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El cuento en cuarentena | La oquedad

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento se encuentra incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual puedes hallar de manera gratuita en Palabrerías]

Por Valeria Rodríguez Mar

A través del intersticio podía observarse aquel botón verdoso, ralentizado, imbuido en su propio universo de savia, de troncos que destilaban musgos como líquenes y flores con forma de campanas, cuyos pistilos colgaban como péndulos mirando hacia la tierra árida.

Llegarían en cualquier momento, nos dijeron, como llega la brisa de primavera, el inesperado canto agudo de los teros o una ligera pluma que cae desde las alturas cuando arrecia el viento del norte. Mi padre se había encargado de colmar las alacenas con latas de sardinas, arvejas y corned beef; los paquetes de fideos y arroz se apilaban unos sobre otros en la despensa, también esperando lo inevitable, como nosotros, y los bidones de agua parecían un ejército mudo formado para comenzar la batalla que sería anunciada.

La advertencia había llegado hacía treinta días y unas horas. Mi madre se opuso en principio, pero pronto terminó convencida de que lo mejor era aceptar su destino, uno manejado a la perfección por su marido. Entonces, nos preparamos para lo inevitable; puertas y ventanas fueron tapiadas con bloques y cemento, reduciendo la casa a una gran penumbra donde los objetos perdieron identidad, como los integrantes de mi familia, quienes deambulaban de un lado a otro esperando alguna señal que los sacara de la reclusión. El vuelo circular de los pájaros o la visión de un charabón al borde del alambrado parecían decir algo, no podían imaginar que los augurios no se encontraban donde ponían su atención y simplemente no había pronóstico posible.

Un incendio en el campo vecino hizo que a lo lejos el paisaje se llenara de señales imprevistas, el canto de las sirenas llegaba de manera remota confundiéndose con el sonido de los arrayanes al mover sus ramas y el de la desembocadura del arroyo cercano.

El día y la noche se convirtieron en una cuestión de fe y el miedo fue tan intenso que mi hermana Ana comenzó con soliloquios; mi padre empezó a impacientarse con la actitud inmadura de su hija, pero no la hacía callar… no todavía.

Con maderas y hierro de objetos inservibles, escuchamos que había comenzado a construir: mudo, remachaba, clavaba y enderezaba las paredes de la materia en el cuarto del fondo, dispuesto en aquellos turbios días para usar como taller. Encerrado entre cuatro paredes, iluminado por las leves grietas en los ladrillos que obstruían la ventana, no sabíamos de qué se trataba aquello, pues él nos había dejado de hablar hace mucho tiempo. Cuando escuchamos la casa temblar, pensé que habían llegado, que por fin habían llegado.

Mi madre usaba las horas muertas para coser un acolchado que había empezado siendo de una plaza, pero con el transcurrir del tiempo se transformó en una interminable manta que parecía llevar eones sobrevolando nuestros pies. Intentaba, sin lograrlo, que mi hermana dejara de pronunciar palabras sin sentido, abrazarla y decirle que todo iba a mejorar y faltaba poco para que vinieran a avisarnos desde el pueblo que todo había finalizado; sin embargo, mi hermana ya no quería hablar ni comer, nos apagábamos sin que nadie lo anunciara: era como si los leviatanes hubieran llegado ya.

El acolchado de mi madre revelaba los días y horas transcurridos en cada fragmento floreado o rayado, salpicado de lunares o con alegres colibríes del pasado, resultaba en un solapado calendario que dejaba ver parte de nuestra vida fugitiva en cada hilvanada y en aquellos ojos ciegos que no se daban por vencidos. Dejamos de ver a nuestro padre por esos días, pero percibimos cómo se derrumbaba parte de la casa para que encajara el bulto de madera reforzado con acero que iba a salir como una chimenea escupiendo humo. Lo confirmábamos aliviadas, pues no queríamos que él estuviera allí con nosotras, haciéndonos sentir inútiles por los monólogos de mi hermana o por mi apatía absoluta.

Lo cierto es que ya nada podría sacarnos del mutismo en el que nos encontrábamos y, si se acercaba el fin del mundo, deseaba que fuera en ese instante, que nos desgarraran mandíbulas batientes y nos dejaran agonizando días para después devorarnos, qué más daba eso que ese presente sin esperanza, sin señales, rodeados de campo monótono y cruel que solo empeoraba las cosas día tras día.

Un día en que mi madre se había quedado dormida, sepultada bajo el acolchado de recortes, y mi hermana hablaba con una cucaracha que caminaba por el umbral de la puerta, me acerqué a la pieza de mi padre. En el momento en que me disponía a abrir la puerta, noté cómo uno de los bloques de cemento gris se había partido, dejó esparcir el granillo por el piso, y un rayo de luz luchaba por entrar dibujando haces en dirección al lugar donde me encontraba. Escuché a mi hermana murmurar entre los ronquidos suaves de mi madre y me acerqué a la mágica hendidura que daba al exterior desconocido. El monte había perdido su follaje amarronado y las ramas asomaban en medio de los troncos como espantapájaros caídos en desgracia, imaginé que el tajamar estaba seco y, aunque no se divisaba desde allí, supuse que el arroyo también. El canto de un chorlito sonó amplificado dentro de la casa. Metí la mano en el bloque y comencé a escarbar hacia afuera aprovechando que mi padre estaba encerrado. Al principio, despacio y sin prisas; luego, hiriéndome las manos cuando intentaba deshacer aquel obstáculo que me separaba del campo. Cuando el agujero se extendió, seguí con los otros bloques sin preocuparme por nada más. Lo haría sola, ya que nadie me prestaría atención. Un breve soplo de viento mucilaginoso llegó hasta mi rostro escuálido y reparó enseguida los recuerdos, antes convertidos en astillas quebradizas. Aquella estela pura que se coló por el agujero me inflamó de ganas y ya no me detuve hasta que el paisaje fue carne allí, a través la pared. Salí al campo como si el tiempo no hubiera transcurrido.

El olor nauseabundo entró por mis narinas como el aire fresco, en igual proporción y desencanto, provenía del gallinero; una comadreja se había dado cuenta de todo lo que quedó vivo e imperceptibles esqueletitos estaban estampados contra el lodo seco. El monte de ramas raquíticas ahora era una profusión verdosa que dominaba el horizonte. Escuché el sonido del arroyo a lo lejos, entrelazaba su canto con el de los teros. No había animales alrededor ni sonidos provenientes de ninguna parte. El cielo estaba más celeste que nunca.

Volví por el orificio, esta vez a buscar a Ana y a mamá, antes me detuve a observar la monstruosa forma que salía del techo de mi casa: los caños morados escapaban como brazos y el suplicante cuerpo de madera se alzaba hacia el cielo sugiriendo el movimiento brusco que había tenido lugar hacía algún tiempo o un instante.

Corrí hacia el agujero que había hecho y esta vez entré en la habitación que era el taller de mi padre, pero él no estaba: en su lugar habitaba una plataforma de madera hecha con cajones y puertas de los armarios, un mecanismo que se tensaba mediante cuerdas hasta quedar sujeto con un gancho. Las cuerdas y lonjas enrolladas con tornos para echar hacia atrás la carraca se dibujaban contra el cielo cubierto de nubes algodonadas.

Ana comenzó a musitar su cántico imparable y mamá cosía el acolchado perenne sin percatarse de que su esposo yacía a unos metros de la casa, agonizando por el duro golpe causado por su creación. Vamos a irnos, les dije en voz baja, porque cualquier cosa las sobresaltaba; como me lo esperaba, ellas dijeron que no, que jamás saldrían de allí. Intenté que mamá me mirara a los ojos para decirle que estaba todo bien y que era un día precioso, pero ella ya no veía más allá de sus retazos y agujas, más allá de aquella habitación espantosa que las había tragado a las dos hacía tiempo. Los ininteligibles susurros de mi hermana comenzaron a llenar las cuatro esquinas de la habitación rechazando todo rastro de cordura. No las haría ver la luz del sol, no hasta que ellas lo decidieran.

Encontré a mi padre junto al aljibe deteriorado: su cabeza había impactado contra el paredón gris y desde allí la catapulta sombría se mecía con el arrullo del viento, esperando hordas a atacar, ejércitos a vencer. Miré al hombre tendido en el pasto, ahora tenía hebras rojas que se esparcían formando un charco gelatinoso y fulgurante a la luz del sol. Una bandada de pájaros, de los cuales no recordaba el nombre, pasó sobre mi cabeza y la de mi padre, moteando el cielo de manchas negras y azules, un augurio de buenos tiempos o la llamada de la lluvia. El sonido del arroyo me llegó a través de los montes de frondosidad desconocida y el chiquero de cuerpos momificados, la cruel comadreja seguramente acechaba detrás de los muros de piedra sin nada que matar.

¿Los follajes siempre habían sido tan verdes? ¿El agua del tajamar tan límpida? El sol casi no me dejaba ver los pastizales por los que marchaba, crecieron y taparon toda la entrada de lo que había sido un camino rodeado de helechos y pensamientos coloridos como un arcoiris incipiente. ¿Y mis pasos habían sido así de abotagados, con ese movimiento monótono de poner un pie después del otro para avanzar?

Acaso los trinos no estaban ferozmente solapados por una campana de cristal que no dejaba escuchar y hacía que me detuviera en lugar de proseguir hacia el alambrado que se veía muy cerca. Levemente asentí al ver el camino de tierra que giraba a lo lejos y del cual se alzaba una gigantesca nube de tierra, una polvareda de esperanza: alguien iba o venía, quizá la espera no había sido en vano.

Escuché el incesable canturreo de mi hermana por última vez, que se abría paso entre las ramas de los árboles, caminando a través de los irregulares pespuntes que unían mis pasos con la carretera que me llevaría a la ciudad. Entonces los vi acechando entre los troncos retorcidos, dirigiendo sus pasos hacia la casa, hacia el cuerpo de mi padre; en ese momento una ligera bruma comenzó a cubrirlo todo y el cielo se escondió detrás del óvalo grisáceo. En el instante en el que me di cuenta de que habían llegado y era inútil correr, tomé una última bocanada de aire fresco y cerré los ojos.

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