Antología

El cuento en cuarentena | Lilith inversa

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Ariel Cambronero

El día que una mujer pueda no amar
con su debilidad sino con su fuerza,
no escapar de sí misma sino encontrarse,
no humillarse sino afirmarse,
ese día el amor será para ella,
como para el hombre,
fuente de vida y no un peligro mortal.
SIMONE DE BEAUVOIR

Lilith, crucificada de forma invertida, agonizaba dentro de un cuarto oscuro colonizado por telarañas. No había ni una sola ventana, solo una puerta que repicaba como una campanilla. Un murmullo casi imperceptible tocaba desde el otro lado, todos lo ignoraban. Alrededor de la mujer, un grupo de niños agarrados de la mano la contemplaba jadeando y babeando hasta humedecer los calzoncillos. Fuera del círculo, amarrada con cordones umbilicales a un dildo de metal incrustado en la tierra, una pequeña temblaba como una rata en una trampa de goma, divisando la escena entre sollozos, se llamaba María; nadie le prestaba atención. Los varones se enfocaban en las inscripciones zanjadas en el vientre de Lilith: «Lilith Gehennae Regina Succuborum», las letras aún sangraban. Relamiéndose los labios, los infantes se soltaron de la mano y se desnudaron, excepto uno: trémulo y aferrado a su ropa, veía con insistencia hacia todas partes; los demás, extrañados, clavaron su vista en él.

—¿Por qué no te desnudas? —dijo un pequeñín con voz tranquila.

—¿Acaso no quieres jugar con ella? —prosiguió otro casi rebudiando.

—No es eso… yo solo…

—Esperen —lo interrumpió un tercero—, si recordamos bien, tú —lo apuntó con el índice de manera arrogante— nunca te has desnudado. De hecho —se apresuró a añadir al advertir que su interlocutor se disponía a defenderse—, desde que te uniste a nuestro grupo, te has limitado a mirar, crucificar y torturar a las mujeres con las que hemos jugado, pero nunca te hemos visto comer del cuerpo de una. ¡Ni siquiera hemos visto tu pene! No será que… —los ojos se le estremecieron—. ¡Sujétenlo!

Como una manada de rottweilers, se abalanzaron sobre el sospechoso.

—¡Desnúdenlo!

A pesar de haber forcejeado y pataleado para zafarse de las manos de sus compañeros, lo inmovilizaron a punta de puñetazos que le devoraron el aire en segundos. Lo desvistieron y, al unísono, todos gritaron en mudo:

—U… u… una… ¡una niña!

—Sí… sí soy una niña —tragó un poco de saliva con dificultad—. Mi nombre es Eva, pero no es lo que parece… Yo solo deseaba seguir viviendo… —se echó a llorar.

Vociferaron como bestias rabiosas al comprender que todo este tiempo habían sido burlados: una niña disfrazada de niño para poder sobrevivir a ellos; se sentían como una bola de idiotas. En sus cabezas retorcidas, solo existía un modo de recuperar el honor. Gritando como gorilas, la agarraron de las extremidades y la arrastraron por todo el recinto, le restregron la cara contra la tierra con tal ahínco que no tardaron mucho en quebrarle la nariz y hundirle los dientes en las encías hasta desaparecérselos. Conforme los alaridos y los forcejeos de la pequeña aumentaban, más fuerte le enterraban la faz y más telarañas cubrían el cuarto.

Cansados de ese juego, defecaron en su boca por turnos mientras el resto le rompía las costillas a patadas y le reventaba los tímpanos a punta de carcajeos e insultos. Convulsionando como una epiléptica y llorando a borbotones con los ojos a punto de desorbitarse, la pobre Eva luchaba por no atragantarse con la mierda ni la hediondez que le oxidaba el olfato. A pesar del calor cremoso que le pudría las papilas gustativas, engulló las heces: «Si no me resisto, quizá me… quizá me… me dejen con vida. O… o al menos… al menos me dejen en paz pronto…», pensó.

Varios golpes se estrellaron contra la puerta. María dio un brinco, con el corazón a punto de atravesarle la garganta, se giró: la puerta se sacudía con desesperación. Tras tragar un poco de saliva, se dirigió a los monstruos y les gritó con voz temblorosa:

—¡Déjenla… déjenla en paz…!

La manada de idiotas se volteó hacia ella y se desternilló de la risa; como si nada hubiera sucedido, continuó la masacre. Todos vitoreaban y se carcajeaban al contemplar a Eva con la boca repleta de mierda y el rostro embadurnado de mocos, tierra, sangre y lágrimas. Sus penes estaban erectos y duros como una lanza. Como de costumbre, se tiraron sobre el cuerpo de su víctima y le arrancaron la carne a mordiscos: la viva imagen de una jauría de hienas sobre un antílope con las patas rotas. Uno de los engendros, al mismo tiempo que se masturbaba contemplando la mirada de horror de Eva, se agachó con devoción y se apresuró a empaparse los dedos con la sangre que brotaba de las heridas: dibujó una cruz invertida en su frente y en la de cada uno de sus compañeros; al terminar, cayó de rodillas, gimiendo como un cerdo con las pezuñas chorreantes de semen, encogiéndose poco a poco hasta acabar en posición fetal, jadeando, con la vista pegada a la vulva de la pequeña.

—¡Déjenla… déjenla en paz, por favor…! —insistió María con la voz entrecortada.

—Si quieres detenernos, ¡hazlo! —espetó uno de los niños—. Solo recuerda que acabarás como ella o como esa otra —señaló con el pene a Lilith.

Con los pulmones a punto de explotarle, María se encogió de hombros y apretó los dientes lo más que pudo, fue inútil: sus ojos no pudieron contener el llanto. Ver a su congénere ser mancillada por la multitud de niños la hacía encorvarse aún más. Sin importar cuánto batallaba por gritar otra vez, no podía: sus gritos morían antes de ser emitidos, al igual que los baladros de Eva se ahogaban en el excremento antes de ser escuchados. Miró sus ataduras. Se mordió el labio hasta saborear su propia sangre y soltó un alarido mudo. Bajó la cabeza. «Son muchos… ¿De qué me serviría liberarme si sola no puedo contra ellos? Me matarían como a las otras…», balbuceó. La puerta retumbaba cada vez más, pero ella ya no lo notaba. «Pero… pero si no hago algo… —suspiró—. No. No, no, no. Solo adelantaría mi muerte… ¡Maldición!».

Los monstruos amputaron los dedos de los pies de Eva y la forzaron a tragárselos. La pobre no consiguió aguantar más: sus súplicas cubrieron con más telarañas las paredes de la habitación y su vómito luchó por huir lo más rápido posible de ese infierno. Uno de los pequeñines se relamía los labios con vehemencia al ver los glóbulos oculares de la chiquilla moverse de un lado a otro sin cesar, como dos colibríes desesperados por abandonar su jaula. Con sus propios deditos, liberó a los pajarillos: uno quedó colgando como el péndulo de un reloj y el otro fue desprendido de raíz. Entre risillas, masturbó a uno de sus amiguitos y bañó el ojo con el semen; lo observó con detenimiento: la pupila se contraía y expandía tan rápido como los giros de las hélices de un helicóptero, como si le ardiera aún el apocalipsis que le obligaron a presenciar. Se lo echó a la boca, la lengua se le crispó con el amargor del semen, arrugó la cara y se apuró a masticar el ojo hasta triturarlo entre sus muelas; después de tragar, bebió de una de las heridas en el costado derecho de Eva hasta calmar su paladar.

María permanecía petrificada, resoplando como una desequilibrada mental, mirando, con los ojos como platos y la boca abierta de par en par, a la pobre Eva. Había advertido que el rostro de la víctima ahora era el suyo. María hundió las uñas en la tierra al percatarse de que el glóbulo ocular, que todavía colgaba de la cuenca de la chica, se giraba hacia ella lentamente. De pronto, uno de los niños lo arrancó y lo tiró lejos para poder usar esa cuenca como vagina al mismo tiempo que hurgaba en el interior de la otra con sus deditos. El ojo cayó frente a María, quien de inmediato baladró como una esquizofrénica al verse crucificada de forma invertida en la pupila de Eva. Dirigió su vista hacia Lilith, la mujer levantó los párpados y le dijo moviendo los labios: «¡Libérame, libérate!». En ese momento, la puerta tembló con mucha más violencia.

Impulsada por un embate de adrenalina, engulló los cordones umbilicales que la ataban al dildo de metal, la podredumbre agria y la textura rugosa y babosa la obligaron a detenerse y vomitar los intestinos; tras jadear durante unos minutos, se limpió la boca con el dorso de la mano, escupió el ácido que le corroía el paladar y reanudó su tarea. Conforme sus dientes avanzaban, el hedor y la viscosidad le desfiguraban el rostro entre muecas y lágrimas. La puerta retumbaba más y más, como si una manada de rinocerontes la embistiera desde el otro lado. Con la respiración exaltada, María cogió el consolador de la tierra y tiró de él, al primer intento, se fue de espalda con el falo entre las manos, se le quedó mirando con rostro de signo de pregunta; normal que reaccionara así: desde el inicio le enseñaron que no podía liberarse de ese pene. ¡Pero qué gran falacia! Tras entrar en razón, arrojó lejos el objeto y se levantó a toda prisa.

—¡Déjenla en paz ahora mismo! —gritó lo más alto que pudo.

Los monstruos se quedaron pasmados al verla libre, pero esa impresión solo duró unos segundos. Gruñendo como jabalíes rabiosos, se abalanzaron hacia ella con el pene y los puños listos para masacrarla. Ella contuvo los deseos de rendirse, con el corazón embalado, respiró profundo y se preparó para luchar. En ese instante, un enorme estruendo paralizó a la turba de mocosos: la puerta se había derrumbado, un sinfín de personas armadas invadió el cuarto, aguardaban con ansia entrar desde hacía muchísimo tiempo. Aniquilaron la plaga de infantes. Decapitaron sus cabezas, mutilaron sus extremidades, vaciaron sus estómagos a punta de estocadas, quemaron sus órganos y desaparecieron sus cenizas en la oscuridad. María, perpleja, cayó de rodillas.

Los rayos del sol se inmiscuyeron por primera vez en la habitación e iluminaron a la crucificada, los clavos y la cruz se desintegraron y se perdieron en el aire. Lilith se convirtió en una bandada de quetzales que escapó a través de la luz. Vacilante, María se giró hacia la salida. Al fin podía escapar de ahí, lo que siempre soñó. Afanosa, se levantó y corrió hacia el umbral. Justo antes de salir, se dispuso a mirar atrás, pero se retractó de inmediato. Al atravesar el portal, se transfiguró en una réplica de Lilith, solo que había una pequeña diferencia: ya no estaba invertida. Desde ese momento la vida fue para ella, como para el resto, fuente de libertad y no una sentencia de muerte.

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