Cuentos

El cuento en cuarentena | Kamikaze

Por Carlos Samuel Parra

«¡Eureka, eureka!», gritaron con júbilo los internos del sanatorio mental Fray Pedro de Gante, que estaba situado al norte de España, en Cataluña, al escuchar la llegada del nuevo paciente. Los ahí presentes se arremolinaban para ver de quién se trataba. Estiraban el pescuezo como si buscaran la salida al paraíso. Todos los internos se aglomeraron frente al pabellón que albergaría al misterioso paciente un día de primavera de 1953. Hasta el aire viciado sentía curiosidad ante el gran alboroto aquel día en el sanatorio mental. Rito Herbertz era el más efervescente, proclamaba que su apellido era aristócrata, una herencia de su padre. «¡Es él, es él!», exclamaba excitado, pero su algarabía claudicó cuando vio que se había equivocado en su percepción al confundir al recién llegado con el príncipe de Persia. 

«¡No, no es él!», decía acongojado. Los demás internos vieron pasar de manera presurosa a dos enfermeros con una silla de ruedas donde llevaban nada más y nada menos que a Felipe Arias Bermúdez, un piloto de la guerra civil española, un as de la aviación. Había peleado en el bando republicano contra el nacionalista. Sus derribos de pilotos enemigos, principalmente alemanes que Hitler había enviado para apoyar a Francisco Franco en su golpe de Estado, hicieron que su fama se extendiera por buena parte de España en aquellos tiempos. Felipe era un hombre fuerte, pues no rebasaba los cuarenta años. El día que llegó al manic… al sanatorio mental, los internos se quedaron pensando en cómo un as de la aviación de la guerra civil española había ido a parar ahí. Rito se dispuso a averiguarlo.

Los días pasaron, se desvistieron en horas que aprovechaba al sol Felipe, mirando el viento pasar, a las rosas susurrarle sus secretos y reviviendo sus épocas doradas. Rito, quien era perspicaz y metiche, se atrevió a saludarlo una tarde en el patio. A Felipe parecía caerle bien Rito. El hombre risueño que llegó y se presentó como descendiente de aristócratas se fue ganando la confianza de Felipe. Un día ya entrado en más familiaridad, Rito invitó a Felipe a una mesa contigua al patio del pabellón a comer con otros internos y le presentó a Amador Alfaro, campesino agrícola; a Esteban Sánchez, zapatero de oficio; a Rubén Mallorca, borracho empedernido; a Luis Padierna, electricista; y por último a Henz Müller, un alemán acérrimo enemigo de Felipe en la guerra civil española. 

―¿Pero qué diablos está haciendo este grandísimo hijo de puta aquí? ―preguntó Felipe en cuanto miró a Henz, ante la mirada pasmada de los demás.

―A mí también me da gusto verte ―respondió Henz, con un castellano casi perfecto que había aprendido a dominar por tantos años vividos en España.

Los demás internos se miraban unos a otros sin comprender qué era lo que pasaba.

―De todos los lugares del mundo, jamás pensé encontrarte a ti aquí ―dijo Felipe, con la voz envuelta de rabia.

―Lo mismo digo, querido amigo. Ha pasado tanto tiempo, ¿no es verdad? ―dijo Henz en tono irónico y burlesco.

―Así es, maldito cobarde ―replicó Felipe.

―¿Cobarde yo? ―asintió Henz―. Si tú mismo te retiraste de las batallas que tuvimos allá entre 1936 y 1939 por no poder derribarme, mucho menos vencerme, por eso aún veo que me sigues guardando resentimiento ―aseguró.

―¡Hijo de put…! ―exclamó Felipe, con la quijada casi a punto de estallarle del coraje. Parecía que las tripas le saltarían por los ojos al tener de frente a su acérrimo enemigo y, en efecto, al que nunca pudo derribar en la guerra.

―Calmémonos todos ―dijo Rito, el hombre del apellido aristócrata―. Será mejor irnos a nuestros dormitorios, ya mañana veremos. Además, tenemos que seguir con nuestro plan ―agregó, mientras guiñaba un ojo al viento.

―¿Qué plan? ―preguntó curioso Felipe.

―Ya te contaremos ―dijo Luis.

―¡A este imbécil no le cuenten nada! ―dijo Henz en un castellano duro y seco.

―¡Maldito alemán de mierda! ―exclamó Felipe, con el sopor de la tarde impregnado en la fuerza que salía a borbotones de su garganta para expulsar las palabras despectivas a su enemigo.

―¡Viva mi general Francisco Franco! ―exclamó con júbilo Henz.

―¿Tu general? ―preguntó Felipe―. Si tú no eras más que un lameculos que sirvió del lado del anarquista, del traidor, del saqueador.

―Vayamos a descansar y espero que se calmen para mañana los ánimos ―dijo Rubén.

Se fueron todos a sus habitaciones, pues a pesar de ser muy temprano todavía, el sol comenzaba a desvestir al ocaso para arrumarse y dejarse bruñir por la tarde. Rito le había contado a Felipe, a escondidas, ya entrada la noche, del plan que tenían para fugarse de aquel lugar en donde ya tenían muchos años. Querían matar al director del sanatorio y poder huir de ahí. En el sanatorio no había demasiada vigilancia, bastaba con tener anuncios para intimidar a los locos, ni siquiera la ortografía tenía que ser pulcra y elegante, bastaba con que se entendieran los anuncios y punto, como aquel que estaba puesto encima del portón de la entrada principal que decía: “Si intentas escapar por esta puerta, perezcerás”.  

Al día siguiente, los dos enemigos se volvieron a encontrar, como alguna vez lo hicieron en el aire, a la hora del desayuno. Esta vez no hubo metrallas de balas, pero sí metrallas de miradas con las que deseaban fulminarse el uno al otro. Se sentaron a comer a la mesa, mientras que con la mirada se lanzaban guiños de desprecio, atenuando su pasado.

―Y si no es mucha mi incumbencia, ¿cómo es que viniste a parar aquí? ―le preguntó Rito a Felipe.

―Durante muchos años tuve frecuentes pesadillas. De las pesadillas pasé a las alucinaciones, y con el tiempo eso destruyó mi vida familiar, ya que de lo único que hablaba yo era de la guerra. Dicen que perdí la razón y se hartaron de mí y me echaron aquí como a un perro viejo ―respondió Felipe, al tiempo que Henz se burlaba con tremendas bocanadas de risa.

―¿De qué te ríes, bastardo hijo de perra lame huevos de Franco? ―preguntó airadamente Felipe.

―De nada, hombre, de nada ―respondió burlonamente Henz.

―No te preocupes, Felipe. Todos estamos en este lugar porque padecemos lo mismo que tú. Te comprendo ―dijo Amador, con una empatía amistosa.

Esa noche, ya en su habitación, Felipe pensaba de qué manera vengarse y acabar con su enemigo. Ideaba un plan para matarlo de una vez por todas, se maldecía por no haberlo hecho en medio de las batallas durante el apogeo de la guerra. Recordó el plan que le había contado Rito y se le vino a la mente otra idea más descabellada para su plan de venganza. De igual forma, el plan de Rito le parecía bastante elocuente, pues en el fondo, Felipe también anhelaba salir de aquel lugar, que ya empezaba a podrirle la poca libertad coherente que le quedaba.

En las noches de lluvia los locos se paseaban como Pedro por su casa en el sanatorio en busca de la idea perfecta para asesinar al director y a su comitiva. En una de esas noches de lluvia a Rubén Mallorca, borracho empedernido, se le ocurrió la idea de envenenar al director y compañía, pues recordó que en sus años mozos había hecho algunos “trabajitos” en su pueblo natal. Se lo contó a todos en una reunión secreta en el jardín y les pareció buena idea. «Lo haremos en estos días. Yo conseguiré el veneno. Puedo enamorar a alguna de las cocineras, pues yo, de ascendencia aristócrata y de apellido de abolengo, una herencia de mi padre, tengo mis encantos», decía Rito.  Todos se unieron al plan, conseguirían veneno para ratas y lo verterían en el café de la mañana del director y de toda su comitiva. Para eso, continuarían con la segunda fase del plan, que consistía en fastidiar todos los días al director con cualquier pretexto, para que así, un día, estos le pidieran construir una capilla, pues según ellos, de pronto querían acercarse más a la religiosidad. Por dicha capilla subirían hasta la cima y escaparían bajando por las cercas traseras del sanatorio que daban a la calle. Todo pintaba para ser un plan perfecto, al tiempo que Felipe ya tenía el suyo perfectamente bien ideado. 

Pasaron un par de meses quizá y Rito ya había entablado amores con una de las cocineras del lugar. Se había ganado tanto su confianza que siempre recibía doble racimo de uvas como postre en la cena. Luis Padierna, Esteban Sánchez y Rubén Mallorca se encargaban de diseñar los planos de la capilla que querían que fuera erguida para ponerse a rezar. Amador Alfaro se encargaba de conseguir sogas. Todos, incluido Felipe, iban diariamente a ver al director a pedirle cuanta cosa se les ocurría, pero este comenzaba a hartarse del asedio cometido por aquellos locos. Un día, de acuerdo con el plan, todos fueron a la vez a ver al director. Le dijeron que querían una capilla para rezar, pues se sentían vacíos y necesitaban un lugar donde poder pedir a Dios por sus almas. El director les dijo que si de hacer eso ellos dejarían tanto de molestar, aceptaría la idea, y así fue. Al tiempo ya se encontraban los albañiles construyendo una capilla de cuatro metros de alto, suficiente para escapar a la calle, pues los muros de aquel lugar medían casi cinco metros de altura. Una mañana, mientras el director le daba un sorbo a su café, su asistente le preguntó:

―¿En verdad piensa construir una capilla para esos locos del demonio?

―Sí. Sí lo haré ―afirmó el director.

―Pero es totalmente estúpido gastar en una capilla solo para que unos desquiciados se pongan a rezar ―dijo el asistente―, mejor cámbielos de aquí a otro sanatorio y fin del problema ―agregó.

―Ya están todos llenos ―afirmó el director―. ¿Crees que no pensé en eso antes? Además, yo no lo pagaré, lo harán los familiares de esos locos, recuerda que ellos siguen pagando sus tratamientos. Será de su propio dinero y así dejarán de fastidiarme todos los días.

―Bien, usted sabe lo que hace ―afirmó el asistente.

Rito había robado veneno para ratas en un descuido de su amada la cocinera. Solamente necesitaban la coartada perfecta para regalarle un café envenenado al director y a sus ayudantes para que fallecieran, y así no hubiera quién los delatara con sus familiares a la hora del escape y pudieran tener la libertad que tanto deseaban.

Una tarde cualquiera, en el jardín del sanatorio, mientras sucumbía la tarde frente al ocaso, Felipe contemplaba el avance de la construcción de la capilla, a la vez que recordaba sus proezas en el aire. Amagaba con las manos al viento, asesinaba imaginariamente los ruidos provenientes del cincel y los martillos, mientras veía pasar frente a sus ojos los recuerdos, grises, lívidos, sin ganas de seguir proyectándose en un presente fuera de foco y de todo escrutinio. Había pasado tanto tiempo desde su llegada que se acostumbró al olor del roció con el que se bañaban los amaneceres. 

Rito llegó con un vaso de café en la mano y le hizo compañía a Felipe. Susurraron en silencio, celosos de las palabras que desdibujaban el plan de escape. Los sonidos estridentes provenientes del roce de los fierros usados por los albañiles hacían estragos en las palabras cómplices de Rito y Felipe. «¡Así quedamos entonces, es una promesa!», se dijeron mutuamente.

Rito se fue a la cocina a visitar a su amada, quien cada vez lo consentía más. Al tiempo que Felipe escuchó un zumbido del motor de un avión por la parte trasera del sanatorio, se levantó como impulsado por las memorias de sus glorias pasadas y siguió el ruido. De pronto un avión monoplaza, como los que él volaba, le pasó surcando por encima de su cabeza. Era la primera vez que escuchaba y veía un avión pasar por aquel lugar. Sus sospechas se habían confirmado, estaba seguro de que muy cerca del sanatorio existía un aeropuerto, sus antiguos compañeros pilotos se lo habían mencionado muchos años atrás, y al parecer esos aviones se empezaban a desviar quizás en busca de nuevas rutas alternas. Su sospecha, ya confirmada, formaba parte del plan de venganza contra Henz y aquel suceso lo había puesto de buen genio. Por su parte Henz disfrutaba de ver montar en cólera a su antiguo enemigo, al que combatió tantas veces en el aire. Uno defendía al bando nacionalista de Francisco Franco, el otro al bando republicano. Se sentía ganador y aunque en el fondo odiaba a Felipe, Henz creía que él era mucho mejor piloto. A pesar de que habían pasado los años, las destrezas todavía las traían dibujadas en la piel.

En una mañana fresca de tibio otoño y a casi a 6 meses de que Felipe había ingresado al sanatorio, el plan de escape estaba saliendo a pedir de boca. El día de la inauguración de la capilla sería un 23 de octubre de 1953. Estarían todos invitados, inclusive el director, que se había prestado para esa farsa. Sería la ocasión perfecta para envenenarlo. La fecha era inamovible. Felipe con la fecha en mano siguió con su plan de venganza, culminaría lo que debió de culminar muchos años atrás, pero esta vez, sí sería más certero. Faltaban apenas unos días para la inauguración de la capilla y una mañana cualquiera Felipe no se encontraba por ningún lugar. Todos los locos lo buscaron, lo hicieron con sigilo, pues no querían que el director se enterara, de lo contrario, todo se vendría abajo.

―Búsquenlo en los patios traseros ―vociferó Luis.

―Ya lo hicimos ―contestaron Rubén, Amador y Henz a la vez. 

―¿A dónde demonios se pudo haber ido? ―preguntó Esteban. 

―¡Se escapó, ese bastardo anarquista se escapó! ―exclamó Henz―. Y ni siquiera nos comentó de sus planes el muy traidor. Se los dije, ese malnacido siempre fue un traidor para su país, como para sus amigos ―agregó.

En esos momentos de cólera, se apareció Rito con su singular vaso de café en la mano, ofreciéndole primeramente a Henz y a los demás muchachos. Henz refutó de inmediato diciendo que no le gustaba esa porquería que preparaba la cocinera. 

―¿Qué pasa? ―preguntó curioso Rito, que no había participado en la búsqueda.

―Felipe se escapó ―dijo Luis.

―No, no se escapó. Yo le presté la llave para que saliera por el portón principal ―respondió Rito de manera casi burlona.

―¿Que hiciste qué, pedazo de imbécil? ―exclamó Henz, mientras los demás locos no creían lo que Rito acababa de decir.

―Sí, yo robé la llave del portón ayer por la noche a la cocinera, porque bueno, como ya saben ella y yo, pues… ―afirmó Rito de manera presuntuosa. 

―¿Y por qué carajos no nos dijiste nada, imbécil? ―preguntó Esteban.

―Porque fue un pacto entre Felipe y yo ―respondió Rito.

―Entonces huyamos nosotros también, huyamos por la puerta ―dijo Henz―. Rito, danos la llave.

―Ya no la tengo, se la llevó Felipe ayer que se fue.

―¡Con un demonio, si serás realmente estúpido! ―exclamó Henz.

―¿Y tú por qué no te fuiste con él? ―interrogó Luis.

―Por la advertencia del letrero de la puerta. Yo se lo advertí a Felipe, le dije que lo pensara bien, que no escapara por el portón. Le dije que de hacerlo, cambiarían su apellido, pero no me escuchó ―afirmó Rito.

―¿De qué carajos estás hablando? ―preguntó Henz.

―Del anuncio que está allí, encima del portón principal, ese que dice: “Si intentas escapar por esta puerta, perezcerás”. Yo no quiero ser Pérez, no me gusta el apellido Pérez, quiero seguir apellidándome Herbertz, una herencia de mi padre ―dijo Rito de forma dogmática, al tiempo que los demás locos estaban casi a punto de lincharlo ante semejante estupidez envuelta en persona―. Además, Felipe prometió que volvería para el día de la inauguración de la capilla ―agregó.

Los demás locos, después de intentar entender lo ocurrido, siguieron con el plan de escape. Llegó por fin el día de la dichosa inauguración. Rito había preparado el café envenenado para el director y compañía, sabía que ellos no se negarían a aceptárselo ante tal acto de celebración. Los locos empezaron a subir por dentro de la capilla hasta la torre más alta, llevaban escondidas cuerdas que habían hecho con las sábanas de las camas de sus cuartos para descender al otro lado de la calle. El primero en sentirse casi libre fue Henz, quien lanzó un suspiro al viento en reclamo de victoria. Le siguió Luis, Esteban, Rubén y Amador. Rito se había quedado abajo para entregar los cafés. El primero sería para el director, quien los miraba a todos con extrañeza. De pronto, Rito se acercó a él y le ofreció el café envenenado que tenía en su mano derecha, conservando otro café, que estaba libre de veneno,  en su mano izquierda, que era con el que él celebraría el escape. Justo en esos instantes apareció Felipe, montado en un avión surcando los patios del sanatorio. Logró avistar a los locos trepados en la torre de la capilla, listos para escapar. Se había robado un avión “Heinkel He 51C” de un aeropuerto cercano y con sus últimas palabras de rabia gritó: 

―¡Te lo dije, mal nacido hijo de puta, que tarde o temprano acabaría contigo! 

Dirigió en forma kamikaze su aparato volador hacia la capilla, justo donde estaba Henz, que vio una enorme ola de fierros antiguos ir hacia él. 

Felipe estrelló el avión en contra de la base de la capilla debido a un error de cálculo, murió instantáneamente. Murieron también Esteban, Luis, Amador, Rubén, el director, el asistente y un par de enfermeros. Henz y Rito se salvaron por un milagro de esos que suelen suceder sin ninguna explicación lógica. Henz celebraba con ahínco su triunfo, pues se había desecho sin esfuerzo de su acérrimo rival, diciendo al viento: «Mirarás caer a tu enemigo sin siquiera sopesar una gota de esfuerzo». Rito observaba atónito la destrucción de aquel lugar, al tiempo que Henz descendía de entre las ruinas de la capilla destrozada. Era tanta su euforia, que se acercó de manera onerosa a Rito y le dijo:

―¡Querido amigo, trae acá ese café, hoy sí pienso celebrar contigo!

Rito seguía pasmado por lo ocurrido, tanto que se olvidó de decirle a Henz que no había tenido tiempo de darle el café con veneno al director y que ese café que se estaba tomando era el envenenado. Las palabras de advertencia se le atragantaron a Rito, que solamente alcanzó a percibir cómo Henz se retorcía del dolor estomacal, mientras vomitaba una espuma muy repugnante. Murió en pocos minutos de la forma más irónica que pudo tener la muerte hacia él. Rito acabó de tomarse el café que no tenía veneno, a la vez que seguía contemplando aquel desastre. Los años pasaron, la gente dice que Rito salió del sanatorio y que de vez en cuando se le podía ver en las calles de Cataluña seduciendo a cocineras y a damas de la vida galante. Pregonaba con orgullo su apellido Herbertz, una herencia de su padre. 

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