El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | El crimen de un hombre

Por Rainer W. Blaiddh

El teléfono sonó antes que el timbre. Contesté. No pude entender muy bien. Pregunté «¿Rubén?», pero nadie respondió. Colgué. Entonces volví a oír el timbre y la voz quejumbrosa de mi hermano.

Él me lo dijo: «Están buscando a tu amigo. Lo buscan los mismos judiciales que conoce su familia. Creen que hizo algo. Quieren detenerlo».

Estaba tan atemorizado que ni siquiera pude dormir. Pasé el resto de la noche recostado sobre mi cama, mirando al techo y pensando en qué pendejada habías hecho ahora, Rubén. Mi hermano continuó hostigándome con preguntas, lo hizo hasta que le regalé algunos cigarros y le dije que iría a dormir.

—¿Crees que haya tenido algo que ver con los negocios de su padre? —me preguntó, pero yo solo encendí el cigarrillo que tenía en mi boca y cerré la puerta.

Mi pequeño reloj de pulsera, dispuesto sobre el ropero, repicó incesante a cada segundo. Lo cogí y vi la hora; eran ya las siete menos un cuarto. Fue hasta esa hora que pude dormir. No desperté sino hasta mediodía.

Llamaron de nuevo a esa hora. El teléfono en la sala resonó más de tres veces. Mi hermano no contestó. Se había ido al trabajo. Tuve que levantarme y tomar la llamada…

—¿Sí?

—Roberto, ¿cómo estás?, ¿estarás ocupado esta noche?

—¿Rubén?

—¿Quién más va a ser, cabrón? —preguntó la voz del otro lado—. Veo que ni siquiera los viernes acostumbras levantarte temprano. ¿Saldrás hoy?

—¿Estás bien, Rubén? Ayer vinieron unos hombres. Te estaban buscando. ¿Pasa algo?

—No sé de qué hablas, Roberto… ¡No importa!, te espero en mi casa. Hoy vendrán los chicos, como todos los viernes… Ya sabes…

—¡Rubén! —exclamé.

Pero tú colgaste el teléfono y entonces el miedo volvió a espabilarme. Me apresuré a vestirme para salir de mi casa rumbo a la tuya, solo con la certeza de que algo habías hecho y con la incertidumbre comiéndome la cabeza.

* * *

—No ha pasado nada —fue lo que me dijiste, sirviéndote otro vaso de whisky. Pero por tus ojos y esa manera apresurada de beber comprendí que mentías.

—¿Que no pasa nada?, si ayer fueron a mi casa a buscarte unos policías.

—Lo sé. Me buscan. Piensan que hice algo malo, Roberto. Pero tú sabes que yo no soy como mi padre ni mis hermanos. El negocio de mi familia no va conmigo.

Iba a continuar insistiéndote, Rubén, pero en ese preciso momento llegó tu hermana Bárbara, hermosa mujer de veinticinco años, rubia y de ojos felinos…

—Hola, chicos —murmuró con dulce voz y sonriendo—. ¿Tan temprano bebiendo?

Bárbara recorrió la estancia haciendo resonar el tacón de sus zapatillas, caminando con altivez y contoneando sus caderas. Cruzó el pequeño salón y se dirigió a la barra de bebidas que había en la cocina. Se sirvió un vaso de whisky con agua y se sentó junto a nosotros.

—Te acompañaré, hermanito —le dijo a Rubén, dándole un beso en la comisura de los labios y acariciando su cabeza. Él pareció incomodarse por esto.

—Mañana es el cumpleaños de Alejandro —dijo Rubén—. Como es uno de mis más queridos amigos, le dejé hacer una pequeña fiesta aquí en mi casa…

—Rubén, ¿harás de cuenta cómo qué no pasa nada?

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó muy curiosa Barbara.

—¡Que no pasa nada! —exclamó Rubén—. ¿Quieres saber lo que ocurrió, en serio, Roberto? Está bien, te lo contaré. No, no pasa nada si nos escucha mi hermana. Ella sabe muy bien de esto. Es de la familia, a fin de cuentas.

—Ah, ¿no le has explicado lo de ayer?

—Me están vigilando, Roberto. Quieren encontrarme algo con lo que detenerme. No es por mí, sino por mi padre. Al parecer el comandante Ramos ya no está de acuerdo con la parte que le toca de los negocios. Y como mi padre se negó a darle más dinero, ahora quiere chingarnos.

—Pero él bien sabe que no podrá hacerle nada a nuestra familia, mucho menos a mi padre y mis hermanos mayores, así que ahora se ha ensañado con el más pequeño… —dijo Barbara.

Rubén frunció el ceño.

—¡Cree que por ser el más pequeño soy el más estúpido!

—No pasa nada —continuó mi querido amigo—. Yo soy el único de mis hermanos que no está dentro de los negocios de la familia. No sé porque se empeña el comandante Ramos en investigarme. No podrá encontrarme nada…

—¿Estás seguro que no? —pregunté.

—¡Oye!, tú me conoces más que nadie, Roberto.

Sí, Rubén, no existía otro amigo tuyo que te conociera a la perfección. Y, aun así, tenías secretos que ni siquiera yo sabía…

* * *

Miraba a mi amigo desde su alcoba. Rubén fumaba un cigarro en el balcón de su habitación, mirando bajo sus pies el gran parque que era su patio. Mientras calaba su tabaco, cuyo humo absorbía en largas bocanadas, así veía la extensión de su finca. Su mirada abarcaba todo lo que era de su familia, desde los establos donde tenían caballos de carreras hasta los jardines donde él se perdió junto a Bárbara jugando a las escondidas, cuando eran pequeños, antes de que su angustiada madre mandara a varios de los hombres del señor Gaviria a buscarlos.

Me recosté sobre su cama después de pasar al baño, y pensé incierto en qué carajo habría hecho el único hombre decente de esa familia. Vi a Rubén preocupado y ansioso, fumando con rapidez su cigarrillo y suspirando entre cada exhalación, antes de arrojar una colilla deshecha y cruzarse de brazos, mirando al horizonte.

Tal vez la vista de su enorme finca le provocaba angustia…

Sí, la casa de los Gaviria era enorme. La más grande del pueblo. La razón de esto era que el señor Gaviria era el hombre más rico de El Salto. Algunos decían que su buena educación, al haber sido el único hombre del pueblo que había estudiado la universidad, era el motivo de su enorme fortuna; otros, que fueron sus amistades con políticos y sus negocios en la industria azucarera los que lo volvieron rico.

La verdad era otra; La familia Gaviria era riquísima porque el padre de Rubén era el señor del crimen de ese lugar. Era gracias al señor Gaviria que en El Salto corría cada fin de semana tanto litros de alcohol como gramos de cocaína. La familia Gaviria controlaba el crimen organizado en El Salto, junto con las mismas autoridades. Y todos los Gaviria se encargaban de ese lucrativo negocio, todos a excepción de Rubén y Bárbara.

—¿Te importa ir a ver quién es? —me preguntó mi amigo cuando volvió a entrar en su alcoba.

—¿Qué?

—Qué si te importa ir por mí. Acaban de llegar otros policías, están en el pórtico esperando que les reciban, pero no pienso ir a atenderlos…

—Si les rehúyes solo confirmarás sus sospechas.

—¡Pero es que no he hecho nada!

Él volvió a suspirar, como angustiado por aquello. Y me hizo levantarme, tomándome del brazo. Al forcejear con él lo empujé, moviendo el velador al lado de su cama, bajo este se descubrieron dos bolsitas manchadas y un condón usado y roto.

—¿Qué es esto? —pregunté, alzando las bolsas.

—Ya sabes…

—¿Qué?

—Era coca.

—Así que es eso —le dije—, ahora tú también estás en el negocio…

—¡No!, nada de eso. El sábado pasado salí con una chica y terminamos nuestra fiesta aquí en mi casa. Me convenció de conseguirle un poco para que continuáramos divirtiéndonos y…

—Rubén, no me mientas.

—¡Te digo la verdad!

En aquel momento unos pasos lentos y pesados se escucharon fuera de la habitación. Alguien subía por las escaleras.

—Señor Rubén —murmuró la criada detrás de la puerta—. Le buscan unos hombres.

—¡Carajo! —murmuró Rubén—. Esos cabrones no van a dejarnos tener una buena fiesta esta noche. Será mejor ir a atenderlos.

—¡Entonces atiéndelos tú!

* * *

No sabía qué carajos había hecho Rubén para que lo buscaran. Una parte de mí quería creerle, pero la voz de mi razón también dudaba de él, y con buenos motivos, pues no podía creer que mi amigo fuese un “santo”, mucho menos en aquel entorno en el que vivía…

Él me lo había dicho desde que éramos conocidos; toda su familia se dedicaba a aquel negocio. Eran criminales. Pero él, desde pequeño, despreciaba aquello y, cuando cumplió la mayoría, le dejó bien en claro a su padre que él jamás formaría parte de sus “intereses”.

Y así lo había hecho.

Pero, ¿y si al final desistió? ¿Acaso su padre le habría obligado a unirse a su imperio criminal? Rubén era estúpido, no tenía ni siquiera una carrera y toda su vida se la pasó viviendo a costa de sus padres, aun cuando era ya un hombre, así que no parecería ilógico que un día el señor Gaviria se hartara de su vida despreocupada y le obligara a hacer algo con ella. Y esto de hacer algo con ella implicaba, claro, unirse al negocio familiar.

¡No!, eso era muy improbable. No, Rubén no era como sus hermanos. Él no aceptaría agrandar la distribución de cocaína de su padre en El Salto y las ciudades cercanas. Aunque lo hubiese hecho, aquello no le habría causado problemas. No, era por algo peor que buscaban a Rubén Gaviria. Otro crimen habría cometido. El formar parte de los negocios familiares pasaría desapercibido por las autoridades como ocurrió con sus hermanos, nada que un buen soborno no pudiese arreglar. Pero esto que estaba pasando, el hostigamiento de los judiciales con Rubén, era por otra cosa…

Tal vez Rubén resultó como su hermano Eduardo, mujeriego y vicioso, y alguno de sus idilios acabó quizá en el asesinato de un marido celoso, cuyo homicidio después se investigaría… ¿Rubén realmente podría matar a alguien?, si su padre mismo le reprochaba que era alguien tan cobarde, que no sería ni siquiera capaz de aquello…

Podían ser muchas razones; asesinato, narcotráfico, fraude, ¡no lo sé!, Rubén era un estúpido niño adinerado que, en alguna de sus tonterías, quizá había hecho algo que habría ido demasiado lejos…

¿Pero qué era?, ¿por qué le buscaban?, ¿qué crimen podría haber cometido un hombre como él?

La incertidumbre me carcomía…

* * *

El sábado me pasé todo el día en casa de los Gaviria. Traté tantas veces de hablar con Rubén sobre el motivo por que la policía le buscaba con insistencia y lo que había sucedido cuando él fue a hablar con los judiciales en sus establos. Mas él no dijo ni una sola palabra, solo encendió un cigarrillo y se sirvió un whisky en las rocas.

Después empezó a beber demasiado. Faltaban más de dos horas para que nuestros demás amigos llegasen a la finca de los Gaviria y comenzara la fiesta de Alejandro, otra juerga como la de los demás fines de semana en la que nos emborracharíamos, solo que ahora con una excusa; un año más de vida para el cabrón de Alejandro.

Pero Rubén comenzó esa “juerga” mucho antes de lo acordado.

Entonces, ya algo borracho, él me dijo que el asunto con los judiciales estaba zanjado, que bastó una llamada de su hermano mayor y algún soborno para que ellos dejaran de molestar, sin embargo, Rubén continuaba preocupado, pues insistía en que no había razones para que le investigaran…

—Deben de estar vigilándome como hace dos años, cuando me fui a Ámsterdam de vacaciones tras cumplir dieciocho y hacer un desastre. Creo que fue mi padre quien los mandó. A fin de cuentas, él los controla…

—¿Y por qué razón tendría él que vigilarte?

—¡No lo sé!

Pero en el reflejo de sus angustiosos ojos vi que, en realidad, sí sabía por qué…

¿Qué crimen cometiste, Rubén?

No pude preguntárselo, pues a los pocos minutos arribó un muy embriagado Alejandro, junto a cuatro compañeros y dos amigas suyas. Media hora después, llegaron más invitados.

—¡Vaya!, parece que la fiesta ha comenzado —dijo Rubén.

Y, sin siquiera preguntármelo, me preparó un cóctel de ron blanco y me instó a acompañar a los demás al salón principal.

Siendo sinceros, aquel sábado no me apetecía ninguna juerga como las ya acostumbradas, pero esa misma incertidumbre que tenía ante lo que sospechaba me ocultaba Rubén, me hizo quedarme…

Fue una mala decisión, no obtuve nada de aquello más que una buena borrachera. Así, tras perder la cuenta de las copas que llevaba y el control de mi persona, Rubén me dejó justo en el momento que más le necesitaba, cuando la gran cantidad de alcohol que había ingerido me estaba orillando a querer regurgitar el licor sobre una costosa alfombra de los Gaviera.

—Son capaces de matarme si lo hago —me dije a mí mismo cuando sentí las primeras arcadas. Entonces fui lo más rápido posible, tambaleándome y tanteando las paredes, hacia el baño de la alcoba de Rubén.

Tardé muchísimo, apenas pude subir las escaleras y cuando lo logré, mis esfuerzos fueron en vano, porque en el momento que iba a entrar en la habitación de mi querido amigo, lo vi a él escabullirse hacia ésta, de la mano de una sensual muchacha cuya figura no alcancé a distinguir por mi mal estado, a excepción de un blanco brazo y unos cabellos dorados.

—¡Carajo, Rubén! —exclamé, como queriendo injuriarlo, antes de ser presa de otras terribles arcadas que me hicieron vomitar sobre el suelo antes de perder el conocimiento…

* * *

Fue un mes después que me enteré. Ocurrió un día que fui a buscar a Rubén a su finca, después de mucho tiempo sin verlo…

En lugar de él me recibió su hermano Eduardo, quien me contó que una semana antes ocurrió algo terrible; El señor Gaviera había enloquecido por un hecho deshonroso que sucedió dentro de su misma casa, cuando su querida hija Bárbara no pudo ocultarlo más; estaba embarazada. Alguien la había embarazado. Entonces, y para vengar esta terrible afrenta contra su familia, el señor Gaviera obligó al más joven de sus hijos a buscar al responsable de aquel ultraje para matarlo. Y aunque Rubén aceptó aquello de muy buena gana, llevándose a dos de sus hombres y prometiéndole a su padre que esa vez no le decepcionaría, él ya nunca regresó. Ahora también lo buscaban…

Eso fue todo lo que se dignó a decirme Eduardo, antes de volverse a encerrar en su finca, dejándome allí. En aquel preciso instante, también una desdichada Bárbara se asomó por el balcón de la alcoba que una vez había pertenecido a su hermano y mirándome, me saludó, antes de ponerse a llorar.

—Él dijo que me amaba, entonces, ¿por qué me abandonó? —exclamó.

Lo comprendí; ella sollozaba porque sabía que precisamente el hombre que fue a vengar su honor era el mismo que lo había mancillado. Así, Rubén se había ido de El Salto con la esperanza de un padre de obtener venganza, y la tristeza suya de no volver a ver a su “amada”.

Pinche Rubén, ¿en serio?, ¿con tu hermana?

De tantas formas de arruinarte la vida mira que elegiste la peor, Rubén Gaviera; con amor…

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