El cuento en cuarentena

Crónica | Velocípedo anquilosado

Por Juan Carlos de León

El ciclismo es un humanismo que abre
 con renacidos bríos las puertas de la utopía
y de un futuro más esperanzador.

Marc Augé, Elogio de la bicicleta

Todas las tardes, invariablemente, salía de casa a rodar en bicicleta por las calles. Lo hacía solo o con amigos del colectivo de bookcrossing rodante que fundamos. En ocasiones andaba sin rumbo específico, trazaba mi ruta personal, un camino en solitario que disipaba el caos y la densidad pastosa de la ciudad, pedaleaba feliz y libremente entre avenidas atestadas de automovilistas cegados por la inconsciencia, de locos estresados al volante. Pese a eso recorría las geografías sobre la bici, sorteando coches y autobuses con cadencia y sigilo, como un pez de aluminio en el asfalto, sintiendo el viento estrellarse en mi rostro bajo un estado puro de gozo liberador, liberador de estrés, liberador de la rutina brumosa. Al menos así era hasta que la pandemia interrumpió esa cadencia, el ritmo y el curso de mis travesías en una pausa intempestiva del trayecto, el freno virulento que llama a un estado de confinamiento individual, a resguardarse en casa por salud, a modificar radicalmente nuestros hábitos, en mi caso, el hábito de la movilidad sobre mi bicicleta, que hoy está aparcada como una sombra. 

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El confinamiento es una partida de baraja con distintas posibilidades de arrastrar el juego, puedes lograr un contundente triunfo o puedes arruinarte solo con tus propias decisiones. Una de ellas es la oportunidad de reflexionar sobre nuestra humanidad, sobre nuestros comportamientos y personalidades. Si hay algo me caracteriza no es precisamente la felicidad, es decir, soy un sujeto encantado y apasionado por distintas aficiones que se ajustan más al placer, al hedonismo y a la autodestrucción a veces, pero no a la felicidad; sin embargo, la bicicleta ha sido la afición que más me convida a dicho estado, la familia es otro cantar, pero, en mi más íntima comunidad la bicicleta encarna una bella utopía, una promesa de felicidad. 

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El escritor Miguel Delibes contó alguna vez sobre su andar en bicicleta, lo que le supuso descubrir que había conquistado una nueva libertad acompañada de una buena dosis de responsabilidad y miedo.

Por su parte, el músico y cronista David Byrne, ese artista británico multifacético y rodante, considera que elegir entre andar en automóvil por las calles y utilizar la bicicleta es una declaración antiestatus que amenaza un sistema de valores aspiracionales, una elección racional que influye en nuestra propia libertad. Por otro lado, la melancólica anécdota del escritor español Bernardo Atxaga relata el fin de su infancia conforme uno de sus amigos emprende una aventura en bicicleta y él debe emprender la misma a pesar de lo desconocido. 

También hay un relato maravilloso de Erik Brouwer en el que narra el amor de Hemingway por la bicicleta, este inicia así: “En 1954, dos años después de la publicación de su obra El viejo y el mar, Ernest Hemingway fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Alcanzó dimensiones míticas como literato, mujeriego, adicto a los juegos de azar, cazador, torero, pescador, alcohólico, boxeador y reportero fascinado por la guerra. Sin embargo, en lo más hondo de su ser era ciclista. Su amor por la bicicleta no tenía límites. Enfundado en ella, Hemingway montaba en su bicicleta de carreras y recorría los bulevares de París con las rodillas rozándole las orejas y la barbilla inclinada sobre el manillar”. Dos Passos escribiría sobre esto en sus memorias: se me antojaba un tanto extraño que precisamente Ernest se dedicase a algo con semejante entrega.

Me quedo con lo que escribe Marc Augé: «en su humildad, la bicicleta nos enseña, ante todo, a estar en armonía con el tiempo y el espacio. Nos hace redescubrir el principio de realidad en un mundo invadido por la ficción y las imágenes. El ciclismo es un humanismo que abre con renacidos bríos las puertas de la utopía y de un futuro más esperanzador: el símbolo de un futuro ecológico para la ciudad del mañana y de un proyecto urbano que tal vez podría reconciliar a la sociedad consigo misma».

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Estas semanas de cuarentena me han provocado reflexionar sobre la noción del tiempo y su elasticidad, también sobre la sinergia hombre-bicicleta, quietud y desplazamiento a campo abierto, libertad y confinamiento. Escribo desde la mesa del comedor de mi departamento que pocas veces uso para lo que fue diseñada, en cambio la ocupo para apilar libros, revistas, plantas y a veces se me olvida recoger platos con restos de comida. Regularmente me siento en el sofá de mi pequeña sala y pongo los alimentos en la mesita de centro para degustarlos frente al televisor. Digo que escribo desde la mesa del comedor: frente a mí se encuentra aparcada mi bicicleta, me parece observarla como una escultura que homenajea al tiempo detenido (o el tiempo se detiene en ella radicalmente), una imagen que me resulta ajena e inimaginable como una porción de desierto dentro de mi propia casa. 

Mantengo la mirada restringida por estas cuatro paredes y por esta fantasmagórica inquietud: vuelvo a mirar la bicicleta allí en su sitio estacionada, miro su diseño ya cargado en años, es ligera. Me hace recordar la última vez que rodé en grupo hasta sumarnos a una manifestación contra las muertes de ciclistas y sobre la falta de aplicación del reglamento de tránsito; pensar en eso me provoca una especie de ansiedad que no rebasa el límite pero me alerta, no padezco los síntomas de la ansiedad de manera crónica; sin embargo, en estos días ha llegado a manifestarse, por eso escribo. 

La ansiedad es una paradoja terrible: observar mi bicicleta aparcada y este delirante encierro debido a la pandemia. Este encierro se asemeja a un examen de una materia escolar infumable, de las que no apasionan, de esas que ofrecen posibilidades excelentes para triunfar en la vida pero que no poseen un gramo de espíritu. 

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Este confinamiento en casa me hace reconocer que no he puesto atención a los detalles nimios de mi cotidianidad: la casa en realidad no existe, la casa es una invención porque me encuentro abstraído, sumergido en los mecanismos sociales creados por los vecinos del edificio, por mi familia y por los asuntos laborales, también por la religión, el miedo y las culpas. 

Estar confinado en casa es reconocer que hay una fuga de agua del lavatrastos que comienza a manar un tufo pestilente, que cada cierto tiempo el sonido de los aviones me resulta exasperante, que durante mi existencia en ese espacio se ha confinado también un batallón de hormigas que acarrean desechos podridos de comida a su guarida, situación de la que no me percaté.  Estar confinado es entender que toda materia tiene una obsolescencia incluso yo mismo. Pero la casa es también refugio ante las tempestades, es vientre caudaloso y palomar y mundo entero, un misterioso círculo de abismos, un laberinto anacrónico que posee siempre la imagen de nosotros mismos; sin embargo, quien tiene la posibilidad de contar con una casa es bendecido, dicen, y dicen quédate en casa, permanece en ella, ella es la trinchera contra este trance inédito. 

Volteo nuevamente a ver mi bicicleta, muda de sentido, estática en el silencio dando paso al trinar de los pájaros, seres excluidos del confinamiento que van recuperando sus espacios naturales. El confinamiento me hace replantear la terrible posibilidad de convivir conmigo mismo durante la violencia de los días.  

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Camino de madrugada como autómata hacia la mesa del comedor donde está la computadora y un montón de libros y cables y plantas a punto de morir, campo de batalla del oficinista moderno, home office, una absurda contención del capitalismo y un abrazo al cuerpo indigno de la supervivencia; porque afuera deambula un agente patógeno incontrolable que carcome los sistemas respiratorios de la gente, los pulmones, las ideas, una especie de rumor intransigente que abofetea las conciencias y que reajusta los comportamientos arraigados parecidos a un guión de película dramática. 

El café hierve en la cocina, por cierto, qué bueno, y el aroma contrarresta la vulgaridad de mi escena laboral impuesta. Prendo la televisión y encuentro mierda, colchones y sartenes, repeticiones de noticiarios amarillistas, deportistas envejecidos, pienso que bien podría mirar una serie de crímenes o una película, pero me distraería de los asuntos de la oficina implantada. Desisto y me sirvo café.

Me decido a poner algo de música, Primal Scream se deja escuchar, luego una serie de rolas de Underworld y unas piezas de Miles Davis me acompañan en el paso del tiempo laboral y fungen como exorcismo de la insufrible madrugada entre oficios, cuentas y memorándums, bien se parece a la mano de Dios sobre la frente. Sobre el buró de mi habitación, Catedral de Raymond Carver me espera a un lado de la cama para continuar leyendo el cuento de ese pastelero regordete, relato inmenso, redondo y trágico y que además me gusta mucho. 

Antes de darme una ducha, miro la bicicleta otra vez, sacrificada por mi propio confinamiento y mis labores domésticas y godinezcas; parece estancada en el óxido de un mar de pasividad enferma. Vuelvo a replantearme el tema de la noción del tiempo, ese concepto que va convirtiéndose en la apuesta de resistencia sobre esta inédita cotidianidad de mi persona, espejo frente al mismo espejo, efecto ilusorio del confinamiento y mosquitos que sobrevuelan los trastes sucios.

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Rodar en bicicleta, pienso, mientras camino de un lado a otro en el departamento como tigre enjaulado, mientras me comunico virtualmente con decenas de personas solitarias, mientras me asomo por la ventana y olisqueo con cierto resquemor los rumores de la tarde. ¿Cómo no disfrutar rodar en bicicleta mientras el mapa de la trayectoria trazada sobre el asfalto crea una especie de código que desvela una imagen informe por el circuito recorrido?, cuánta necesidad de nuestros pulmones y de nuestras piernas, de nuestra visión periférica. 

Una respiración tras otra, tras otra, tras otra, pedalear es la plusvalía de la respiración hasta los cielos en esta etapa pulmonar, en esta etapa pandémica de la que los únicos que la libran son los peces. En cada pedaleo sobre la bicicleta hay un pensamiento liberado: anhelo y libertad, libertad en espacios públicos, pugnas en favor de los derechos y justicia para quienes vemos el caos cotidiano desde otra perspectiva. Hoy es el reflejo invertido del espejo, si antes de la pandemia sorteábamos los autos y éramos jueces del tiempo detenido en avenidas congestionadas, hoy nos detenemos parcialmente entre el agente patógeno que corresponde a una amenaza para nuestra propia existencia, pausa y reflexión; allí está mi bicicleta mirando hacia abajo con desgano, asimilando su condición de objeto decorativo, qué tristeza… un día más y cuántos faltan: extremidades entumidas, anhelos sobrepuestos, distracción y supervivencia. 

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La pandemia arrebata la vida, se lleva consigo a nuestros semejantes. Durante el periodo de aislamiento he tenido la oportunidad de reflexionar, de replantear la idea de mi propia existencia, la de mis allegados, pero en particular la mía, y creo que hay una oportunidad de llevar esta partida de baraja al triunfo. La pandemia nos enseña la fenomenología de la vida marcada por un tiempo que transcurre desde que nace hasta que se muere, sin duda mi bicicleta y yo lo sabemos.  Pese a las crisis particulares que uno arrastre, pese a la vulgaridad de nuestros actos o a lo bondadosos que puedan llegar a ser, es preciso asumir directamente la responsabilidad de nuestras acciones. La pandemia dejará estragos en la salud, arrasará con la vida, pero sobre todo tendrá un peso inevitable en el comportamiento humano. Nos pondrá a prueba y nos confrontará con nosotros mismos, ¿cómo lidiar con eso?, ¿cómo lidiar con la parte que pocas veces lidiamos porque buscamos distintas maneras de alejarnos de lo que somos?

Todo lo que se nos ha impuesto para salir ilesos, para afianzar la sobrevivencia, consiguió anular las fronteras. Habrá que entender que las fronteras no van a ser superadas exclusivamente bajo criterios políticos, económicos o geográficos, sino que deberán construirse con acuerdos sólidos de manera global que busquen establecer un equilibrio con el medio ambiente a través del arte, la literatura y la ciencia, además de la movilidad sustentable con la bicicleta, actividades de beligerante libertad desde tiempos inmemoriales.

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No puedo negar que este confinamiento se ha vuelto para mí una experiencia desgastante donde proliferan las muy personales y hasta absurdas exigencias, los muy desalmados arrebatos de frustración y de locura. Veo allí mi bicicleta en estado puro, es una extensión de mi personalidad y está en receso por ahora, no sé por cuánto tiempo más. La bicicleta forma parte de la historia de cada uno de nosotros, gracias a ella hemos conocido nuestras capacidades físicas, mentales y hemos experimentado la libertad a la que está indisolublemente ligada. ¿De qué manera observo a mi bicicleta estacionada? Como un alma dormida, como un Rocinante sedado entre la fuerza del silencio, esperando despertar bienaventurada y guerrera para sortear avenidas nuevamente. 

Sé que me ha dicho demasiadas cosas hasta ahora, sé también que el velocípedo anquilosado cobrará vida en un futuro que deseo sea cercano y que rodará junto con otros más de su espacie, si la fortuna nos favorece. Por ahora me mantengo confinado, resistiendo, a la espera de salir a la calle y rodar como antes todas las tardes, con el viento estrellándose en mi rostro bajo un estado de gozo liberador. Una bella utopía, una promesa de felicidad.

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