Cuentos

El cuento en cuarentena | La pluma de fuego

Por Angel Odette Martínez Barba

Mi nombre es Aldahir y les contaré lo que sucedió. Todo comenzó cuando trabajaba en un barco como aprendiz de cocinero. En una de las embarcaciones conocí a un hombre de aproximadamente unos treinta y dos años, su nombre era Pelayo. Él me contó de una expedición que estaba formando, era un viaje para encontrar al último de los fénix y conseguir una de sus plumas. Yo me sentí muy entusiasmado e inmediatamente le dije que lo acompañaría en su travesía. Me despedí de toda la tripulación y salí junto con Pelayo a la aventura.

Primero nos dispusimos a buscar más personas para que nos acompañaran en el viaje, así que nos dirigimos a uno de los lugares más salvajes, por así decirlo, un bar de clase baja. Pelayo se subió en una mesa y comenzó a gritar «¡Mi amigo y yo estamos en busca de una de las plumas del ultimo fénix. Prometo que cuando la obtengamos compartiré la riqueza con todos los que quieran acompañarme. Tal vez mueran pero lo harán con el más grande honor que nadie ha tenido en su vida!». Hubo una pausa dramática y entonces un hombre rompió el hielo soltando una carcajada, lo siguieron todos en el bar.

Salíamos de ese lugar decepcionados cuando un hombre nos detuvo exclamando que él sí estaba interesado y terminó la frase diciendo: «Bueno, entonces, ¿a dónde nos dirigimos? «. Pelayo sonrió y solo dijo «Ya lo verás». Nos dirigíamos al este mientras el hombre nos platicaba quién era. Al parecer era un abogado llamado Quintus, el cual siempre estuvo interesado en esas cosas de caballeros y dragones, pero nunca pudo hacer sus sueños realidad, bueno, hasta ahora. También nos platicó que tenía una esposa y un hijo en espera, así que nos tuvimos que detener para que conversara con ella. Llegamos a su casa y comenzó a platicar con su esposa, la cual dudó al principio, pero Quintus la convenció de que él nos acompañaría. Se despidieron y nos fuimos.

Estuvimos viajando por dos semanas hasta llegar a una choza desolada en la que solo había un señor muy alto, bastante robusto, con una mirada inquietante y una barba larga y canosa, al igual que su pelo. Pelayo comenzó a hablar una lengua extranjera (que yo no conocía) y platicó con el sujeto. Al parecer estaban negociando, porque Pelayo sacó una bolsa con lo que parecía ser una especie de huevos morados (lo que me llevó a cuestionar cuánto tiempo ha estado en esto realmente). El tipo le dio un mapa a cambio de los huevos, el cual indicaba supuestamente la ubicación del fénix.

Viajamos durante tres días y llegamos a unas construcciones que parecían haber sido abandonadas hace cientos de años. Pelayo sacó el mapa y comenzó a realizar una especie de ritual. De repente apareció una pequeña puerta en una pared y de ahí salió algo a lo que Pelayo se refirió como «martinicio» (aunque yo la verdad solo vi un duende). Este se nos acercó y señaló una puerta, fuimos hacia ella y entonces… salimos de las ruinas. Todo parecía ser normal hasta que me percaté de que las ruinas se habían restaurado. Quintus y yo estábamos sorprendidos, pero Pelayo siguió sereno como si no sucediera nada. En ese momento nos explicó que ya podíamos recorrer los caminos que nadie nunca había recorrido en su vida, donde la magia y las criaturas increíbles abundan como nosotros los humanos en la Tierra. Nos enseñó el mapa y nos mostró la Europa en la que ahora estábamos. Era como si Asia no existiera y, en vez de eso, hubiera una extensión de tierra más en el continente.

Comenzamos a caminar hasta que llegamos a un bosque. De repente, escuchamos una especie de chillido, decidimos ignorarlo, pero luego se escuchó un estruendo enorme. Al parecer una criatura había destrozado un tronco. Nos espantamos y comenzamos a correr, pero de la nada salió un minotauro. Era enorme y muy intimidante, nos volteó a ver y frunció el ceñó. Nos quedamos paralizados de miedo, no sabíamos que hacer. Entonces el  minotauro agarró un  árbol, lo partió a la mitad y nos comenzó a perseguir, por lo que salimos corriendo de ese lugar. El minotauro nos perseguía destrozando todo a su paso, estaba a punto de alcanzarme, dio un giro brusco y se puso frente a mí. Sin embargo, cuando lo hizo rompió un árbol, cayó justo sobre su cabeza, así que aproveché y hui.

Pensábamos que lo habíamos perdido, pero nos topamos con una escena perturbadora. Era una criatura con un plumaje blanco y una cola enorme llamado occamy. Estaba destrozado y a medio comer. Nos dimos cuenta de que habíamos invadido su territorio y justo en su hora de comer. Dimos media vuelta y decidimos irnos de ese lugar, pero en ese momento apareció el minotauro enfurecido. Pensábamos que la travesía había llegado a su final, pero de la nada el minotauro se paralizó y se quedó mirando al frente con una expresión de terror. No sabíamos lo que sucedía y el minotauro simplemente salió huyendo de ahí.

Salíamos del bosque cuando nos encontramos a un perro. No parecía ser una criatura mágica ni nada por el estilo, así que Quintus y yo decidimos que lo llevaríamos con nosotros, ya que era muy poco probable que sobreviviera en este lugar, pero Pelayo no parecía estar tan seguro de nuestra decisión por alguna razón.

El siguiente lugar por el que tuvimos que pasar era lo que parecía ser un pantano. Estábamos cruzándolo cuando apareció una araña gigante (a la que Pelayo llamó «acromántula»). Estábamos aterrados, pero el peligro no llegó ahí sino hasta que la devoró un basilisco. Yo había escuchado hablar de él, sabía que era como una serpiente verdosa y enorme, pero no  pensé que lo fuera tanto como para comerse de un bocado a una araña de siete metros.

Si estábamos a punto de morir por culpa de un minotauro, era ridículo pensar que fuéramos a sobrevivir a esta cosa. Pelayo gritó y nos dijo que no la viéramos a los ojos, así que rápidamente nos volteamos y la criatura nos quiso atacar. Yo me di por muerto, pero por alguna razón solo ataco al perro. Lo aventó por los aires y lo mordía sin cesar, pero el perro seguía de pie (aunque se supone que los colmillos del basilisco ya lo tenían que haber matado, así que supuse que eso solo aplicaba en humanos). Pelayo aprovechó que el basilisco no estaba viendo para aventarle sangre de centauro (la cual es venenosa y hace que te incendies) que traía en una bolsa. El basilisco comenzó a arder en llamas. 

Agarramos al perro y salimos corriendo del pantano, pero para desgracia nuestra el basilisco nos vio, así que lanzó una mordida, pero estaba bastante herido como para alcanzarnos. En uno de sus intentos terminó por despertar a unas salamandras de fuego que descansaban en el suelo. Éstas comenzaron a prenderse, lo que solo hizo que su dolor incrementara.

Cuando salimos de ahí Pelayo revisó el mapa y nos dijo que ya solo teníamos que recorrer un valle, pero que ahí encontraríamos a la criatura más peligrosa hasta el momento. Lamentablemente el mapa no especificaba aquel mal que nos aguardaba.

Llegamos al valle. Estábamos expectantes del horror que nos aguardaba pero no sucedía nada. Mientras caminábamos tranquilamente volteé al horizonte y creí haber visto otro minotauro, pero no, solo era un buey gigante (un «uru» para ser exactos), con un pelaje dorado muy hermoso, debo de admitir.

Mientras caminábamos pasamos por una caverna en la que parecía haber un oso gigante, por su pelaje color marrón oscuro, pero para nuestra mala suerte resultó ser algo peor. Nos habíamos encontrado a un perro de tres cabezas (o «cancerbero»). Como estábamos esperando un terrible mal, pensamos que esta era la criatura a la que se refería el mapa. Pelayo negó, pero señaló que sí era bastante peligroso. 

Comenzamos a correr por obvias razones. De tanto que lo hicimos ese día incluso podría decir bajé una libra. El perro era más rápido que nosotros, pero era algo torpe, por lo que no logró atraparnos. En uno de los movimientos bruscos que realizó la criatura, se estrelló en unas piedras en las que descansaba una mantícora. Era espantosa (por su cuerpo horrible, parte león, alacrán y águila, y por su rostro humanoide, que nos aseguraba que jamás sería modelo). Probablemente es uno de los combates más épicos que jamás he visto en mi vida. El cancerbero atacó sus alas mientras que la mantícora le arrancaba una de sus cabezas.

El perro que nos acompañaba tenía otra vez un comportamiento extraño. No bastando que saliera ileso del enfrentamiento contra el basilisco parece no temer ni un instante. Supongo que tiene más tiempo aquí de lo que pensábamos.

La batalla entre los dos monstruos estaba muy reñida hasta que la mantícora decidió atacar con su cola y de una vez por todas dio fin al cancerbero. La bestia volteó a vernos, pero tuvo la misma reacción que el minotauro de hace rato y salió de ahí lo más rápido posible. Fue en ese instante cuando comenzamos a sospechar.

Ya estaba anocheciendo, estábamos muy cansados y no habíamos dormido desde hace dos días, pero teníamos miedo de que nos devoraran por la noche, así que decidimos terminar lo que empezamos. Pensamos que nos habíamos librado del tal mal que nos habían advertido, pero estábamos muy equivocados.

Escuchamos un rugido y vimos el peligro a los ojos. Era una quimera, una criatura tipo león con cuerpo de cabra y cola de dragón. Supongo que la gente no las ve tan seguido como para advertirnos que también tienen cuernos y lanzan fuego. Dicen que nunca se ha visto a una de estas perecer.

Miré a Pelayo y me dijo «Esta es, esta es la criatura de la que hablaba el mapa». Nunca habíamos tenido tanto terror en nuestras vidas. La criatura se nos acercó y fue ahí cuando nos dimos cuenta de que el perro no era lo que nos imaginábamos. De repente él se abalanzó sobre la quimera y la mordió en el cuello de una forma tan salvaje que fue la primera criatura en dar fin a una quimera. Pensábamos que habíamos sido bendecidos, pensábamos que era una criatura de bien. Qué equivocados estábamos.

Eran algo así como las doce de la noche, estábamos a punto de salir del valle cuando el perro se abalanzó sobre Quintus. Lo intentamos liberar, pero el perro nos aventó diez metros hacia el costado. Pelayo no dudó y le arrojó al perro toda la sangre de centauro que le quedaba. Este comenzó a arder en llamas pero lo único que ocurrió fue que nos reveló su verdadera forma. Creció hasta ser del tamaño de un elefante, parecía que su piel se hubiera derretido, como una especie de baba espesa y metálica que se escurría sobre sus huesos de perro, los cuales eran de un color negro intenso. Había perdido un ojo. Era lo más espantoso que jamás había visto en mi vida.

Cuando Pelayo lo vio solo pudo decir: «Kelpie». Al parecer ese era el nombre del terrible demonio. El kelpie arrastraba a Quintus a un lago. No sabía qué hacer, por lo que hice lo primero que se me vino a la mente y me abalancé hacia él (claro, cuando dejó de tener llamas sobre sí). Me le puse encima y lo tumbé hacia un costado. Este hizo un rápido movimiento y me sacó volando. Pelayo estaba asustado, pero no tanto. Sacó una pequeña daga y dio un grito estrepitoso llamando así la atención del kelpie. Corrió a toda velocidad y le encajó su daga, y por lo visto fue lo único que lo dañó, pero el perro lo rasguñó en el abdomen para luego empujarlo y derribarlo.

El kelpie siguió arrastrando a Quintus hacia el río mientras él gritaba con desesperación tratando de aferrarse al suelo. El kelpie llegó al río y comenzó a devorarlo. Primero le arrancó el brazo derecho. Quintus respondió dándole un golpe en la cara, pero el kelpie reaccionó haciendo presión en su pierna causando una fractura.

El kelpie seguía devorando el brazo de Quintus y mientras tanto Pelayo me dijo que la daga era un trozo de la espada Excalibur y por eso le podía hacer daño. Me pidió que la tomara y atacara al kelpie. Intenté levantarme pero tenía una herida en la pierna, de modo que volví a caer, pero no me iba a rendir, así que me fui cojeando rápidamente. Tomé la daga, el kelpie volteó asustado, me dirigí hacia él y se la encajé en la cabeza. El kelpie dio un grito escandaloso y aturdidor, después de eso simplemente pereció. Nos levantamos y fuimos a una cueva que encontramos para descansar y tratar de curar nuestras heridas.

Despertamos el día siguiente y salimos a buscar algo para comer. Encontramos unas moras y cuando terminamos de comerlas comenzamos a hablar sobre nuestra situación actual. Pelayo y yo no estábamos tan mal como para tener que abandonar la misión, pero el problema era con Quintus. Era muy probable que no sobreviviera si seguía con esto, así que decidimos hablar con él. Acordamos que no importaba si no iba con nosotros, de todas formas íbamos a compartir lo que ganáramos con la pluma, pero el insistió en ir: «No me importa el dinero, yo solo quiero terminar lo que empezamos. Tú lo dijiste, Pelayo, tal vez muera pero lo haré con el honor más grande que nadie en su vida ha tenido». No pudimos hacer nada para que nos hiciera caso, así que lo dejamos ir. Le hicimos unas muletas de madera y nos fuimos al último destino.

Caminamos hasta llegar al lugar. Era como si viéramos el infierno, al parecer era un bosque antes de que el fénix llegara. Había arboles carbonizados e incendiándose, en vez de hojas había llamas y lugar de pasto había ceniza blanca cubriendo los suelos.

Estuvimos caminando y llegamos a una montaña, la cual teníamos que escalar. Anocheció y seguimos subiendo hasta que topamos con un río de lava. Encontramos un puente bastante desgastado, pero era lo único que había. Lo cruzamos y fue cuando vimos que por fin la travesía iba a terminar. Hallamos una pequeña caverna en la que se ocultaba el fénix, quisimos entrar pero en ese instante el fénix despertó, salió volando y rompió la caverna. Ahí fue cuando vimos que la travesía había sido en vano. El fénix no tenia ni una sola pluma, solo tenía su esqueleto de águila carbonizado y un enorme tamaño. De seguro han oído que estas criaturas siempre retornan, entonces todos nos preguntábamos cómo es que esta criatura podía estar casi extinta? Pues resulta que sí resurgen, pero no lo iban a hacer por siempre, estas regresan pero menos vivas que antes.

El ave estaba enfurecida, probablemente era la última resurrección que tenía. Nos comenzó a lanzar ráfagas de fuego, nos cubríamos en las rocas para protegernos, pero esta nos arrojaba por los aires con sus alas. Teníamos quemaduras de primer grado, estábamos espantados, no podíamos hacer nada. No éramos tan ágiles como para poder alcanzarla y aunque hubiéramos podido, tampoco queríamos ser los causantes de su extinción.

Pensamos que las cosas no podían empeorar, pero fue en ese instante cuando el fénix decidió tomar a Quintus con sus patas y lanzarlo por los aires. Cayó en el puente, terminó por romper los maderos y solo podía sostenerse con su único brazo, estaba a punto de caer. Corrí a ayudarlo, lo sujeté y traté de levantarlo, pero en ese instante el fénix lanzó una de sus ráfagas de fuego. Destruyó parte del puente, haciendo que yo también cayera. Logré sostenerme, pero el madero ya no aguantaba más, así que Quintus se despidió de mí. Yo le pedí que no lo hiciera y que aunque intentara soltarme yo seguiría aferrándome a su mano, por lo que me mordió. Lamentablemente mis reflejos reaccionaron y terminé soltándolo dando fin a su travesía.

Pelayo corrió a mi rescate, me levantó e intentamos huir, pero el ave se postró justo frente a nosotros bloqueándonos el camino. Lanzó una ráfaga de fuego que nos impactó directamente y nos causó quemaduras de segundo grado, derribó el puente y corrimos rápidamente para llegar al otro lado. No teníamos escapatoria. Entonces Pelayo tomó una decisión extrema, sacó un hacha, a la que llamó «labrys», y me dijo que iba a matar al ave. Intenté detenerlo, pero no me hacía caso. Le propuse que yo fuera a matar al fénix. Lo logré convencer y me dio su bendición.

El ave lanzaba fuego, por lo que me protegí pasando por detrás las piedras hasta llegar cerca de él. Me lanzaba ráfagas, pero no me detuve. Alcé el arma al aire haciendo que el fénix la divisara y me levanté. Tomé el arma entre mis manos, el fénix estaba a punto de atacar y lancé el arma a la lava. El fénix se confundió al igual que Pelayo. Se sintió un ambiente de quietud por unos momentos. Me acerqué al ave, ella comenzó a ponerse nerviosa, así que me detuve por un momento. Volví a acercarme y le tendí mi mano, comencé a sentir el calor intenso de su cuerpo. Puse mi mano sobre su mollera y este se tranquilizó.

Pelayo estaba algo molesto por su hacha, pero me perdonó. Miramos el paisaje y divisamos a lo lejos un hipogrifo con su pico y sus plumas plateadas brillando mientras volaba sobre los alrededores. Entonces sentimos que por fin teníamos calma. Como el fénix ya no nos tapaba ninguna salida bajamos por el otro lado de la montaña. Encontramos huesos de dragón que nos sirvieron para compensar el viaje.

Hicimos mucho mal a algunas criaturas de modo que nos fue más fácil volver. Regresamos a la ruina donde el martinicio nos esperaba. Salimos de ahí, regresamos y tuvimos que darle las noticias a la esposa de Quintus, la cual lloró desconsoladamente al oír lo sucedido.

Pelayo y yo vendimos los huesos por más de lo que nos imaginábamos. Compartimos el dinero entre nosotros y con la esposa de nuestro difunto amigo. No he visto a Pelayo en los últimos dos años, pero si me volviera a invitar a hacer una travesía no dudaría ni un momento en decirle que sí.

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