Cuentos

El cuento en cuarentena | La dama del museo

Por Fabiola Martínez Arreola

El primer semestre ya estaba por concluir y aquel joven de calificaciones destacadas que solía ser terminó por convertirse en un ente tirado todo el día en la cama, carente del viejo hábito de la dedicación escolar. Aquellos años de estudio se fueron a la basura desde el momento en que mi cabeza comenzó a ignorar la anatomía y fisiología implementada en la necropsia, para solo pensar en algo que ya no piensa, para ocupar mi vida en algo que no late ni respira y en querer a quien tal vez quiso cuando latía. 

No sentía vocación por profesión alguna, ni siquiera gusto por entrar a la universidad. Hasta lo que yo recuerdo de mi vida, siempre llegaba a mi casa exhausto, pero no por el rendimiento escolar que se suponía debía de agotarme. Lo único que hacía en esas épocas al llegar a mi casa era acostarme en la cama, pero no de la misma forma que lo he hecho estos meses. Imaginaba cosas extrañas flotando en la habitación, creaba en mi mente seres más imponentes que las mitologías alrededor del mundo pudieron crear. Aquellas creaciones al final terminaban por dejarme dormido. 

Cuando finalicé la preparatoria, mis padres ya interrumpían mis momentos creativos para empujarme a escoger una carrera universitaria lo antes posible. Al final escogí la profesión médica al azar. Indiferente a mi futuro, tomé el folleto de la Universidad de San Fautismo y la primera carrera que cruzó con mi mirada fue la que elegí. ¿Medicina? ¿Y en qué especialidad te enfocarás, Hugo?, decía mi padre. Mis ojos se dirigieron a las pequeñas letras azules que mostraban las especialidades y, de la misma manera que escogí la carrera, el resultado me dijo que estudiaría medicina forense. 

Al concluir la carrera, inmediatamente ingresé a la especialidad en el departamento de medicina forense. Aquel departamento era mejor conocido como el museo”. Los pasillos del edificio eran de madera y las paredes estaban pintadas de un color naranja oscuro. No solo era el aspecto siempre iluminado por lámparas de tenue luz la razón de tan peculiar apodo. Desde su apertura en el año 1963, varios especialistas en la materia y exalumnos destacados que pasaron por sus aulas donaron sus cuerpos para su estudio, además de diversos ensayos, fotografías y extravagantes dibujos hechos a mano sobre sus procedimientos y aportaciones, mismos que se volvieron parte de un gran acervo del departamento de medicina forense. Ante tal cantidad de donaciones como forma de devolver todo lo que la escuela hizo por aquellos extravagantes doctores, la administración del departamento decidió que sería buena idea colocar aquellas piezas en las paredes de la escuela para que, tal vez, los alumnos encontraran un descanso mental, así como una razón más para seguir estudiando.

Como cualquier estudiante de nuevo ingreso, llegué el primer día de forma muy puntual. No me interesó, a diferencia de los demás estudiantes nuevos o de otras facultades de la universidad, detenerme entre los largos pasillos del departamento para observar las diversas obras colgadas en la pared ni las repisas con cuerpos seccionados o los escritos originales donados. Había una gran cantidad de alumnos entre los pasillos que hacían que me mareara y me pusiera nervioso. Cuando empecé a ver doble, decidí adelantar el horario de mis pastillas para así poder aliviarme por un tiempo hasta que encontrara algún sitio más tranquilo. Cuando ya llevaba la mitad del edificio recorrido, me topé con la mayor de las muchedumbres del lugar. Los numerosos empujones y ruidos emitidos por aquella bola, combinado con el limitado espacio, me hacían sentir como si de nuevo el mareo y nerviosismo de mi cuerpo quisiera volver. Llegaba ya al punto de estar dispuesto a empujar y correr entre la gente para abrirme paso cuando me encontraba a los pies de la vitrina de aquel cuerpo tan apreciado por los demás presentes.

El cuerpo de una hermosa mujer de treinta años reposaba como si durmiese dentro de aquella vitrina. Su cuerpo era delgado, su cabello de color negro trenzado, la piel retocada trataba de regresar su tono moreno. Llevaba un vestido de seda blanco que la hacía parecer la única pieza de arte. Pasaron semanas en las que mi tiempo se dividía en mi carrera y en admirar aquel cuerpo disecado. En las horas de clase me quedaba viendo un punto al azar del salón, pensando de qué color serían sus ojos, pues los tenía cerrados. 

En una de aquellas ocasiones en las que mi mente se encontraba fuera de mi control, el maestro de hematología me llamó la atención.

—¿Se encuentra bien, alumno? Si quiere, mejor salga de mi clase.

Por los comentarios de compañeros que escuchaba desde mi asiento sabía que ese profesor no toleraba las distracciones, pero aquella vez nadie sintió el sarcasmo y el enojo del profesor. 

—No —reaccioné de forma rápida—. Le pido una disculpa.

—He leído su expediente, joven Simón, todos los maestros lo han leído. Una promesa no solo de la medicina, en cualquier carrera que usted escoja, estará destinado al éxito. No piense que soy grosero con usted, pero es una ironía que estudie medicina —nadie pudo sentir aquel sarcasmo característico del profesor —, aunque sería más irónico que estudiara neurología, compañero. 

—No se espera menos de un genio.

El salón entero dirigió la mirada hacia mí, ansiosos de conocer la razón de aquella conversación tan misteriosa. Los ojos de todos los presentes me volvían a marear como aquel primer día de clases. Tuve que aceptar la propuesta del profesor para salir y poder tranquilizarme. Encontré la tranquilidad en el centro del edificio, donde se hallaba el cuerpo que dentro de poco tiempo se convertiría en mi amor. 

Veinte páginas leídas de un libro de quinientas, mis seres fantásticos dejaron de flotar en el cuarto, ya habían pasado meses desde que consumí la última pastilla y no les había dicho a mis padres. Me sentía tan saludable y ellos lo notaban. Mi corazón latía cada vez más rápido. Los reportes de tarea se aceleraban según el concierto a dos violines que solía reproducir en mi radio todos los días. 

Estudiaba todos los días y todas las horas hasta donde mi cuerpo me permitía lograr, pues encontraba ahí la salida de aquella absurda admiración por el cuerpo inerte que, sabía bien, pasaba de ser una simple admiración, era un amor enfermo que deseaba desde mis entrañas que fuera correspondido. Si la vida no me daba la oportunidad de crear vida de un cuerpo embalsamado, yo tendría que rebajarme a su estado para poder creer que en la otra vida me pudiera amar. O si no había un más allá, la muerte me daría la salida de mi estado de demencia. 

Cada día me enamoraba en mayor medida de aquel cadáver, mucho más vivo que otras personas. Conforme el semestre pasaba, los visitantes se iban haciendo menos en el pasillo central donde se encontraba ella. En una de mis recurrentes visitas a aquella vitrina, terminé por bautizar a la causa de mis delirios “Ester”. Aquel nombre lo escuché en una de mis clases y al relacionarlo con aquel rostro dormido, sabía que debía ser su nombre. Terminé por hacer los estudios a un lado para dedicarme a hacer dibujos de Ester. La gente que llegaba a ver aquellos dibujos quedaba intrigada ante mis trazos. Algunos llegaban a decir que era un dibujo tan abstracto que solo los genios sabrían interpretarlos.

Un día encontré un libro hecho por los maestros de la facultad donde se encontraban todas las historias de cada una de las piezas del departamento forense. La historia de Ester se encontraba al final de aquel libro: 

La señora Miller: En el año de 1983, el doctor Alfred W. Miller donó como pieza de museo el cuerpo de su esposa fallecida por cáncer de endometrio, no sin antes estudiar su cuerpo. Hizo importantes aportaciones médicas con sus estudios sobre el sistema nervioso, el área forense y el cáncer en la mujer, iniciado tres años antes de la muerte de su esposa. Esta murió con la belleza aún viva en su cuerpo y rostro. Alfred pidió que a su muerte fuera compañero de su esposa para estar con ella en la vida eterna. El doctor Miller falleció en un accidente automovilístico, su cuerpo quedó cercenado. Sus familiares decidieron enterrarlo en su país natal, Inglaterra, por lo que su esposa de museo permaneció viviente en la muerte y sola en una eternidad. 

Cuando terminé de leer el artículo, el edificio estaba a punto de cerrar, así que decidí despedirme de Ester. La gente que caminaba en sentido contrario me hacía tropezar sin que me importara. Cuando ya me encontraba admirando el cuerpo, enamorándome otro poco más, percibí en aquel pecho los movimientos de la respiración. En cuestión de segundos me encontraba tirado en el piso, horrorizado y a la vez excitado ante tal acontecimiento.

Al llegar a casa me dispuse a arrojar y romper cualquier cosa de mi cuarto que alcanzara mis manos. Mis padres, aterrados, pero no más que yo, trataban de abrir la puerta de mi habitación diciendo una y otra vez mi nombre sin que yo respondiera.  Aquella noche los muebles terminaron rotos al igual que los numerosos reconocimientos que colgaban. Entre las cosas que sobrevivieron habían algunos libros de la especialidad, mientras tanto yo yacía en una de las cuatro esquinas casi inconsciente. Ya no quería amarla o lo que sea que sintiera por el cadáver. Deseaba por momentos su putrefacción o incinerarla yo mismo, pero también había momentos que me daba razones para quererla un poco más. ¿No es eso lo que había deseado por meses? ¿No era esta la razón de tu insomnio o la trama de tus sueños, Simón? ¿Acaso no deseabas morir para estar con ella? ¿No estaba dispuesto a vender mi alma para que su corazón latiera? 

Falté por un largo tiempo a la universidad pues no estaba en condiciones de volver. Ya no quería regresar, pues sabía que aquel lugar era la principal razón de mi locura. El tiempo lo aproveché en reparar todo lo que había ocasionado aquella noche, y cuando ya no tenía qué reparar o libro qué estudiar, me pasaba los días como me encuentro ahora: acostado por horas sin probar alimento.

Ya no pude volver a imaginar los seres mitológicos que desde niño me acompañaban antes de dormir, en cambio, los dibujos de Ester eran los que flotaban y cambiaban de forma para simular una pareja que baila entre el aire y las cuerdas de los violines. Ya no tenía miedo de lo que había presenciado ni de lo que podría pasar. Por primera vez había algo que me apasionaba, mis ojos no solo se habían cruzado con ella por mera coincidencia, tal vez era el amor más correcto para un genio, como me solían decir.  

Cuando llegó la noche que no me permitió conciliar el sueño, decidí volverla a ver. En medio de la madrugada me dirigí a la Universidad de San Fautismo, a “el museo”. Las luces del edificio estaban encendidas y la puerta principal abierta, dudaba si en realidad me encontraba solo. 

En aquel momento en verdad se sentía la verdadera esencia de un museo. Únicamente escuchaba mis pasos, además de que era la primera vez que veía solo aquel recinto. Fue el momento más feliz que pasé en aquella escuela y ya no dudaba de seguir ahí para buscar a Ester. 

Cuando ya me encontraba enfrente de la hermosa mujer, su pecho aún seguía mostrando que respiraba. Rompí el cristal con una de las herramientas que usé para arreglar mi cuarto. Tomé su mano cálida y Ester me correspondió abriendo los ojos. Su color café era para mí más extraño y hermoso que los ojos azules. Besé sus delgados labios que se mantenían distantes de mí. La retiré de la vitrina para acostarla junto a mí, lejos del piso con los vidrios rotos, para poder dejarme llevar por las pasiones que nunca pude tener. Ya desnudos ella rasguñaba mi espalda y apretaba fuerte mis hombros, pero yo quería más que el sexo humano. Ella me inspiró la vocación por la carrera, deseaba estudiarla, practicar con ella todo lo que leí en mi encierro. 

Tomé el pedazo de vidrio más cercano y comencé cortando primero su abdomen para seguir con sus muñecas y rostro. Cada cortada en su piel me enloquecía de placer.

—Por favor, déjame ir —por fin escuché la voz de mi amada, pero sus palabras me lastimaban.

—No digas eso, no creas que te lastimo —dirigí el vidrio con el que diseccionaba a Ester para cortar mi propio pecho–. Esto es por los dos, porque quiero que ya no vuelvas a estar sola. 

—¿De qué hablas?

—Sabes de lo que hablo —dije mientras la apuñalaba en medio del éxtasis hasta el punto que volvió a dejar de latir. 

Por fin pude dormir, al menos unas horas, en el piso junto a mi Ester. Le prometí que estaría con ella, que abandonaría mis latidos para tener una vida celestial con ella. Ya casi lo hago, falta poco para que las clases empiecen. 

Solo necesito estudiar bien dónde debo de cortarme. 

Días después… 

—Me presento —dijo el hombre enfrente de las puertas del museo–. Soy el director del departamento de medicina forense. No voy a ocultar lo que ya se sabe en toda la ciudad –se dirigió ante un numeroso público que ansiaba entrar al edificio. El director se dispuso a leer el comunicado de la universidad: 

«El alumno inscrito en el departamento de medicina forense, cuyo nombre no se mencionará, padecía esquizofrenia. Según sus estudios médicos, su condición aparentemente estaba controlada por lo que era una persona completamente independiente. La universidad, junto con la policía, hemos llegado a la conclusión de que la muerte de la estudiante de posgrado, Ester Robles, tuvo como antecedentes la admiración de su agresor. Al parecer el sujeto la relacionó con la disección de la señora Miller, pues el cuerpo de Ester fue encontrado en donde se exhibía este estudio. El cuerpo del asesino se encontró también al lado del de la víctima. 

Rechazamos completamente la solicitud de la comunidad estudiantil de exhibir el cuerpo del agresor a pesar de que los padres hayan donado su cuerpo. Por petición de la comunidad universitaria restante, como de los ciudadanos aledaños a la universidad, a partir de hoy, todas las aportaciones exhibidas en el departamento de medicina forense serán retiradas.»

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