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El cuento en cuarentena | El diablo es puerco

Por Víctor Toribio Ramírez

Eran ya las 10 de la mañana…

—Qué bonito se ve usted ahí tiradote y dormidote con el perro. Debería andar barriendo. Mire nomás qué cochinero me dejaron usted y sus compadres borrachines anoche. No dejaron dormir a mis hijos. Dele gracias a la suya que no están trabajando, que si no, a las cuatro de la mañana lo hubiera levantado para que viera qué se siente desmañanarse para entrarle a la refriega. 

—Antes que nada, buenos días, mi señora… 

—Qué buenos días ni qué nada, ya son tardes. ¿Qué no cambió su reloj? 

—¿Cuál reloj? 

—El horario de verano, pues. ¡Válgame Dios! ¿Al menos sabe qué día es hoy? 

El hombre fijó la mirada al final de la calle, mientras el perro se espabilaba y andaba a las jardineras de doña Matilde sin preocupación alguna. 

—Ha de ser lunes porque veo tianguis. Los lunes se pone el tianguis, ¿no? A menos que sea jueves, pero los jueves no se pone hasta acá, se pone a la altura de Hortelanos antes de atravesar Labradores. 

—Mire, mejor no me quite el tiempo y póngase a limpiar. Mire nomás, su perro ya me vino a cagar las pobres jardineras. Que quede bien limpio y ni vaya a empezar a tomar tan temprano que es Semana Santa y de por sí nos está llevando la chingada. No es para que usted ande celebrando. 

—‘Ta bueno, jefa. Que le vaya bien, no ande de malas. Ahorita le barro. 

Después de un rato, mientras el hombre y el perro almorzaban en la banqueta, vieron a Doña Matilde que regresaba cargada con las bolsas de mandado, de esas de tela, porque ya no dan plástico en ningún lado.

—Qué bueno que anda usted de regreso, jefita. Ya quedó nuestro pedazo, le barrí hasta la tierra de la entrada. Si quiere le ayudo a meter sus bolsas en lo que abre, se ve que están repesadas. 

Miró las bolsas que Doña Matilde descansó en el suelo mientras sacaba sus llaves del babero que traía puesto, cucuruchos y verduras en una, en la otra un montón de carne roja y una bolsa de cubrebocas se asomaba. En los dedos traía cloro, pinol y una bolsita de lo que parecían medicamentos. Mientras ella le decía: 

—¿Le está dando de comer al perro los frijoles de su plato? 

—Ya traíamos hambre de la barrida y del calor. El Zeus empezó a ladrar y me metí al cuarto a sacar los frijoles, pero como no tengo gas nos los estábamos comiendo aquí. Con el puritito sol se calientan. 

—No sea cochino, cómo le da de comer al perro así. Mire cómo anda, todo mugroso. 

—Es que nos agarró la lluvia ayer que fuimos a la tienda de Don Goyo, pero no está mugroso. Aparte tenía hambre el pobre y ahora no han salido los vecinos a darle sobras. 

—Por culpa de gente como usted está la pandemia matando a tantos… 

—No sé qué sea eso, pero el perro está bien sano. Era de Arnoldo, el hijo de “la güera”, pero creció a lo bestia y me lo sacaron porque ya no lo quisieron. Pero este perro no mata. 

—No lo digo porque el perro mate, ¿qué no ha visto las noticias? 

—No, las dejé de ver porque me enojaba tanto ratero, tanta guerra, tanta maldad. Del enojo me ponía a tomar… 

—Entonces, ¿dejó de tomar? Porque yo del diario lo veo empinándosela con gusto. 

—No, pues no. Nomás le agarré el gusto, pero ya no me pongo de malas. Pero usted me estaba reclamando del perro, no de la tomadera. Eso fue en la mañana. 

—Pues la gente se está muriendo en todo el bendito mundo. Es una gripa. Dicen que le agarra a uno tos, dolor de cabeza, calentura, lo dejan a uno encerrado a menos que se ponga grave y entonces ya ni cómo salvarse… 

—¿Y de una gripa se están muriendo? 

—Pero es que esta no es una gripa cualquiera, esta es más cabrona. Dicen que un chinito inconsciente se comió un murciélago que tenía esa gripa y anduvo contagiando a medio mundo. Ahora tenemos que estar encerrados, porque dicen que se contagia con el puro estornudo. Imagínese, si el fulano ese era chino y la gente se está muriendo en todos lados, hasta aquí.

“Ayer dijeron en la tele que, en el Distrito, donde la pobre gente está más expuesta porque viajan todos amontonados como sardina en el metro, ya van como 90 muertos… De algo se tiene uno que morir, es lo que le digo a mi viejo y a mis hijos. Aunque esos malagradecidos no saldrían aunque me estuvieran descalzonando. Pero cómo cree que va a querer uno morirse de una gripa de animal”.

—Así decían de la gripe del puerco y yo, con todo su respeto, jefita, nunca he visto un puerco con gripa. Además, yo no me voy a comer al perro. Aparte de que me hace compañía, ya le agarré cariño al Zeus. Y pa’ acabar, yo ni como carne. N’ombre, si los jodidos son otros. 

—Si no lo digo porque quiera comerse al perro, es porque anda con ese animal, vaya usted a saber si tiene algo que pueda enfermarlo y luego ande contagiando a todos… Y no se haga, no come usted carne porque prefiere comprarse el chupe… Ya mejor vaya a comprarse algo de comer para todito el mes y por ahí se compra usted sus anforitas de reserva para que no ande saliendo. Se pone a ver las noticias en la tele que bien que le regaló el gobierno aunque usted no es pobre. Es usted nomás huevón, para que no ande diciendo sandeces. 

—Ahhhh, por eso trae usted tanta comida y tanto menjurje para limpiar. Y yo que pensé que tenía en su casa a puro pelón de hospicio. Pero qué bueno que me dice, ahorita voy con el Zeus por frijol, lentejas y habas con Doña Otilia. Ah, y, señora, con tanto muerto por eso que dice del chino y el murciélago, lave bien usted toda esa carne que lleva para sus chiquitines. No me crea mucho, quizá los murciélagos sean los peligrosos, pero yo siempre he sabido que el dicho dice que el diablo es puerco.

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