El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Cuarentena: la última guerra mundial

Por Juan Manuel Rodríguez Caamaño

¡Divide y vencerás! En la primaria conocí esta máxima cuando leí sobre historias de guerra. Los más grandes estrategas hicieron de esta frase una doctrina, un estilo de vida. Desafortunadamente, estamos hablando de líderes que provocaron los hechos más cruentos y lamentables de la historia.

21 de marzo de 2020

La primavera del 2020 comenzó con desastrosas noticias. La amenaza de una pandemia se concretaba día con día, como si estuviéramos observando un reloj de arena y escuchando cada grano caer y cammbiar totalmente el panorama mundial. A cada segundo, la estadística cambiaba. Lo que parecía un brote local en China se fue lentamente trasladando de continente a continente. Esperaba que ese virus no resistiera las altas temperaturas, como una de las tantas teorías no probadas y difundidas por todas las redes sociales en el sur de Veracruz. 

Jamás resistiría quedarme, y menos en el inicio de la primavera, en la costa del Golfo de México, que año con año era más calurosa debido al cambio climático. Aunque las noticias bombardeaban con la sugerencia de quedarse en casa, la mayoría de los lugares turísticos seguían abiertos y la gente los visitaba sin preocupación alguna.

Lo vimos venir en cámara lenta. Observamos en el espejo de los países europeos el reflejo de los colapsos de sus sistemas de salud. No anticipamos la catástrofe. Los contagios y los muertos aumentaban en China, que así alertaba al mundo de una posible pandemia, y el resto del planeta continuaba escéptico.

Las teorías de conspiración económica comenzaban a circular: es una crisis provocada por China y Estados Unidos para convertirse en los líderes comerciales del planeta; que el virus fue creado por las farmacéuticas más poderosas para aumentar sus ganancias, al obligar a la población mundial a comprar una vacuna salvadora y crear así el negocio de la historia. Otros pensaron que era una venganza de la Tierra por tanta destrucción. Los canales de Venecia lucían cristalinos, trasparentando peces nadando de un lado a otro. Animales salvajes caminaban por las calles antes saturadas de personas. Algunos más creían en conceptos apocalípticos religiosos por haber promovido el aborto. Para ellos era una aberrante teoría antivida y el fin del humanismo. No faltó alguna descabellada teoría de una conspiración de los pueblos más oprimidos en venganza contra los anglosajones.  

El 24 de marzo inició la fase 2 de la pandemia, con una supuesta curva de distribución de contagios aplanada en México. Entendí este cambio en el proceso como cuando plantas una flor en la tierra y evalúas las probabilidades de que esta siga creciendo y dando más fruto. Así, el avance del coronavirus en nuestro país dependía de ciertos factores. En el caso de un virus, lo ideal sería que no creciera en otros lugares, en pocas palabras, que los contagiados fuesen tan solo los casos conocidos como “importados”, provocados por personas contagiadas al viajar a algún país donde ya había contagios llamados «comunitarios», que son los que se contagiaron sin haber salido de la nación que les corresponde. 

Cuando este escenario aparecía, derivado de contagios de casos importados a personas que no habían viajado, se declaraba la fase. Cuando el virus comenzaba a transmitirse por personas dentro del mismo país, seguía la tan temida fase 3 y la fase 4, a la que llegaba Italia en estos momentos, que era ya algo inimaginable e indeseable.

Y pese a todas las previsiones tomadas en nuestro país, llegamos a la fase 3 durante la segunda semana de abril, justo después de la Semana Santa, lo cual parecía un argumento a favor de las teorías religiosas que imploraban arrepentimiento. Las indicaciones fueron precisas: confinamiento obligatorio. Nadie podía salir de su casa, salvo alguna urgencia médica o para reabastecer víveres. En qué momento pasamos de una vida normal y libre para sentirnos prisioneros en nuestras propias casas.

Al principio fue un suplicio separarme de Ana Isabel, la única persona en el mundo que me haría falta para ser feliz, aun sin poder ir a ninguna parte. Incluso pensé que sería una excelente idea su confinamiento en mi casa, con mi familia, para que jamás se apartase, pero fue inevitable. Ambos teníamos que cuidar de nuestros alejados seres queridos. Mi mente estaba segura de volver a verla, contra cualquier cosa. Sin embargo, no podía dejar de llorar cada noche, al ver la luna y sentir como si escuchara su voz.

Fase 1, Cuartel de Guerra

En aquel búnker, con la más alta tecnología, se debatía el futuro de la humanidad.

—La tercera guerra mundial está lista —tronó una voz motivada y segura.

Una pantalla transparente, con luces, mostraba una presentación. Los presentes observaban una muy complicada guerra contra miles de millones de personas. Era una odisea. Necesitaban una estrategia ganadora.

—Lo escuchamos, general. Explíquenos cuál es su plan infalible. Tiene solo cinco minutos para convencer a los presentes.

—Colocaremos un virus altamente contagioso y letal que pase desapercibido, el cual ya tenemos diseñado y es derivado de los ya conocidos, por lo que parecerá inofensivo. Lo llamaremos Coronavirus porque con él nos coronaremos como los reyes del mundo.

—¿Qué tipo de virus?, ¿en qué lugar? —interrumpió un asistente.

—Un virus similar a la gripa, que confunda a la gente, y para el momento en que se den cuenta de su letalidad ya sea demasiado tarde —respondió el general—. Lo sembraremos en el país más poblado del planeta. Como será el primer lugar donde aparezca, y previendo un tiempo lento de respuesta entre que se descubra su existencia y su rápido contagio, ya habrá millones de personas contagiadas.

—¿Cuál será su tasa real de letalidad?

—Quince por ciento.

—¿Quince por ciento?, ¿por quince por ciento estamos prestándole atención a usted? ¿Nos está tomando el pelo? ¿Y los 5 mil millones restantes del mundo?

—El virus genera algo más letal que la muerte por neumonía. Es entonces cuando lanzamos la fase 2.

8 de abril, en el rancho

Mi mente no podía imaginar las razones para vender ese elixir elaborado por manos mexicanas. Era como perder soberanía, un poco más de nuestro México a manos de los gringos. Era patrimonio nacional. En el contexto del humor mexicano, desde el primer día de la pandemia ya había un corrido del famoso virus y también quienes asociaban el mismo a beber la cerveza más deliciosa del mundo, la Corona, orgullosamente mexicana y hace poco obsequiada a los yanquis.

Muchos vieron en este confinamiento un suplicio, pero la cuarentena me permitía hacer mi actividad favorita: echarme en la hamaca, sintiendo cada costura sobre mi espalda relajada, bajo la sombra de dos frondosas ceibas que probablemente vieron a mis abuelos enamorarse, sintiendo la suave brisa del mar del atardecer sobre mis mejillas, rozándolas con un poco de arena; beber una cerveza helada y sentir cómo la espuma se deshace en mi boca, escuchando música armoniosa, con esas percusiones de nuestra región  y cantando con mi voz chillona y desentonada.

“Mi mamá me dijo que sembrara flores 

que saliera al campo a buscar amores”

Era el éxito mas famoso de Los Cojolites, nuestro grupo folclórico internacional. Me fascinaba cantarlo e imaginar esas palabras en la voz de mi madre que tanto extrañaba desde que murió un 29 de mayo que jamás olvidaré. La imaginaba sonriente al presentarle a Ana Isabel y decirle lo enamorado que me sentía de ella. Por instantes las lágrimas escurrían involuntariamente al tener esos emotivos pensamientos.

Nunca fui experto en biología. Es la única materia reprobada en mi vida, pero no porque no pudiera acreditarla, sino porque era la que menos me interesó. Escuchar acerca de un virus no me producía tranquilidad, pero tampoco me generaba pánico ver cómo todos los países comenzaban a entrar en psicosis, como si no pudieran, con toda la tecnología, desarrollar una cura y listo.

Quizá lo más cerca que estuve de entender el funcionamiento de los virus fue cuando llevé clase de informática en la universidad y pregunté a aquella introvertida y linda ingeniera en sistemas la razón de existir de los virus informáticos. En mi concepción no me quedaba claro cómo podría alguien pensar en dañar el funcionamiento de un equipo de cómputo. Con esos ojos amelados, recuerdo todavía cómo me respondió:

—¿Qué harías si te sientes amenazado en algún momento de tu vida?

De hecho, en ese instante ya me sentía amenazado, por su mirada, sin embargo, logré controlar los nervios que me provocaba sentir el vibrar de su voz cerca y contestarle.

—Pues buscaría la forma de protegerme.

—Buscas la forma de protegerte y puede ser que esa protección venga de las mismas personas que te generaron la amenaza.

Me quedé unos momentos razonando su respuesta y después de unos segundos pude contestarle. Viéndolo así, era muy sencillo entenderlo. 

—Entonces es algo así como la mafia italiana cobrando por protección y como los virus que actúan para desestabilizar un sistema operativo creados por empresas programadoras para obligar a los usuarios a comprar un antivirus.

—Exactamente, aunque no es la única opción. También hay programadores que lo hacen tan solo por anarquía, inconsciencia o solo por gusto de sentirse importantes; o la competencia para afectar a una compañía; o la misma compañía productora del equipo del sistema operativo para forzar al cliente a actualizar el sistema.

Me quedó muy clara la explicación. Me tocó vivir el dolor de tener que resetear mi computadora en varias ocasiones por culpa de esos virus informáticos y perder toda la información de mi tesis universitaria. Entonces también podrían ser una opción para resetear todo, la vida, el universo.  

Fase 2, Cuartel de guerra

—Los chinos han podido controlar el virus. Su estrategia no está funcionando, general. ¿Aprecia usted su vida? —le solté envalentonado.

—Yo aprecio mi vida, señor —me respondió arqueando las cejas—. Al parecer no están ustedes enterados del orgullo, del sentido de la dignidad y del honor que caracteriza a mi pueblo. En mi país, cuando se pierde, se pierde la vida. 

—Entonces, dígame por qué no ha funcionado la estrategia de su 15 por ciento de letalidad en el mundo, sin excusas.

—¿No ha funcionado? ¿Usted cree que un país comunista admitiría una derrota? Los datos reales en China son de dos dígitos más 400 mil decesos apenas. Incluso llegará un momento en el que todo el mundo pueda constatarlo porque comenzarán a sospechar al ver los estragos que irán sucediendo en cada país. Independientemente de esa teoría de que los asiáticos tienen mas receptores pulmonares que los caucásicos, no podrán disimular esa cantidad ante la desconfianza mundial que recae en ellos de haberlo provocado como una conspiración, lo cual nos ayuda a nosotros.

—Eso esperamos sinceramente, para poder pasar a la fase 2. 

—Eso será inevitable.

Fase 3, en el rancho

Echado en la hamaca todo el día, recordaba que antes de las nuevas tecnologías de la información y comunicación como el internet y la comunicación satelital, no había forma de unir al mundo con una noticia en segundos como ahora. En lastimeras guerras mundiales, los soldados iban a tientas. Actualmente lo que sucedía en este preciso momento en el rincón más recóndito del mundo era fácilmente comunicado a la totalidad mundial en segundos.

Recibíamos cantidades exorbitantes de noticias, tanto ciertas como falsas, en nuestros dispositivos móviles. Cada palabra expresada por cualquier persona en el mundo la podíamos incluso escuchar en el mismo momento que lo estaba diciendo, en una transmisión en vivo.

Mi mente solo imaginaba un daño peor al del coronavirus. Cada país se encontraba resolviendo sus problemas y cerrándose más al mundo. En estos momentos, el planeta se encontraba incomunicado: las fronteras de todos los países estaban cerradas. Y con todos los servicios parados por la contingencia, no parecía inimaginable que los servicios de soporte a las comunicaciones también colapsaran, entonces volveríamos al siglo XIX.

Dentro de los países, cada ciudad apertrechada e incomunicada, parecía la historia ideal de ciencia ficción para una invasión alienígena. Ningún país podría unirse para pelear por la Tierra. Cada uno estaba inmerso en contener la pandemia.  

Fase 3, Cuartel de guerra.

—Se lo dije: esta guerra la ganamos. Siempre nos hemos aliado con el equipo equivocado —me explicaba el General—. Cuando teníamos el mundo a nuestros pies, la arrogancia de los alemanes echó por la borda su talento increíble, pero ahora en esta tercera guerra mundial, la última, hemos escogido el bando ganador.

—¿Considera esto una guerra mundial? —lo cuestioné.

—¡Por supuesto! Han participado todos los países del orbe y al final quedará un vencedor. Las bajas serán nada comparadas con las últimas dos guerras. Quédate en casa fue la propaganda perfecta para tener a todos divididos y lograr nuestro propósito.

—Es usted muy listo, general. Ahora sí tiene todo mi reconocimiento. Proceda a terminar con la agonía del mundo. Deles santa sepultura antes de que alguien nos descubra.

—No hay problema con eso. En estos momentos todos culparán a los chinos al ver el comportamiento del virus. Es imposible que en una población de 1400 millones de personas tan solo mueran 4 mil personas por la pandemia. Pensarán que ya conocían el virus, porque ellos lo provocaron. Por otro lado, los que descubran los datos reales se sentirán traicionados por no haber sido anticipados por los chinos de tal mortalidad. Ganamos, por un camino o por otro. Usted puede estar seguro de ello.

—¿Cómo podría no desconfiar de alguien que traiciona a sus semejantes? —pregunté al general.

—¿Semejantes? ¿Es en serio lo que acaba de decir? Pensé que no eran estúpidos ustedes, que tenían un coeficiente intelectual más grande que nosotros— me respondió con la arrogancia que lo caracterizaba. 

—No me ofenda, general ––le dije a bote pronto, embistiéndolo con la mirada—. Recuerde que tan solo con imaginarlo usted podría desaparecer de aquí.

—Pues no ofenda usted a mi raza. ¿Acaso ha visto usted que tengamos las mismas facciones, los ojos similares, el mismo sentido del deber, del orgullo, de la dignidad, del honor que el resto del planeta?

—No se confunda, señor comandante general —le decía molesto y muy cerca del cuerpo diminuto de aquel extraño ser—. No se confunda, señor, pero sobre todo jamás, escuche bien, jamás olvide Hiroshima y Nagasaki, en donde los gringos derritieron toda una ciudad. Mi madre murió ahí, en una fracción de segundo, cuando yo era un bebé. 

El semblante del general Yamamoto, enrojecido, soltaba cualquier cantidad de palabras iracundas. No le importaba la reacción de esos seres. No soportaría una ofensa. 

—¿O porque no fueron primero a intentar negociar con los norteamericanos? Los hubieran matado a todos primero y después hubieran abierto los cuerpos de algunos de ustedes, vivos, para observarlos, divertirse con ustedes, hacer lo único que saben hacer: comportarse como los dioses de este mundo.

En el rancho

No podía aburrirme jamás de estar aquí. Creo que la cuarentena me había hecho más feliz al estar con mi familia, todo el tiempo disfrutando de la naturaleza. Obvio, solo me faltaba ella.

Escuché la voz de mi hermana menor gritar que alguien me llamaba en la puerta. Puse la cerveza sobre la mesa, me levanté de la hamaca y me dirigí por el camino de piedras rojizas hasta la puerta principal.

—¡Ana Isabel! —exclamé al sentir que me sumergía en un sueño. Jamás la hubiera imaginado con su sonrisa única en la puerta principal de la hacienda de mi familia. Estaba totalmente perturbado, no sabía qué hacer, ni qué decir o cómo reaccionar.

—He venido por ti —me soltó ella a la primera. Fueron las palabras más románticas que había escuchado. Comencé a llorar de la emoción. No podía controlarme. Volteaba a ver a mis padres y ellos sonreían al ver mi indescriptible felicidad.

—¿A donde iremos, hermosa? No puedo ir a ningún lugar sin mi familia. 

—He venido a buscarlos a todos. Somos una sola familia.

Cuando pronunció esas palabras, me di cuenta que estaba en un sueño. Todo aquello parecía irreal. Así que mejor decidí vivirlo como a mí me gustaría experimentar mi sueño personal.

—¿Y dónde viviremos?

—Sé que piensas que esto es una locura. Es más, en tu mente pensarás que estás soñando con lo que te diré.

—Dime, Ana.

-Ya nos esperan afuera para volar directo a Tokio. 

—¿A Tokio? ¿Por qué a Tokio?

—No hagas más preguntas, solo confía en mí por favor —me dijo sumamente nerviosa. Sus manos sudaban del estrés. Tenía razón, por estar con ella haría lo que fuera, así que pensé que todo era un sueño y en mi sueño obvio deseaba estar con ella, su familia y la mía, como una gran familia, felices por siempre. Así que no dije más y volamos a Tokio.

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