El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Invasión

Por Mateo Favela

En el techo acerado de un rascacielos de Manhattan descansa una lámpara verde.

Diiiiz, Diiiiiz… Baliza está activa —la luz en la bombilla parpadea y se activa. La lámpara abre su único párpado; escanea la ciudad, todo coche, edificio y humano.

Pasa una brisa ligera que casi tira al alien, rápidamente activa sus piernas y las pequeñas extremidades verdes reubican la lámpara un poco a la izquierda. El alien tiembla y empieza a brillar, de su bombilla emana una luz color ámbar que baja por el edificio y se propaga por el bloque. Simultáneamente, diversos alienígenas repiten este efecto por todo el mundo. En un segundo la Tierra brilla más que las estrellas más cercanas y de repente se torna oscura.

  —We will be back after some commercials, this has been Ba-

 —हेलोआमा, केहीमहत्त्वपूर्णहुँदैन-

BuenosdíasMadrid-

Путин умер этим летом, не думай об этом-

Todas las emisoras de radio interrumpen su transmisión para dar paso a un menguante patrón de pulsos.

La información viaja al hogar de la lámpara, en otra dimensión del espacio.

Violentas vibraciones sacuden el cuerpo de la Estación cada segundo, esta hecha para soportarlas. Su piel las absorben y sus cavernas las convierten en sonidos, lentamente digiere las noticias del universo con sus sentidos; cuando se moría una estrella, la Estación lo oía, veía y al final adivinaba su significado. La Estación escucha y conoce todo lo existente. 

De repente, una pequeña onda entra en el techo de la Estación, se filtra por sus poros y se desliza por un tubo de seis metros de grosor que empuja la vibración en un circuito con cámaras pequeñas que la convierten en sonido. Durante el proceso, un ojo plano de cristal con un radio de tres metros sigue la onda en un riel y cien computadoras tintineantes escuchan el mensaje —145,000,000 de armas requeridas, misión de cosecha. El control colectivo debe darse a las balizas en el planeta AA13, ellas dirigirán la operación. Esperar sus siguientes órdenes

Después de procesar el mensaje, la Estación empieza a vibrar creando un onda nueve veces más poderosa que la recibida y  proyecta la orden por el cosmos resucitando las fuerzas de invasión. Las gigantescas naves negras descienden a la vez, suspendidas sobre la silenciosa ciudad parecen icebergs; de sus numerosos orificios emergen cañones negros, armas nucleares y bazucas químicas.

Cada arma del Armagedon apunta a un coche, edificio y humano. Pero ninguna dispara, la lámpara enfoca su ojo amarillo en los icebergs —Activar, activar —nada sucede. La lámpara ve un arma gamma caer en un edificio, escupe chispas y llamaradas que iluminan el bloque —funcionamiento defectuoso detectado en calle 59. ¿Activo?—. Las únicas luces existentes proceden de pequeños focos situados en la cúpula de los edificios: son las lámparas. Pero no hay miles de millones, solo seis esparcidas por todo Nueva York.

La lámpara está sobresaltada, un viento sopla y la tira  del rascacielos.

La invasión había terminado.

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