El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Todos son Antonio

Por Kathy Serrano

Todo esto comenzó con el mensaje que recibí en mi teléfono aquella mañana a fines de enero. Una conocida, a quien no veía hace años, me envió la foto de Antonio, mi esposo, junto a una mujer, en un restaurante que no se me hacía familiar. Aún no puedo explicar por qué me quedé callada y no lo confronté. Creo que decidí esperar a reunir suficientes pruebas para evitar que me dijera que eran ideas mías, que era solo una amiga y el eterno etcétera en excusas que utiliza un hombre en estos casos.

La foto era elocuente. Estaban muy juntos. Él sostenía sus manos entre las suyas. La miraba con una sonrisa enorme. Ella lo miraba encandilada. Me llamó la atención la camisa de Antonio. Jamás se la había visto. No era el tipo de ropa ni los colores que usaba. Mi Antonio está enamorado, pensé. Sentí una profunda tristeza al imaginar que ya tenía ropa en otra parte. Alguna vez le comenté, casi en broma, que la sola idea de imaginarlo enamorado de otra mujer podría enloquecerme.

Ese día llegué a casa temprano. Quería tomarme una pastilla e irme a dormir antes de que llegara Antonio, pero él ya estaba allí. Se alegró de verme. Estaba preparando la cena. Abrió una botella de vino tinto, sirvió dos copas y me invitó a sentarnos en la terraza. No dije nada sobre la foto. Él parecía tan a gusto. Me dejé llevar. Una parte de mí quería detener todo, preguntarle quién era ella y desde cuándo estaban juntos. Pero la otra parte decidió disfrutar la cena, el vino, el sexo.

En los días siguientes estuve muy atenta a cada uno de sus movimientos, pero no observé ninguna señal que lo delatara. Llegaba a casa y dejaba su celular como siempre en cualquier lugar. Cada minuto libre lo dedicaba a estar conmigo. No sentí que escondiera algo. Una tarde regresé a casa un tanto estresada por cosas de la oficina. Me puse mi ropa de correr y salí rumbo al malecón. Corría suave por la avenida mientras escuchaba el soundtrack de una película francesa. Me detuve en una esquina respetando el semáforo y, de repente, lo vi. Antonio manejaba un Audi plateado, a su lado iba una mujer. No estaba segura si era la misma de la foto. Me quedé allí parada un rato, sin moverme, mientras el semáforo cambiaba de luz, una y otra vez. Sí, el carro es de ella, pensé. Me dije, es Antonio, pero es distinto. ¿Cómo es posible? Las lágrimas me ganaron y decidí correr, correr, correr.

El teléfono sonó. Vi que era Antonio. Pensé en no contestar, pero mi cuerpo no me hizo caso. Con su voz muy alegre me avisaba que iríamos a cenar a mi restaurante favorito esa noche. Le pregunté que dónde estaba. Me dijo que acababa de llegar a la oficina después de una reunión tediosa e interminable. «Nos vemos en casa, mi amor», le escuché decir antes de colgar. 

En el restaurante nos esperaba una mesa maravillosa. La habían decorado con girasoles y rosas multicolores especialmente para mí. Mi vino preferido ya estaba sobre la mesa. Antonio estaba muy atento. Me miraba enamorado.  Yo estaba confundida. Brindamos y le pregunté si había algo especial por qué brindar. Sacó una cajita, la abrió y allí estaba un anillo en oro con esmeraldas. Yo lo había olvidado por completo, era nuestro aniversario. 

Al día siguiente decidí poner fin a esta situación. Lo descubriría. Quería ver dónde vivía ella, dónde se encontraban, tener pruebas, sorprenderlo. Pedí unos días de permiso en mi trabajo. Fue fácil, tenía vacaciones acumuladas. Era viernes. El lunes comenzaría a seguirlo.

Esa noche y durante el fin de semana, fueron llegando otras fotografías que me perturbaron: Antonio en un yate acompañado por la mujer en bikini, una selfie de Antonio junto a la mujer en un avión muy sonrientes, una selfie de ambos en una calle de alguna ciudad europea. ¿Antonio tenía una vida paralela? ¿En qué momento? No tenía sentido. Mandé un mensaje a la persona que me estaba enviando las fotos, quería saber de dónde las había sacado, pero no respondió. La llamé por teléfono, pero el número estuvo siempre ocupado. Ese fin de semana Antonio debía pasarlo con su hijo, así que me quedé sola en casa. Por primera vez revisé todas sus cosas. No había nada que lo delatara. ¿Cuándo se tomó esas fotos? ¿Por qué se vestía distinto? ¿Debía mostrarle las fotos y encararlo? Una fuerza desconocida dentro de mí me lo impedía.

El lunes fingí salir a mi trabajo. Siempre salía dos horas más temprano que él. Tenía todo listo. Alquilé un carro que había dejado aparcado en una cochera cercana. Me recogí el cabello y lo guardé bajo una gorrita con visera. Me puse unos lentes nuevos de sol y esperé a que saliera de la casa. Antonio, después de una hora, por fin salió. Caminó varias cuadras. Se detuvo en una cafetería. Se sentó en una mesa con vista a la calle. Un mozo le trajo un suculento desayuno que disfrutó mientras leía un periódico que había sobre la mesa. Yo lo observaba desde el auto alquilado que estacioné a una distancia prudente. Imaginaba que pronto la mujer llegaría a recogerlo en el Audi plateado, o que él tomaría un taxi para ir a verla. Pero no ocurrió. Lo vi escribir en su celular, pensé que estaría chateando con ella. Mi celular vibró. Era Antonio, me decía “Amor, me tomé el día libre. Salí a desayunar cerca de la casa. Me siento raro. Si puedes, regresa temprano. Te Amo”.

Lo vi pagar la cuenta, levantarse y decidí bajar del auto, cruzar la pista y darle una sorpresa, pero vi cómo un Audi plateado se estacionaba frente a la cafetería. La ira se apoderó de mí. Alisté mi teléfono para tomar fotos, vi que Antonio se despedía del mesero y salía del lugar. La puerta del lado del chofer del Audi se abrió y de allí descendió un hombre, era Antonio, es decir, otro Antonio. El teléfono cayó de mis manos, el corazón estaba latiéndome muy fuerte. Mi Antonio caminaba en dirección a nuestra casa. El otro Antonio, el hombre del Audi, entraba a la cafetería, recogía una caja como de pastel y regresaba a su auto, allí lo esperaba la mujer. Me agaché a buscar el teléfono en el piso del auto, pero cuando me levanté el Audi ya no estaba. 

Desesperada decidí regresar a mi casa. Me estacioné una cuadra antes. Me quité la gorrita, los lentes y los dejé en el auto alquilado. Mientras caminaba trataba de ordenar mis pensamientos. No sabía si contarle toda la historia del otro Antonio a mi Antonio. Tenía las fotos que me enviaron en mi celular. Me detuve. Busqué en el teléfono. El mensaje con las fotos no estaba. Todo se había borrado. Busqué en descargas, archivos. Nada. No había rastros.  

Corrí hacia la casa, pero me paralicé al ver que Antonio salía en dirección contraria. A su lado caminaba otro hombre idéntico a él. Detrás suyo uno, dos, tres… eran varios hombres con la apariencia de Antonio avanzando por la avenida. Volví la vista a la casa. La puerta estaba abierta. Una mujer idéntica a mí estaba parada en el umbral. Me miró fijamente con una media sonrisa. Cerró la puerta. Aterrada e inmóvil observé cómo desde la ventana del segundo piso, Antonio y la mujer idéntica a mí me observaban. 

No recuerdo qué sucedió después. Es como si una pausa oscura se hubiera activado en mi cerebro. Dicen que choqué contra varios autos mientras manejaba en dirección contraria por la avenida Central con un carro alquilado. Cuando por fin me detuve, estaba con la frente repleta de cortes y la sangre cubría mi rostro. Según las declaraciones que ofrecí ese día, se afirma que yo estaba huyendo de Antonio y sus dobles. Dicen que estuve de acuerdo con que me internaran en este lugar. Vi mi firma en el documento, pero no logro recordar nada. 

Antonio viene a visitarme todos los domingos. Lo veo muy bien. Me dijo que se compró un Audi plateado. Siempre me cuenta sus nuevas aventuras. Lo malo es que nunca sé con cuál de ellos es con quien estoy hablando. 

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