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El cuento en cuarentena | Tras la pared de la escalera

Por Violeta Cárdenas Cisneros

Afuera las preocupaciones iban y venían en frases, desde las más disimuladas para parecer neutras, hasta las que confrontaban la suerte de haber nacido en semejante época. Otras tantas se escuchaban en lágrimas de sollozo velado que intentaba resguardar la dignidad. De eso y más te enteras cuando vives detrás de una escalera.

Los primeros días, entre el desconcierto, la música y los deberes cotidianos, apenas me percataba de ello. Solamente eran voces, que a pesar de ser las de siempre, me eran irreconocibles en un mar de ecos de palabras y taconeos. Sin embargo, una mañana me desperté con una mano colmada de piquetes. Pensé en una araña, aunque nunca había visto alguna en casa. El home office me obligaba a responder mil correos. Usé mi mano sin mirarla por el resto del día, hasta que comer se hizo impostergable. Entonces, tras lavarme las manos, noté la inflamación que se dispersaba en pequeños círculos concéntricos, pero el hambre era más voraz que mi extrañeza.

El segundo día no solo era la mano, sino también el cuello y la pierna. Para la tarde, el dolor en la mano era indecoroso, y en menos de una semana no era lo único que había invadido mi cuerpo: el escarlata se había apoderado de mí. El dolor llegaba de noche y la vitalidad se atenuaba hasta cero, igual que la batería del celular.

Mis vecinos se hacían cada vez más presentes en gritos que se negaban a aceptar la anómala situación de nuestros días. Cada vez eran menos optimistas. Desde mi postración, reconocía la voz de aquella mujer que sabía que cada día tenía menos recursos y tendría que irse, del hombre al que la red no le daba para trabajar fluidamente, de los niños que mordisqueaban madera porque a su abuela se la habían llevado al hospital.

Días después los escuchaba menos, aunque hubiera preferido no escucharlos del todo, por los llantos semiahogados y los gritos a todo pulmón de quienes no se soportaban, pero que no les quedaba más que permanecer juntos. En mi letargo lleno de prurito, deseaba no escuchar más; sobre todo, porque desde el quinto día el dolor era insufrible por las tardes y cada día había nuevos piquetes. Sin duda, era el alimento de alguien: afuera, de la epidemia; adentro, de mi depredador.

Con mi pesadez entera sobre la orilla del colchón, pensaba en huir, huir muy lejos. Por momentos, soñaba que llegaba a la escalera, que me encontraba a alguien que tomaba su celular para llamar una ambulancia… Ahí me despertaba. Todos los enfermos éramos nada si no padecíamos de la enfermedad oficial.

Con el dolor en la piel de un día innumerable, la conciencia de que las preocupaciones de mi entorno sonoro no podían ir más allá de sí mismo y el aislamiento vital al que yo misma me había condenado, volviendo virtual todos y cada uno de mis contactos, decidí luchar, quizá porque lo que no te mata, te hace más fuerte, o tal vez porque mi aspecto ante el espejo era cada vez menos humano, o simplemente porque la supervivencia es más grande que la muerte.

No debía dormir, porque esa era la invitación para aquel desconocido vampiro que había acabado con la mitad de mí. Lo esperé en silencio, escuchando a la angustia respirar en mi edificio, en el de todos aquellos que no querían morir de la epidemia o por sus consecuencias, oyendo los susurros de su angustia y confusión e, incluso, la parsimonia de aquellos que no creían en nada en ese momento. Sin embargo, yo sabía solo una cosa: aquello que chupaba mi sangre moriría esa noche.

No llegó, nunca lo hizo. Me habitué a dormir de día y ser centinela de noche, buscando en paredes, vidrios, luces, sombras y suelos. Atenta a cualquier mínimo arrastre, a cualquier sonido o la ausencia de este. Afuera, en la escalera, las preocupaciones van y vienen; adentro, la tensión es constante. Los ecos de las palabras me lo confirman: el mundo ya no importa, porque no sabemos si existe.

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