Egipto un tiempo, luego Rusia. Si te contara… Me encanta viajar a tierras diferentes, como si lo desconocido me causara adicción. Mi padre nunca lo comprendió, después de un tiempo dejó de enviarme cartas, justo antes de rogarme que regresara a México; le respondí que debía aprender a valerme por mí misma, que lo hacía porque mi vida me había quedado chica: no lo comprendió. Ni él ni mi ex, tiempo después. Tampoco mi hijo…

—¿Qué le digo? Igual me escapé cuando vine acá a la capital, de cierta manera. Se necesita cierto carácter para que alguien corte sus raíces y eso siempre te hace enemigo del bosque, ¿no? —le dije para acortar la conversación: tenía demasiada hambre y el tiempo en ese departamento pasaba con un ritmo extraño.

Seguimos hablando, sin embargo, de los vecinos, del mejor café que habíamos tomado en la vida, de cómo tejía figuritas de brujas para que le hicieran compañía y le cuidaran la casa («entre hermanas nos cuidamos», había dicho) y de cómo había adoptado a un ratón que se había metido en su closet, el Ratatouille, que le había estado royendo la almohadilla de su sillón durante dos semanas.

—Estoy tan pobre que me da pena envenenar al Ratatouille. Suficiente tortura tiene comiéndose mis muebles por no tener comida que robarme.

Después de jugar con Kabah por última vez, decidí marcharme. La señora me entregó un pantalón acampanado y algo sucio como muestra de agradecimiento, me despidió como siempre (apuntándolo todo en la cuenta y haciendo como si no le hubiera hecho un favor) y me abrió la puerta con un movimiento torpe: la ciática no tardaría en torturarla.

—Te digo, ya me voy de este país. En serio, Marquitos, en serio. Sufro mucho acá. Solo salgo del bache y me regreso a Alemania. Por eso no he ido de visita: si viajo, allá me quedo sin despedirme de nadie y eso no sería muy cortés. Ya nomás que mi hijo, el muy hijo de la peinada —dijo al mismo tiempo que tomaba su pelo—, se acuerde de que tiene madre y me mudo a las propiedades que tiene nuestra familia en el viejo continente. Allá lo voy a invitar, Marquitos, para que juegue con Kabah. Se enamorará del buen gusto que tuvo Johan Rudorf, mi abuelo, al construir y adornar esas casas de campo que nos quedan: siguen tal como él las decoró.

Comenzó a hablar nuevamente como hablan los solitarios cuando encuentran un oído decente; mientras, yo seguía embelesado por los cuadros y los recuerdos, hasta que me fijé en la mesa y vi el nombre completo de la señora impreso en un recibo de la electricidad: Laura Pérez Zambrano. Sentí un nudo en la garganta, me di cuenta

su hogar: siempre me hacía una fiesta cuando llegaba, era tanta su alegría que resultaba un poco triste, casi patético; solo una persona verdaderamente solitaria se alegraría tanto de los quince minutos que le estaba regalando un vecino casi desconocido.

—¿Sabías que mi apellido es Rudorf? —preguntó mientras Kabah me traía uno de sus juguetes para que lo arrojara.

—¿En serio, señora? ¿De dónde viene?

—Es alemán, Marquitos. Mira esta foto. Es de mi padre. Era un hombre muy apuesto, ¿no te parece? Un verdadero hombre, de esos de antes. Bueno, no realmente. Era uno bondadoso en un tiempo que era hostil para la bondad. Vino de Alemania por un trabajo en una aseguradora y fue escalando en la empresa y en la vida hasta que se topó con mi madre.

—¿Es ella? Es muy bonita.

—Algo bueno tenía que tener. Que me perdone Dios, pero tenía un carácter endemoniado; de lo peor, Marquitos, de lo peor que te puedas imaginar. Fue secretaria de mi papá y luego le dieron el ascenso a esposa. Nada más tuvo que trabajar dos años más, dos años que le recriminaría a mi santo padre hasta el final de su vida. Siempre rodeada de botellas de brandy Presidente, la pobre.

El departamento no olía mal; sin embargo, escondía un aroma a dulces rancios, perfumes viejos y cigarros mentolados. Sus paredes eran lo contrario a todo eso: estaban llenas de souvenirs de una gran cantidad de países y contextos, todos enmarcados en una sola clase de buen gusto a pesar de la diversidad. Un abanico chino gigante con un tigre poderoso estampado convivía con una matrushka exquisita. Tenía una réplica de un papiro mostrando al dios Anubis en su ponderación del alma; copias de un Van Gogh y otra de un Rembrandt, una más de Velasco; platos con imágenes de la torre Eiffel, Venecia y Londres, y pinturas representando actores de kabuki al lado de máscaras de viejos de la danza provenientes del sur del país. Era un museo decorado de manera precisa, lleno de historia personal y nostalgia.

—¿Te gusta, verdad?, mi pared. Cada souvenir es un viaje. Viví en Europa un tiempo, primero con el dinero de mi papá, que ganaba tanto como odiaba a mi mamá; después, con lo poco que sacaba haciendo trabajitos de traducción. Egipto un tiempo, luego Rusia. Si te contara… Me encanta viajar a tierras diferentes, como si lo desconocido me causara adicción. Mi padre nunca lo comprendió, después de un tiempo dejó de enviarme cartas, justo antes de rogarme que regresara a México; le respondí que debía aprender a valerme por mí misma, que lo hacía porque mi vida me había quedado chica: no lo comprendió. Ni él ni mi ex, tiempo después. Tampoco mi hijo…

—¿Qué le digo? Igual me escapé cuando vine acá a la capital, de cierta manera. Se necesita cierto carácter para que alguien corte sus raíces y eso siempre te hace enemigo del bosque, ¿no? —le dije para acortar la conversación: tenía demasiada hambre y el tiempo en ese departamento pasaba con un ritmo extraño.

Seguimos hablando, sin embargo, de los vecinos, del mejor café que habíamos tomado en la vida, de cómo tejía figuritas de brujas para que le hicieran compañía y le cuidaran la casa («entre hermanas nos cuidamos», había dicho) y de cómo había adoptado a un ratón que se había metido en su closet, el Ratatouille, que le había estado royendo la almohadilla de su sillón durante dos semanas.

—Estoy tan pobre que me da pena envenenar al Ratatouille. Suficiente tortura tiene comiéndose mis muebles por no tener comida que robarme.

Después de jugar con Kabah por última vez, decidí marcharme. La señora me entregó un pantalón acampanado y algo sucio como muestra de agradecimiento, me despidió como siempre (apuntándolo todo en la cuenta y haciendo como si no le hubiera hecho un favor) y me abrió la puerta con un movimiento torpe: la ciática no tardaría en torturarla.

—Te digo, ya me voy de este país. En serio, Marquitos, en serio. Sufro mucho acá. Solo salgo del bache y me regreso a Alemania. Por eso no he ido de visita: si viajo, allá me quedo sin despedirme de nadie y eso no sería muy cortés. Ya nomás que mi hijo, el muy hijo de la peinada —dijo al mismo tiempo que tomaba su pelo—, se acuerde de que tiene madre y me mudo a las propiedades que tiene nuestra familia en el viejo continente. Allá lo voy a invitar, Marquitos, para que juegue con Kabah. Se enamorará del buen gusto que tuvo Johan Rudorf, mi abuelo, al construir y adornar esas casas de campo que nos quedan: siguen tal como él las decoró.

Comenzó a hablar nuevamente como hablan los solitarios cuando encuentran un oído decente; mientras, yo seguía embelesado por los cuadros y los recuerdos, hasta que me fijé en la mesa y vi el nombre completo de la señora impreso en un recibo de la electricidad: Laura Pérez Zambrano. Sentí un nudo en la garganta, me di cuenta de que, seguramente, esas réplicas egipcias del libro de los muertos habrían sido elaborados en alguna fábrica de Tlalnepantla y no sé si me dolió más la ilusión de su pasado, el castigo de su presente o su futuro que estaba destinado a ser espejo eterno de esos días de hambre, ratas y recuerdos ficticios.

—Y mi familia hace un vino, Marquitos, délicieux

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