El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | El pueblo de atrás

Por Sergio Beltrán

1

Recuerdo el día en que mi padre me contó sobre cómo conoció el Pueblo de atrás.  Él no acostumbraba a contarme historias, nunca fue de esos. Por eso me sorprendí cuando comenzó a detallarme su llegada a La Esperanza. Estábamos en la banca de nuestro jardín, tomando aire. Era su cumpleaños 70, pero a él no le gustaba celebrar ese tipo de cosas, sin importar cuánto le insistiera mi mamá. Aunque, tal vez, la edad fue lo que hizo que esa tarde estuviese algo nostálgico.

Comenzó contándome acerca de don Gustavo, él fue quien hizo favor de recogerlo cerca de la alameda porque no sabía cómo llegar. Mi papá aún era joven, un citadino, y era la primera vez que viajaba a un pueblo, por lo tanto, vivir fuera de ahí hacía que las cosas fuesen complicadas. Me dijo que tenía miedo porque no sabía cómo era el lugar, qué comían, cómo vestían o si había mucha gente. Solo se limitaba a imaginar lo que el señor Gregorio, su nuevo jefe, describió en la carta que le había enviado semanas antes. Así fue como también se enteró de que ahí le darían asilo y que iba a mandar a uno de sus empleados para que lo llevaran, que solo era cuestión de que le dijera en dónde se podían encontrar. Según eso, lo reconoció inmediatamente por los lunares y el bigote que mencionaba la carta.

Conociendo a mi papá, no se me hace extraño que haya aceptado ese trabajo, ya que no siempre fue tan huraño como ahora. De hecho, dice mi mamá, hubo un tiempo en el que fue muy carismático. Antes era una persona muy segura de sí misma, a pesar de su corta estatura. Quién sabe por qué cambiaría.

En ese entonces, él era soltero, pero tenía a una cuantas muy bien esperanzadas. Sin embargo, no había nadie realmente importante que pudiera esperar su regreso, pues mis abuelos lo dejaron huérfano muy pronto. Por eso, él accedió, y también porque necesitaba dinero. «Andar de puto te deja sin lana» decía. Además, considerando el sueldo, las labores y el trato que hasta el momento había tenido por parte de su patrón, creo que cualquiera habría aceptado el empleo.

Todo el viaje lo pasó en la caja de la camioneta, ya que don Gustavo iba acompañado. En el otro asiento se encontraba un niño. Tenía la piel clara, el cabello castaño y se llamaba Daniel. Era como de 10 años. Esto último lo supo hasta después porque, en el camino, no dijo ni una palabra.

Pero lo que a mi papá sí se le hizo raro fue que, durante el recorrido, se hayan detenido a un lado de la carretera, justo donde se hallaba un arco de piedra que marcaba la entrada de un pequeño camino que daba hacia un enorme llano. Al llegar, Daniel se bajó rápidamente de la camioneta para irse corriendo al terreno.

—¿Paso por ti o tú te vas? —le preguntó don Gustavo antes de que se fuera.

El niño negó con la cabeza, lo cual, el hombre entendió perfectamente.

—‘Tá bueno. Con cuidado.

Tras cerrar la puerta, don Gustavo se quedó observando al niño por un momento, mientras este corría hacia el llano, como si tuviera miedo de que ya no regresara. Le preguntó a mi papá si quería irse en el otro asiento, él negó su invitación. Siempre le gustó la sensación del viento fresco sobre su rostro en un día soleado. El señor se alzó de hombros, aceptando su respuesta. Encendió la camioneta y se pusieron en marcha.

2

Cuando mi papá me contó esto, habría cumplido 52 años de ser maestro, aunque ya estaba jubilado. Yo sabía que no siempre trabajó de eso, que él le hacía a todo. Desde que él era joven, le buscaba en todas partes, de cualquier cosa: de chalán, carpintero, mecánico, plomero y sabe de qué más. Yo creo que por todas esas asoleadas quedó más prieto de lo que ya estaba. Y eso que no tenía necesidad, vivía de manera estable. Mi abuelo daba clases y mi abuela se dedicaba a vender Tuppers por catálogo, yendo de casa en casa. Esto lo sé porque he visto varias fotos de cuando ellos aún vivían. En una él está en una calle, de pie, teniendo a sus espaldas la escuela que había fundado. Se le ve muy sonriente, orgulloso de su trabajo. Y en otra, ella está en la cocina de su casa, preparando sabrá Dios qué, teniendo, junto a ella, varios libros de sus ventas. Cuánto me habría gustado conocerlos.

Cuando llegaron, descubrió que el pueblo era muy distinto a lo que se había imaginado. No esperaba encontrarse con las calles empedradas, los edificios de cantera, las casas de estilo colonial, la plazoleta con sus jardineras, ni con las capillas que se encontraban en la punta de los tres cerros que rodeaban al pueblo. Todo era más bonito que en su mente.

Don Gustavo se estacionó a un lado de las jardineras. Cerca de ahí se encontraba la oficina donde trabajaba el señor Gregorio.  Al bajarse de la camioneta, mi papá percibió el olor del café y de las tortillas quemadas que provenía de varias casas que tenían la puerta abierta. Esto acabó confirmándole su llegada.

—Si quiere, después de pasar con el patrón, lo invito a comer algo —le dijo don Gustavo.

—No, no se preocupe. Ando algo cansado. Yo creo que, mejor, me duermo un rato.

—‘Tá bien, como uste’ vea.

Tampoco la imagen que se hizo de don Gregorio coincidió con la de aquel hombre de mediana estatura, robusto, con bigote y cabellera gris que los estaba esperando cerca de donde estaban.

—¿A poco uste’ es el Lucho? —le preguntó—. Se ve más chico.

—Lucio Navarro, a sus órdenes.

Entraron al edificio y, en su despacho, el jefe le explicó de nuevo a mi padre su trabajo.

—Ahorita no puedo dejar que empiece, acaba de llegar —dijo don Gregorio—. Mejor hasta pasado mañana. Y así también aprovecha pa’ conocer el lugar. ¿Cómo ve? ¿Le parece? Aquí Gustavo lo va a llevar a la casita donde se estará quedando.

Se estrecharon la mano.

Cuenta mi padre que, en ese momento, escuchó cómo un sonido de campanas inundaba por completo al pueblo. El ritmo era rápido, parecía como si trataran de dar algún aviso. Se alarmó un poco, pero al ver que los dos hombres no se notaban preocupados, comenzó a calmarse.

—Es el repique –—omentó don Gregorio, dando por hecho que mi padre sabía qué era eso.

El lugar donde mi padre estuvo viviendo se encontraba muy cerca de donde estaban. De hecho, me dijo, pudo haberse ido caminando sin ningún problema. Le habría gustado encontrar, por su cuenta, esa casa naranja, con sus ventanas grandes y unas macetas decorando la entrada. No había mucho espacio adentro, pero para él era más que suficiente.

Después de despedirse de don Gustavo, entró y desempacó lo que llevaba, se acostó en su cama y sintió un golpe de nostalgia repentino. Esa noche no pudo dormir.

Al día siguiente, decidió levantarse temprano para dar un paseo. Quería conocer algunas calles del pueblo. Caminó durante un buen rato. Percibió, de nuevo, el olor el café, escuchó el bullicio que provenía de la única cantina que había ahí, descubrió los banderines azules y blancos que decoraban algunas calles y admiró toda la paz que se respiraba.

Cuando iba de regreso, se encontró a don Gustavo en la plazoleta, a punto de subirse a su camioneta. Notó que Daniel no estaba con él, que ahora iba solo. Mi padre se dio prisa en acercársele y le preguntó:

—¿Y el niño?

—‘Ora quiso irse solo —le contestó—. A veces así le hace.

—¿Y para dónde va, oiga?

—Para Japón.

Debió haber visto la cara de sorpresa y confusión que puso mi papá, porque de inmediato aclaró diciendo:

—Es un rancho de por aquí, así le decimos. Está de aquel lado, casi por donde nos venimos ayer, no está muy lejos. ¿Por qué? ¿A dónde quería ir?

—A ningún lado, pero ya ve que ahorita no puedo hacer nada y la verdad no tengo ganas de estar encerrado. Aparte, aquí todavía no le sé muy bien.

—Pos yo na’más voy a dejar un dinero. Pero, si quiere, véngase.

Mi padre accedió.

Para llegar a ese rancho, tuvieron que salir de La Esperanza e irse por el camino en el que habían llegado el día anterior. Volvieron a pasar por el llano en el que Daniel se había quedado y mi padre se sorprendió al ver que ahí estaba el niño, corriendo como si estuviese jugando con otra persona.

—Mírelo, ahí anda —le comentó don Gustavo, mientras hace sonar el claxon para llamar al niño.

Daniel se detuvo y volteó a verlos. Mi padre le mandó un saludo con la mano, pero el otro no respondió.

—¿Qué es ahí, oiga? Donde anda el chamaco —le preguntó mi padre.

—El pueblo de atrás —respondió—, le encanta ir a diario.

El resto del recorrido estuvieron en silencio, pero una intriga comenzó a llenar a mi papá.

Cuando llegaron, mi padre decidió esperar a don Gustavo en la camioneta, y así aprovechó para conocer a donde habían llegado.

—¿No quiere un refresco? —le preguntó Gustavo al regresar—. Se lo invito.

Mi padre aceptó. Llegaron a una tienda que estaba cerca de ahí y que solamente vendía refrescos, galletas y aceite. Y se sentaron a tomárselo en unas bancas que tenían afuera. Estuvieron en silencio hasta que escuchó las campanadas de la iglesia del rancho. Por el ritmo, se dio cuenta de que era el mismo toque que había oído cuando estuvo con don Gregorio.

—¿A poco acá también tocan el repique? —preguntó mi padre.

—Sí —contestó don Gustavo—. Uste’ no sabe qué es eso, ¿verdad?

—La verdad, no. ¿Cómo supo?

—Es que se nota. Mire, aquí y en La esperanza hay dos toques: el repique y el doble. El doble es para cuando una persona fallece, como alguna señora o alguien ya mayor; y el repique es para cuando se nos va un niño.

—Oiga, pero ayer también estuvo sonando allá en el pueblo. ¿Cómo está eso?

Según lo que me contó, la expresión de Gustavo cambió cuando le preguntó eso. Como si le costara mucho decírselo. Finalmente, tras pensárselo, suspiró y le dijo:

—¿Cómo le digo? Mire, es que hace tiempo ocurrió un accidente muy feo en un pueblo que se llamaba El porvenir. Estaba en el llano, ahí donde el chamaco siempre se va a jugar. Era muy bonito, me acuerdo. Yo iba a cada rato a las fiestas patronales y también don Gregorio porque ahí vivía su hija. De hecho, el niño es su nieto, pero casi no se está con él.

«El caso es que en El porvenir había almacenamientos de gas, porque cerca de ahí operaban varias empresas gaseras. Y un día les explotó todo. Yo no vi, pero, por lo que luego me dijeron, supe que fue por la chispa que provocó un camión y que, primero, el incendio, se había llevado pocas casas, pero después se fue hacia donde estaban las demás. Creo que ahí tenían como otros 15 tanques, y pues fue lo que acabó con la otra parte.

«Dicen que, cuando llegaron los bomberos, mejor decidieron que el gas se consumiera para luego apagar el fuego. No sé si no les importó los que se estaban quemando allá adentro o si en verdad estaba difícil la cosa, pero ahí los dejaron. El único que se salvó fue Daniel, pero porque estaba con su abuelo, de puro milagro. Todos los demás murieron. No me quiero imaginar si también hubiera pasado eso allá en el pueblo.

«Y fue hasta en la mañana cuando comenzaron a recoger los escombros. Se tardaron varios días. Recogieron todo y el lugar pasó a ser llano. Poco después, el niño dejó de hablar y comenzó a ir a diario al terreno, a diferentes horas.

«Aquí nos afectó mucho, no hablábamos de otra cosa que no fuera eso. Hasta les organizamos un funeral. Y fue cuando unos comenzaron a llamarlo ‘El pueblo de atrás’, sabrá Dios por qué, pero así se le quedó. A lo mejor por respeto. Aunque hubo muchos que olvidaron rápido lo sucedido, como si el tema hubiera pasado de moda.

«Eso sí, lo peor comenzó a suceder hasta un mes después, cuando los recién nacidos comenzaron a morir. Los partos se complicaban y, después de 5 o 6 días, fallecían los angelitos. Y eso hasta la fecha. Hay algunos que aún lo intentan, pero terminan en lo mismo. Por eso el repique suena tan seguido aquí y allá.

«Creo que el más afectado de todos fue don Gregorio, porque, aparte de perder a su hija, todos sus empleados empezaron a tenerle miedo. Pensaban que si seguían trabajando para él, nunca les iba vivir ningún hijo, nada qué ver. Pero muchos renunciaron y se fueron a buscarle allá en la capital. Se quedó con muy pocos empleados y con Daniel. Por eso al patrón le urge conseguir gente. ¿Por qué cree que le tiene todo muy arregladito? Yo, a él le estoy bien agradecido. Ha hecho mucho por mí, no sabe cuánto. Es alguien que admiro y respeto bastante. Espero que uste’ no salga como los otros y lo deje. Se ve que es buena gente, pero nunca se sabe».

Cuando terminó, mi padre no dijo nada. Nunca imaginó que todo eso había detrás de un simple toque de campana. Se terminaron su refresco en silencio y después se subieron a la camioneta.

De regreso a La Esperanza, y durante los días siguientes, no pudo sacarse de la mente la tragedia del pueblo, a Daniel, a los niños ni a las campanas que no dejaban de sonar ni un día. No podía estar tranquilo.

3

En este punto del relato, a mi padre le brillaron los ojos y la voz comenzó a quebrársele un poco. No estoy realmente seguro de si se debía a que estaba sintiendo algo al recordar esa parte de la historia o era por otra cosa. De cualquier manera, me describió toda la intriga y el deseo que sentía por saber el motivo por el que Daniel iba todos los días a jugar a aquel llano. No podía pensar en otra cosa. ¿Qué había ahí? ¿Veía algo? ¿Qué razón habría de existir para que cada día se decidiera a volver?

Era desesperante no saber nada, cuando podía hacerlo. Por eso, un día decidió ir con él.

Primero tuvo que localizar a don Gustavo. Él siempre sabía si el niño estaba o no en El pueblo de atrás, lo cual iba serle de mucha ayuda. Lo buscó por casi todo el lugar, hasta que lo encontró en la cantina.

—Por ahí anda, todavía no se va —le comentó—. A lo mejor en un ratito más porque creo que hoy es el día en que se va de noche. Lo haces cada mes. Ha de estar con su abuelo, ahí en las oficinas. ¿Por qué? ¿Para qué lo quería?

Mi padre le explicó el plan que tenía.

—Pues a ver si lo deja, porque no le gusta ir acompañado, desde que otro chamaco fue con él na’más para burlarse. Pero pregúntele, no pierde nada.

Decidió, entonces, ir a buscarlo con don Gregorio.

Encontró a Daniel sentado en una de las bancas de la plazoleta, solo, viendo la puesta de sol, como si esta le marcara la hora exacta para irse. Mi padre se acercó y se sentó a su lado.

—Ahorita ya vas para allá, ¿verdad? –—e preguntó.

El niño volteó y asintió con la cabeza.

—¿Puedo ir contigo? Yo no me voy a burlar.

Lo pensó por un momento, pero finalmente aceptó, asintiendo de nuevo. Al parecer vio, en los ojos de mi padre, que hablaba en serio. Señaló la puesta de sol, dándole a entender que iban a ir hasta que se escondiera por completo.

Entró la noche y se pusieron en camino. Mi padre iba detrás de Daniel, siguiéndolo. Solo él sabía cuál era el camino correcto. No hizo preguntas ni habló durante el trayecto. Quiso mantener el viaje como si fuera un ritual en el que el silencio era la parte más importante. Tardaron una hora en llegar.

Cuando alcanzó a divisar el arco de piedra, le empezaron a temblar las piernas. Quería saber qué había detrás de esa entrada, pero no estaba seguro de qué podría ser o de si realmente existía algo. Pero terminó controlándose cuando, al llegar, Daniel le estiró el brazo para guiarlo adentro.

«Tomé su mano tibia y apareció frente a mí, pude verlo». Había puestos de comida, juguetes y dulces en esas calles iluminadas, llenas de adornos. Las personas no paraban de comprar, de reír ni de bailar. Dentro de todas las casas, las luces estaban encendidas y sus dueños se encontraban en las entradas, también celebrando. A lo lejos, podía escucharse a la banda tocando, mientras los cohetes de carrizo iluminaban por completo el cielo en esa noche de fiesta. No le importó averiguar a qué se debía el festejo, porque no era necesario. Daniel giró hacia mi papá y lo miró a los ojos. Con eso, ya lo daba por hecho.

Estaba consciente del lugar donde se encontraba. Y no le quedó más que sonreír y gritar felizmente junto con los demás, porque le nacía, porque también sentía sed y hambre como los demás, esos con los que comenzó a bailar y a beber, olvidando quién era y en lo que se iba a convertir. No le importaba resultar en alguien que nunca había querido ser, perder miedos para conseguir otros, ni amar de distintas maneras. No, en ese momento no le importaba nada.

Y no le cupo duda, había llegado. Todas sus preguntas fueron respondidas.

4

Han pasado 14 años desde que me lo contó, yo tenía 20. Él murió poco después de ese día. Mi mamá y yo lo encontramos sentado en la banca del jardín, dormido para siempre.

Aún me pregunto por qué decidió decírmelo. Él pensaba que nosotros existimos mientras alguien nos recuerde, pero fue como si hubiese querido que, al llegarme la hora, sin importar cuándo ni cómo, fuera a visitarlo al El pueblo de atrás.

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