El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | El ojo oscuro

Por Sebastián Lita Cruz

Ese callejón me traía recuerdos. Ya habían pasado unos cuantos años. Me acerqué a la ilusión de aquellos ayeres con pasos cortos, escuché en un bote de basura un gruñido gentil y ridículo. El desperdicio era movido por un hocico agrietado lleno de llagas. Sentí los pensamientos mezclarse con la realidad. Ahí estaba yo, buscando qué comer entre bolsas de plástico desechadas. Una ola de aire golpeó y despertó mi ser, moví la cabeza en desaprobación y seguí con la mirada al perro que salía de entre las sombras de los edificios. Con una pata lastimada y acercándose a tientas a la carne que traía en una bolsa, se quedó viendo fijamente a la tela adherida a mi cara. Hice lo mismo cuando noté que un hueco era parte de su rostro. Sentí que su naturaleza era la mía. 

Le aventé un pedazo de carne del lado donde solo había un hueco. Su nariz reaccionó al instante, pero su ojo le impedía saber dónde estaba. A tientas y torpemente llegó a su destino. No era más que un cachorro tonto. Lo vi desesperadamente devorar su alimento. Le vi mi sonrisa, mi ojo, mis heridas… me vi. 

El cachorro empezó a chillar, le había asestado un golpe, pero no dejó de comer. Mis manos temblaban y con media ilusión en los ojos, sentí cómo me retorcía aferrándome a la carne, pero esta vez no era yo, solo un recuerdo más. Lo escuché ladrar, pedirme más comida, decirme “padre”. Le tenté un nuevo trozo al hocico y antes de que lo pudiera tomar le metí un puntapié a la costilla, parecía rota, pero no se detuvo y se acercó de nuevo. Me sentí poderoso, tenía a mi merced a alguien… Él debió sentirse igual cuando me tuvo, pensé. Lo amenacé, pero no huyó. Estaba hipnotizado por el hambre y entonces cedí. Le acaricié la cabeza al mismo tiempo que sentía cómo engullía sin piedad. Me sobé el costado con la mano izquierda, como si doliera el recuerdo de ese puntapié. Lo besé en la frente con amor fraternal y dejé que acabara de comer. 

Lo llevé a casa. Vivía solo desde hace no mucho tiempo. Ahí, todo lo que no era pared ni techo, estaba compuesto de madera con ganas de pudrirse. Los muebles estaban mohecidos, la pequeña cocina tenía ratas inestables que con paciencia se habían adaptado a los pocos trastes. El techo era de lámina que crujía cuando un ave se paraba sobre ella.

Entramos y la puerta hizo un chirrido al que ya estaba acostumbrado, las sombras cubrían gran parte de la habitación. El perro se sintió intimidado, pero lo dejé libre de mis manos y huyó a la penumbra. Fui directo a mi regalo de cumpleaños, lo tomé. Encontré al perro y a la fuerza le puse el collar guango que adornó mi casa desde que estoy solo. Me alejé de él mientras iba a la cocina. Él, mientras tanto, corría contra la puerta y ladraba a todo pulmón.

Conseguí los ingredientes perfectos. Puse en una cacerola el agua, un poco de carne olvidada en mi cama, unas verduras y prendí el fuego con pedazos de piel que usaba como troncos. Regresé en lo que se preparaba todo. Lo vi, lo acorralé en una esquina de la casa y con un palo me pasé media hora picándole la costilla rota mientras veía como se retorcía y no paraba de llorar. Le acerqué un pedazo de una dona que estaba en la bolsa de mi pantalón. Me pasé los últimos minutos preguntándole: «¿De dónde vienes?»  Si no me contestaba le aventaba algún objeto que encontrara. Le grité “Yo no mantengo holgazanes”, mientras le golpeaba la costilla más fuerte con el palo. «¿Quién mierdas es tu madre?», le atiné a la cabeza con un golpe seco de mi puño. Antes de preguntarle otra cosa escuché el agua burbujear y fui de nuevo a la cocina mientras el perro trataba de huir nuevamente. 

Apagué todo. Una rata flotaba en el agua hirviendo, pero no despedía ningún mal olor. Tomé la cacerola con unos guantes y se la llevé al perro. Él tenía hambre y yo no podía dejar a mi hijo sin comer, no quiero que se muera. Al tener al frente el recipiente, el perro se lanzó contra la comida. De primera se quemó pero no le importó, sacó los huesos, la carne y dejó dentro el agua y las verduras. Insatisfecho con lo que había hecho el perro, esperé a que estuviera muy entrado en su alimento y con furia le lancé de una patada la cacerola con el agua hirviendo, esta le cayó solo en la cabeza. Empezó a chillar, a revolcarse, a azotarse de desesperación contra todo lo que pudo. Se llevó las patas a la cabeza sin poder hacer nada. No soportaba eso. Me miró con un «¿Por qué?», le sonreí. Le dije “Lo siento, hijo, fue un accidente”. Esa noche lo dejé encerrado en la habitación mientras yo dormía al lado de las ratas. 

Pasaron los días. El dinero que tenía para comprar la comida se agotaba. Los ojos de mi hijo se volvían más fríos, sus heridas estaban cerradas. Me era fiel a pesar de todo. Siempre salía conmigo y comía todo lo que yo le ofrecía, desde un buen pedazo de carne hasta un rata cocida a fuego lento. Se estaba convirtiendo en una bestia difícil de superar. Los meses y, claro, mis enseñanzas habían resultado a su favor. Los músculos que tenía eran parte de todo lo que habíamos vivido. En una ocasión, al patearlo, se lanzó a mi brazo con ganas de arrancármelo. Lo miré directamente a los ojos, le acaricié la cabeza, me sonrió entristecido, lo abracé… Era yo pidiendo cariño nuevamente. 

Las personas que en algún momento me molestaron por mi estatura sufrían miedo al verme pasar con mi bestia, mi hijo. Me sentí libre de gobernar a los seres más jóvenes que yo. Recorrimos las calles desoladas en esos tiempos. Los ojos detrás de las ventanas se desorbitaban, dos seres en potencia pasaban con un ojo en blanco y el otro en negro. Me había desecho de mi parche ya hace un tiempo, mientras que mi pequeño jamás lo necesitó.

Llegamos al parque donde se encontraban los niños. Todos huyeron despavoridos. Conté dos segundos, solté la correa con la que paseaba a mi hijo y lo dejé libre. Era un cazador, era hermoso ver sus increíbles músculos rebotar. Me senté en un columpio a esperarlo. No pasaron más de tres minutos cuando llegó con un niño a rastras, con el brazo herido. Lo mimé mientras el niño se orinaba. Le entregué algo de comida que llevaba en mis bolsas y mientras se la comía me dirigí al pequeño herido. “¿Ves esto?”, señalé a mi hijo. “Se le llama poder y ahora yo lo tengo. Serás mi seguidor de ahora en adelante”. Temblando, aceptó. Éramos un grupo de unos cinco al final de la semana. Al mes éramos todo un clan de veinte. El tiempo transcurrió y no parábamos de ser más fuertes, más grandes, mejores. A pesar de que era el rey de los niños el miedo no pudo con todo. 

El primer niño, apodado “el cerdo”, no había olvidado el daño que le hicimos, pero nos fue fiel por un tiempo. Todos eran mis pequeños animales, excepto mi hijo. Dejé de lastimarlo, ahora era más fuerte que yo. En las noches dormíamos juntos y la carne antes acumulada en la cama se había terminado. solo sobraba un cráneo y un par de huesos que tarde o temprano mi bestia se acabaría. Conseguí algo de dinero con los niños, pero no fue suficiente. 

Una tarde, “el cerdo” se apareció con un adulto. Todos salieron huyendo de nuevo. Mi bestia le rugió al hombre, pero este sacó una pistola y con un buen tiro me dejó un agujero en la pierna. Mi bestia se abalanzó contra él y, entre gruñidos y mordeduras, le arrancó unos cuantos dedos junto con la pistola. El hombre se fue lastimado. Mi bestia lo iba a perseguir, pero en cambio llegó a mí, me dejó montarlo y me ayudó a llegar a casa.

Aquel hogar estaba infestado de ratas que trataron siempre de gobernarlo. Pasaron los días, el dolor en mi pierna no se calmaba, la carne se acababa y mi hijo trataba de cazar las ratas, pero ahora era demasiado grande para caber dónde ellas se metían. El hambre lo enfurecía. Yo trataba de curarme, sin embargo mi pierna se había vuelto negra. Era inservible ahora.

Dormía muchas horas con calentura. Mi único ojo se despertó un día, sentí cómo una rata vagaba por mis pantalones. Mi hijo trató de comerla de un bocado y, en vez de atraparla, mordió mi pierna putrefacta. Empezó a lamer, como si pensara que me había hecho daño, le sonreí. Entonces siguió lamiendo, hasta que mordió nuevamente. No pude evitar gritar y me vi de nuevo en él… Le gustó mi grito, mi dolor, así que volvió a morder. Empezó a devorarme. Mi mente decía: “Diablos, eres lo único que tengo”. Entonces levanté mi brazo lo más lejos que pude, le acaricié la cabeza y le dije: “Muy bien, hijo mío. Has crecido”.

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