El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Normalidad

Por David Rico Rocha

Nueve días después de que comenzó todo, por fin Norma pudo tomarse las cosas con calma. Dentro de ella se han silenciado las voces, es el momento de restablecer las cosas pendientes. ¿Por dónde comenzar? Antonio, su marido, se despega solo ocasionalmente del videojuego para beber un poco de agua de la llave. Él lleva apenas dos días en casa y hacía mucho que no tenía tantas horas de videojuegos.

—Es lógico —piensa Norma mientras lo ve como a un infante—. Ya se le pasará, entonces tendrá que lidiar consigo mismo.

Afuera, el patio se calienta por el sol de la primavera que apenas comienza. Sobre las banquetas difícilmente se escucha que alguien transite, las medidas se han endurecido y nadie puede asomar siquiera la mirada, los autos están prohibidos por ahora, el decreto fue contundente. Nadie no esencial en las calles.

Dentro de la habitación, el viejo radio suena, acompañando a Norma que recorre en calzones el pequeño cuarto de cinco por cinco. Ella no cree del todo en lo que dicen los noticieros. —¿Por dónde comenzar? ¿Cómo transformar el presente?— Es evidente que las medidas son acatadas, para Norma todo ha quedado atrás: la oficina, el café de la mañana, el helado del medio día, salir los fines de semana. La vida por alguna extraña razón se ha quedado vacía, en pausa. Seguramente con esas medidas también se detendrá la economía, por lo tanto, el futuro también queda detenido.  Antonio aún no tiene tiempo para pensar en eso, para él solamente existe el añorado videojuego. 

¿Los dueños del mundo están jugando con nosotros? ¿Seremos un experimento? ¿Sobreviviremos? ¿Cómo transformar el presente? Muchas preguntas despiertan a Norma de su sueño. Es el día catorce, la madrugada sigue en silencio y el astro sol tardará un par de horas en salir. Norma permanece despierta, intentando abrazar el sueño, da vueltas en la cama, pero es inútil. Arropada por la oscuridad piensa en todo: la relación con Antonio  se ha vuelto un trámite,  ocasionalmente tienen sexo, ella lo disfruta y hasta piensa que aquel oxidado sentimiento se aviva, sin embargo un creciente vacío la hace no querer continuar. Sus vidas están atadas a su pasado doloroso. Norma en silencio ve a alguien más y Antonio se refugia en el trabajo, por eso casi no hablan cuando están juntos.  Las esperanzas se han diluido hace muchos días. ¿Se puede sacar provecho a esta situación? ¿Quizá por eso los dos están en calzones?  ¿Quieren desnudarse y resolver todo, volver a ser atentos como al principio?  Norma sabe que no es el momento, él aún piensa que son vacaciones. 

Lo ha resuelto: dejará que el encierro de los días lo despierte a su realidad, que la vida lo acorrale y le recuerde que está vivo. Pero hoy tampoco es el día, por la noche duermen abrazados, ella en calma, él tal vez. 

¿Y si todo es un plan para disminuir la población mundial? ¿Sobreviviremos?  ¿Qué es la verdad? Las preguntas dan la bienvenida al nuevo amanecer, Norma tiene ya una nueva rutina, lejos del trabajo y del transporte público. Ahora se levanta e imita el yoga que amablemente sugiere la televisión, realiza sus maltrechas rutinas y busca algo de desayunar, por cierto, mínimo.

Antonio duerme, quizá porque ignora que lo más difícil de esta situación apenas comienza. Según las noticias:  las muertes han llegado a una decena de miles en el mundo, los servicios de salud han colapsado y los ansiolíticos están escasos, a pesar de ser inútiles en el tratamiento del nuevo «virus del rey».

El día nuevamente pasó ligero ante sus ojos, la noche da prueba de ello. Por fin Antonio se ha olvidado del videojuego, es el día diez para él, el diecisiete para ella. Las provisiones van disminuyendo.  Los servicios de higiene han duplicado su actividad, los comercios, los bancos y las escueles han cerrado, afuera ya no hay nadie. Antonio lleva dos horas recostado en el único sillón, viendo la pared, observado en ella la nada, el calor es cada vez más insoportable y el silencio entre ellos continúa. Ahora hacen solamente dos comidas al día, se miran de vez en cuando y se sonríen, pero el fuego se ha apagado.

¿Como transformar el presente?  ¿Será una guerra? ¿Quién está detrás de todo esto? Ahora muchos trabajan desde sus hogares, Norma y Antonio no pueden, ellos quedarán sin sueldo, sin esperanzas.  Lo más lejos a donde van es al patio.  Norma descansa persiguiendo un pedazo de sombra, Antonio la mira, intercambian algunas palabras, pero el tedio no se va, la incomodidad los hace moverse. Casi sin querer comienzan a ordenar, después a barrer, escombran el patio, juntan cosas inservibles. Después uno tras otro sacan montones de basura y de desilusiones, tiran juntos sus recuerdos y su presente, unen fuerzas para jalar algunos de esos vestigios envueltos ahora en bolsas negras. Casi de rodillas llevan todo hasta la puerta. Un gélido silencio da la pauta, ¿por donde comenzar?

 Norma toma la iniciativa:

—¿Ya te diste cuenta, Antonio?

—¿De qué?

—De que entre tú y yo ya no hay nada.

El sol golpea sus rostros, él ya se había dado cuenta y no finge.

—Sí —dice mientras la mira a los ojos—. ¿Qué quieres hacer?

—Pues vete —dice ella.

—Pensé que no lo dirías.

—Ya ves que sí.

—¿Cuando?

—Hoy mismo. Once días fueron suficientes para darnos cuenta de que ya no, Antonio. Hemos echado a la basura todo, siete años de nuestras vidas. ¿Te das cuenta?

—Sí —dice él con amargura.

Quizá las circunstancias no están para más llanto, tal vez en medio de todo solo necesitaban un tiempo para escucharse. Él comenzó a hacer maletas, mientras ella permanece en el patio donde se desnuda para darse un baño. Allí, junto al lavadero, bajo los rayos verticales del sol, entre el agua fría ocultó una o dos lágrimas y así permaneció, de espaldas a la puerta. Aquel baño refrescante duró lo suficiente para que Antonio se largara de su vida. Después Norma entró al pequeño cuarto, revisó lo que había quedado, tenía el cabello aún mojado, respiró hondo y miró cada objeto. Era su vida la que estaba ahí representada por pequeñas cosas. Echó en una caja las que no eran suyas y sintió alivio.

 La noche fue suficiente para descansar, sin embargo, el nuevo día escupe más preguntas en su cabeza: ¿Existirá una cura? ¿Qué es la verdad? ¿Porque se enferman más las personas mayores? ¿Cuál es el poder de las ideas? ¿Será una guerra? Es el día veinte, el televisor sigue proveyendo el yoga, el desayuno es ya su único alimento. Han comenzado los actos vandálicos, por momentos el aire huele a gas lacrimógeno. Norma permanece dentro del cuarto que parece más amplio sin el tal Antonio. Pronto aquellos fragmentos de vida llamaron más su atención, miró detenidamente los objetos cotidianos y encontró en ellos un halo de magia. —¡Qué extraño!—. De pronto las cosas mínimas adquieren vida propia, delante de sus ojos una luz especial emana de aquellos objetos que le recuerdan personas y lugares. Las pequeñas repisas le traen momentos llenos de voces y de atmósferas evocadoras, tan solo con mirar aquellos pedazos de vida que aún quedaban dentro de su habitación, una habitación techada con láminas y palos. El espacio contenido por estas cuatro paredes se ha convertido en un manantial de recuerdos y Norma viaja, imagina, va y viene por su memoria, mientras afuera el mundo se vuelve otro por el hambre y la desesperación. 

En el día veintiséis, sus hombros comienzan a mostrar los estragos del ayuno. Dentro de su habitación sobre la cama, Norma mira el techo. La soledad se arremolina en sus ojos y escurre transparente. No es la ausencia de Antonio, sino la ausencia del mundo, casi cuatro semanas en estas condiciones la están llevando a sentir una necesidad de ver a otros, de verse en otros, de reconocerse en la plática y en sus propios gestos. —¿Y si solo es una estrategia mundial de poder? ¿Algún laboratorio farmacéutico planeó todo? ¿Qué es la verdad? ¿Quién está detrás de todo esto?—.  La radio balbucea quedo. Norma se enjuaga las lágrimas. Un impulso la levanta y entonces mira hacia la pared donde está aquella vieja fotografía. Se acerca despacio y es real. Las facciones retratadas de su infancia han cambiado, ahora sonríe, mira asombrada las demás fotografías y para su sorpresa también han cambiado, su mente se pausa y unos segundos después por fin reacciona. Todo es real.

—¿Cuántas cosas han cambiado afuera y dentro de mí? ¿Es todo un negocio de las farmacéuticas? ¿Están manipulando la información?  La mañana comienza como las anteriores, con el yoga y el desayuno. Ahora se da cuenta de que también las figurillas de cerámica han cambiado su posición, las de madera desprenden un sutil aroma que impregna el ambiente, las escenas en los paisajes son otras, las flores en las cortinas y en los manteles se miran tocables. El metal de los trastes resplandece, los colores brillan. El agua en el patio emite cánticos. Todo vibra en distintas intensidades.  Su vida parece otra. Sus sentidos han despertado junto con ella. El mundo al que ahora pertenece es tan bello, tan abrumadoramente bello que, por un momento, sirve para sobrellevar esta nueva normalidad. Haber descubierto la esencia de las cosas le da tranquilidad y un desmedido deseo de compartir este mundo con sus conocidos, a los que hace ya mucho que no ve. El día y la noche son los mismos, pero otros, Norma lo sabe. Sabe que las estrellas bailan en el firmamento vigilando su plácido sueño, también sabe que las lechuzas ahora vuelan en el cenit nocturno, dando vueltas sobre su casa.

Los días pasan lentos, Norma escucha la radio cada mañana esperando tener noticias de la situación y hoy, la noticia principal es el fin de la cuarentena. Pronto las calles comienzan a llenarse de gente, aunque nunca nadie supo responder a sus propias preguntas. La vida de a poco comienza a retomar su ritmo. Norma vuelve a su trabajo, las cuentas tienen que pagarse, la oficina le absorbe nuevamente doce horas al día, los traslados le dan el tiro de gracia. —¿Seremos los mismos después de esto?—.

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