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Artículo | La democracia como definición significa lo contrario

Por Francisco Tomás González Cabañas

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de ‘rosa’ está la rosa

y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.”

(Borges, J. L. “El golem”)

Propongo la categoría jurídica de indefensión política, para que deba ser asimilada normativamente, contemplada en la letra de los diferentes compendios legales de los distintos países que se precien de respetar irrestrictamente los derechos básicos universales. El estado de indefensión jurídica debe corresponderse con que el ciudadano o colectivo afectado no encuentre dentro del sistema político, del cual es parte, una posibilidad de respuesta. Es decir, para que quede absolutamente claro, en ningún caso puede ser variante partidocrática, partidaria o ideológica, el alegar esta situación de indefensión; sino que, por definición, es precisamente la orfandad clara, prístina, contundente y meridiana. Los afectados se ven o se sienten sometidos ante su estado rector, que paradójica o perversamente, fue creado para resolverles los problemas que pudieran tener y otorgarles una mejor calidad de vida democrática. 

El bien jurídico mayor de cualquier ciudadano ante un derecho colectivo es que le sea garantizada una vida en democracia. Cuando esto no ocurre, el mismo ciudadano debe agotar las instancias para llevar adelante este reclamo en todas las sedes y ante todas las instancias judiciales, tanto de su país como de los diferentes países que conformen instituciones internacionales en defensa de los derechos universales del ser humano en cuanto género. No podrían objetarse ante esto cuestiones metodológicas o de fueros, la justicia en cuanto tal debe preservar y hacer cumplir el precepto democrático por antonomasia que es que la ciudadanía o el ciudadano afectado vea en algún punto que no se encuentra en este estado de orfandad o, tal como lo definimos para que sea contemplado legalmente, de indefensión política. 

Si los ciudadanos no somos capaces de despojarnos de la servidumbre voluntaria y continuamos sometidos a conceptos políticos, que vienen desde hace siglos atrás, y que ni siquiera pueden ser discutidos en los ámbitos académicos, no solo se hablaría de nuestra enfermedad social, como una especie de síndrome de Estocolmo, sino también del incumplimiento con nuestros cuerpos legales occidentales, que nos hablan, en términos más o menos similares, de conceptos como la libertad y la justicia. Pues de un tiempo a esta parte, hemos dejado, a jirones, nuestra condición de seres humanos, nos convertimos en víctimas o cómplices de tantas situaciones inhumanas que padecemos o de las cuales somos testigos, mudos o tartamudos. 

Antes de justificar la violencia como último reducto de la razón de las cosas, o incluso el derecho a la resistencia o la sedición, debemos establecer en nuestros organismos multilaterales de defensa de los derechos humanos que esta figura legal sea establecida con claridad y facilidad de acceso, para todos aquellos ciudadanos del mundo que crean y sientan que sus necesidades políticas están a la intemperie de la incertidumbre más extensa y sideral, a causa de un sistema político que les ha prometido, y continúa prometiendo como un abuso casi perverso de la expectativa, precisamente lo contrario. 

Este sistema, que ha encontrado en la política la forma menos problemática del día a día de la mentira necesaria para la humanidad, hizo surgir la democracia como alter ego de un sistema perfecto. En el mismo todos debemos decir, sentir y trabajar en una igualdad inexistente, en una similitud de condiciones para la letra muerta de lo que llaman ley, que luego será interpretada por otro grupo de privilegiados que nos dicen cuánto le corresponde de castigo al que hizo expresa la ruptura con el pacto social, con el que se salió del acuerdo tácito del que está todo bien.

Cambiar la ecuación democrática sería simplemente poner en blanco sobre negro que para esta democracia en la que nos hace vivir la clase dirigente (a la que sí le sirve vivir en estas condiciones, porque son los que más cobran, los que más beneficios tienen, etc.) la igualdad ante la ley y ante las oportunidades es una mentira cada vez más flagrante y cada día menos verosímil.

No por casualidad en lo más granado, al menos del poder simbólico, se habla, se trabaja de la palabra, del encuentro de la misma, de los pactos para el crecimiento, de los ámbitos de consenso en el disenso. Palabras violentas, como lo sabemos, y como lo dicen quienes ya lo pensaron antes:

“Cualquier palabra es violencia, una violencia tanto más temible cuanto más secreta, es el centro secreto de la violencia, violencia que se ejerce sobre aquello que la palabra nombra y puede nombrar solo privándolo de la presencia; esto significa que cuando habla la muerte (esta muerte que es poder)… siempre orden, terror, seducción, resentimiento, adulación,  iniciativa;  la palabra siempre es violencia, y quien pretende ignorarlo y tiene la pretensión de dialogar añade la hipocresía liberal al optimismo dialéctico, según el cual la guerra es simplemente una forma de diálogo” (M. Blanchot, L`infinito intrattenimiento).

“El discurso, si es originariamente violento, no puede otra cosa que hacerse violencia, negarse para afirmarse, hacer la guerra a la guerra que lo instituye sin poder jamás, en tanto que discurso, volverse a apropiar de esa negatividad. Sin deber volvérsela a apropiar, pues si lo hiciese, desaparecería el horizonte de la paz en la noche (la peor violencia, en tanto pre violencia). Esta guerra segunda, en cuanto confesión, es la violencia menor posible, la única forma de reprimir la peor violencia, la del silencio primitivo y pre-lógico de una noche inimaginable que ni siquiera sería lo contrario del día, la de una violencia absoluta que ni siquiera sería lo contrario de la no violencia; la nada o el sinsentido (Derrida, «Violencia y Metafísica»). 

Acceder a la posibilidad de justicia política, una justicia que de alguna manera replique esa expresión tan deseada de una paz perpetua a nivel político, tal vez sea el último blasón en donde la democracia, como idea, como sistema y como referencia, pueda ser sostenida, antes que la iracundia de los desposeídos, los desclasados, los marginales y todos aquellos que, lamentablemente, cada día son más, víctimas políticas de lo instituido que les dice que reina para su beneficio. Nos empujan a un estado de supervivencia del más apto, en donde la palabra no tendrá mucho mayor sentido que el de expresar ayuda, socorro o clemencia. 

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