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El cuento en cuarentena | ¿Estás aquí?

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento se encuentra incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual puedes hallar de manera gratuita en Palabrerías]

Por Sofía Buitrón Acevedo

Hay algo intrínsecamente absurdo
en lo de coger a personas que están
pasando por el peor momento de sus vidas
y meterlas a todas juntas en el mismo edificio.

Dr. MARK SALTER

04 de septiembre de 2003

¿Estás aquí?, me hacía esa pregunta que siempre odié.

Todas las personas quieren finales felices, el problema es que no saben lo que quieren; yo no lo supe por mucho tiempo, aún no lo sé. Incluso estando en esta sala blanca con la que había soñado toda la vida, no sé si realmente es lo que quiero.

—¿Doctora Eugenia? —la enfermera me habla. Me imagino las cosas que debe estar pensando, eso y que soy muy joven para un internado en psiquiatría. ¿Será eso? ¿Debería importarme? Ahora que recuerdo, le dije a mi mamá que el último cheque no tenía fondos. ¿Habré dejado las llaves de mi cuarto en esta bata? ¿O en otra?

—¿Doctora Fabre? —vuelvo a la realidad. Frente a mí la señora gorda y pálida me mira desconcertada. Aquí las enfermeras no son muy amables; en México sí, extraño eso… extraño muchas cosas de mi país.

—Sí. Lo siento. Que pase —respondí, mordiendo mis uñas. Hace años había dejado de morderlas, pero desde que me mudé a Londres me he sentido más ansiosa que nunca.

—Oiga, entonces, ¿puedo fumar aquí? Por favor, llevo meses sin encender un cigarrillo —el chico se movía intranquilo mientras los enfermeros trataban de controlarlo. Estaba totalmente rapado, tenía dientes astillados y el color de su piel podía confundirse casi con un verde pálido. Esa es otra cosa que me desespera de Londres: nadie conoce el sol o el color dorado en la piel, son como vampiros. Entonces se me escapa una risa al tiempo que saco mi tableta donde está el expediente de este paciente: Laslop D Carlo, 27 años, acusado de homicidio, con solo su madre como su familia cercana, soltero, paga impuestos, sin vivienda propia, etc.

—Buenas tardes, Laslop —sonreí.

—¿Te parezco gracioso? —el chico rasguñaba nervioso la palma de su mano llena de costras.

—Me pareces inteligente —me estaba poniendo bastante nerviosa, aunque nos separaba un vidrio casi imposible de romper, me sentía muy insegura mirando esos ojos verdes.

—Soy inteligente —se rascó tan fuerte esta vez que arrancó una de las costras que tenía.

—Laslop. El famoso asesino de Hackney, famoso porque aún no se dictamina tu sentencia. Tú aseguras sufrir de trastorno bipolar.

—Así es, cariño. Todo va a depender de cómo me diagnostiques; francamente, estoy dejando en tus manos que me den pena de muerte o no: el juez no le hará caso a nadie más que a ti.

—¿Disculpa? —pregunté confundida, no le estaba prestando atención. Estaba pensando en lo maltratado que estaba mi cabello, en la manera en como me reflejaba, lo que veía…

—Le decía… doctora Eugenia, que mi vida está en sus manos —el chico me miró entrecerrando los ojos.

—Sí —afirmé mientras escribía en mi libreta, esa típica libreta que tienen los loqueros como yo; el secreto es que algunos no apuntamos nada, otros anotamos la lista de compras mientras el paciente balbucea cosas que ya sabemos.

—¿Doctora? —preguntó.

—Sí. Aquí dice que es originario de Londres —mis manos comenzaban a moverse solas y únicamente rayaban sin orden la libreta.

—¿Usted es latina?

—Soy mexicana —afirmé.

—Qué delicioso ser mexicano. Me han dicho que son especiales.
Sonreí. Pensé en lo lejos que estaba de mi hogar. Uno. Dos. Tres. Quiero salir de aquí. Cuatro. ¡Casi olvido al paciente!

—Sí. Continuemos.

El resto de la sesión fue divertida. Me contó acerca de su familia, lo que sentía, hasta el final tocamos el tema de las víctimas: parecía estar orgulloso de lo que había dicho, hasta me cayó bien. Era tan vivaz. Ahora entiendo cómo había convencido a los demás de que estaba enfermo, porque, por lo que había visto, si tuviera que dar un diagnóstico… todavía no sabría.

Llegué a mi casa, hice mi rutina diaria de contar números hasta donde quería, tomé mis pastillas y me sentí mejor; ahora sí podía trabajar: quería concentrarme en él, en ese caso que era mi boleto a mi especialidad, pero mi concentración no duró mucho pues sonó el teléfono.

—¿Hola? —dije fastidiada.

—¡Hola! ¡Cielo! ¿Cómo te va con el nuevo caso que te dieron?, debe ser emocionante. ¿Sabes?, gracias por llamarnos una vez por semana como acordamos, me da mucho gusto saber de ti. Hablo con sarcasmo, querida, no sé nada de ti desde hace por lo menos un mes —esa irritante voz.

—Mamá, estoy muy ocupada en el hospital.

—Lo sé, cariño, solo quería preguntar qué tan bien iban las cosas.
Abrí la libreta que había usado para la sesión y, como siempre, solamente tenía un montón de rayones.

—Estoy bien —contesté, pero de pronto olvidé con quién hablaba y comencé a pensar en las preguntas que le haría a Laslop mañana.

—Cielo, ¿cómo va tu problema de «distracción»? ¿Ya tomaste tu medicamento?

—Estoy bien. Debo colgar. Te amo —de nuevo el desinterés.
Esa noche me acosté en la cama todavía inquieta. La dosis que estaba tomando ya no me servía de mucho, necesitaba algo más fuerte. Tengo el sueño tan ligero que puedo despertar con solo pensar en ese paciente mío. Estoy emocionada de tener su vida en mis manos. Espero no equivocarme al respecto con nada.

12 de septiembre de 2003

La alarma del reloj hizo que despertara de golpe.

—¿Se quedó dormida de nuevo, señorita México? —el chico sonrió divertido y yo le devolví la sonrisa.

—Qué tenaz —expresé, sacando mis materiales.

—Doctora, no nos hagamos idiotas, usted y yo sabemos que no escribe nada en esa libreta, nada más hace rayones porque se siente ansiosa de que un muchacho como yo la observe. Mi teoría es que la intimido —esta vez él no jugueteaba con sus manos.

—Me intimidas tanto.

—¿Ahora somos amigos, Doc.? —preguntó con entusiasmo.

—Eugenia. Llámame por mi nombre —en ese momento tuve una idea brillante. Recargué mi mano en el cristal que nos separaba, la palma extendida; al oficial que estaba vigilando le pareció extraño, pero ese día estaba concentrada e iba a hacer mi trabajo, ese día me sentía tan centrada en la psiquiatría que olvidé todo lo demás. El aumento de la dosis funcionó, yo estaba al cien. Laslop levantó sus manos casi unidas completamente por la cadena que lo aprisionaba y las recargó en el cristal. Me miró con esos increíbles ojos. Procuré mirarlo emocionada, feliz—. Somos amigos.

El resto de ese día fue divertido también. Conocer la vida universitaria de él me recordaba a la mía; me hacía feliz, es cierto.

—¡Hola! ¡Eugenia! ¿Puedo saber cómo va el caso del asesino de Hackney? —Evan Jule, es el psiquiatra encargado de mi caso, desde hace… mucho tiempo. Yo lo amaba como si fuera un padre; bueno, eso es lo que yo me hacía creer. Ciertamente no amo a nadie tanto como a mí.

—Va bien, señor. Si todo sigue como hasta ahora, el jurado tendrá pronto mi diagnóstico.

Caminar en los pasillos de este hospital me traía recuerdos de infancia, me ponía ansiosa. De nuevo estaba pasando, miré mi reloj: ya iba horas tarde para mi segunda dosis del día y me comenzaba a sentir perdida.

—Me alegro. La vida o la muerte de ese hombre dependen de ti.

Evan se veía cansado, terriblemente cansado: esa barba blanca y esos ojos tristes no le hacían favor a nadie.

—Lo sé.

Ahora que lo pienso, Evan siempre fue muy amable conmigo, después de todo me conoce desde que soy una niña. Mis manos tiemblan. Quiero subir a las paredes y gritar.

—Bueno…

—¡Doctor, le agradezco su interés, ahora estoy muy ocupada, lo siento, tengo que irme, muchas gracias, lo amo, usted sabe que es mi héroe, gracias, gracias, gracias! —dije con rapidez. Mi mente estaba comenzando a nublarse. Caminé tan rápido como pude. No podía pensar correctamente, estaba aterrada. Sentí un impacto en mi hombro.

—¿Señorita México? ¿Todo bien? —el chico me miró y me quiso tocar, pero el enfermero que iba con él estaba más preocupado por mi rostro y por que nada me hiciera daño—. ¿Qué tienes?

Mi vista cada vez estaba más nublada, todo me daba vueltas. Recordé mis terapias pasadas y trataba de contar del número 100 hacia atrás, pero nada hacía que me concentrara, así que tiré todos los papeles que sostenía.

—¡Código azul! ¡La Doctora Eugenia está sufriendo…

—¡No! —le grité al enfermero, temblando.

—Doctora, míreme. ¿Qué es lo que necesita? —dijo Laslop. Su rostro tenía preocupación, falsa tal vez, pero eso no me molestaba. Mis rodillas no aguantaron más mi peso y caí al suelo. Casi no podía respirar.

—¡Código azul!

Al caer en el suelo el frasco de metilfenidato que tenía en mi bolsillo se abrió, regando las píldoras blancas. Laslop se precipitó al suelo hincándose junto a mí. El enfermero se asustó tanto que se quedó inmóvil. Viva los reflejos de los Londinenses.

—Necesita su medicina —me gritó mi paciente, tomando las píldoras con desesperación. Podía ver a lo lejos que las enfermeras y los médicos corrían hacia mí con una camilla. Parpadeaba cada vez más rápido, había lapsos donde solo veía color negro. Quizá mi mamá había tenido razón: este trabajo no era para mí. Quizá necesitaba algo más tranquilo, siempre había necesitado eso; ahora sería en vano: me quitarían el caso, me despedirían. Todos aquí son estúpidos y van a creer que soy débil. ¿Y si de verdad lo soy?

Mis pensamientos no duraron ni un segundo cuando sentí mi boca amarga. Uno. Dos. Tres. Era él. El asesino me acaba de salvar. Entonces lo vi en su mirada. ¿Cómo pudo matar? ¿Cómo él podría ser una mala persona?

—¡Aléjenlo de ella!

Las voces se hicieron más cercanas. Laslop comenzó a maldecir y patear en el suelo como si estuviera cambiando de personalidad, así que entre muchos hombres lo alejaron del lugar; sin embargo, en ningún momento quitó su mirada de la mía. ¡Eso era! ¡Lo había resuelto! Me quise mover del suelo, pero me lo impidieron. Evan llegó corriendo y me levantó a la camilla.

—¿Estás aquí? —me hacía esa misma pregunta que siempre odié— Eugenia, ¡¿estás aquí?!

Odio esa maldita pregunta. ¿Qué se supone que debo contestar? Nunca estaba aquí. ¡Ese es el jodido problema!, que nunca puedo estar aquí.

—Sí —respondí.

30 de septiembre de 2003

—Entonces, déjame entender, en una semana será mi juicio y no puedes decirme nada al respecto, señorita México.

Laslop había «mejorado» bastante. Los médicos de guardia y enfermeros habían descartado conductas violentas en él, ahora se paseaba en el hospital como una persona normal. Por buena conducta le quitaron la «sombra» (enfermero o enfermera que sigue al paciente por cuestión de seguridad), así que iba solo, ya no teníamos que estar separados por un vidrio; esta vez caminábamos por los jardines del hospital, húmedos, como este clima extraño. Sus dientes se veían mejor, al igual que el tono de su piel: estaba recuperándose.

—No, pero parece que estás bien —respondí.

—Creo que sí. Por cierto, no hemos hablado del numerito que montó el otro día. Se nota que esto de la locura le sienta perfecto.

Tragué saliva. No me gustaba hablar de «mi problema de distracción» con nadie, pero en esta situación me daba la ventaja.

—Tengo problemas.

—Yo puedo ayudarla con eso, he aprendido tanto de terapear personas.

El show empezaba. Comencé a mover la pierna de manera que pudiera notarse mi nerviosismo, esta vez era mera actuación.

—Sufro de un trastorno —expliqué.

—¿Cuál? ¿Y cómo si sufre de un problema como… el mío, usted trae puesta una bata blanca y yo enfrento la pena de muerte?

Reí divertida.

—Bueno, cuando cumplí los 10, mi madre me inscribió en un programa especial de la Universidad Maltepe en Turquía. Digamos que mi familia no tenía los recursos necesarios para un tratamiento decente. Ese programa al que me inscribieron era para niños con mi mismo problema que trasladaban a un hospital a Inglaterra para investigación.

—¿Fuiste un perrito rescatado que se encariñó con sus amos?
Volví con la risa. Esta vez mordiendo la pluma que tenía en mi mano.

—Algo parecido. Viajé primero a Turquía, después vine aquí.

—¿Te enamoraste de este lugar? —sonrió.

—No, me enamoré de la psiquiatría, del hospital, de Inglaterra jamás —al menos ahí decía la verdad.

—Me prometiste que me ayudarías, Eugenia.

Lo miré, sus palabras me habían sacado de contexto. Él se detuvo en seco frente a la puerta de la cafetería, parecía que me examinaba.

—¿Qué?

—Mi vida depende de lo que tú anotes en mi expediente. Si dices que estoy sano, me matarán; si dices que estoy mal, me quedaré aquí, contigo. Es una decisión difícil, lo sé, pero yo quiero vivir aquí y verte todos los días.

Lo miré compasiva.

—Lo sé. Yo me ocuparé de eso.

El chico se alejó y dejó el jardín. Recordé con nostalgia el pasado, la primera vez que había llegado aquí; pasar años fuera, rodeada de psiquiatras y pacientes, me había afectado. Quizá sí, quizá no. Comencé a tener problemas para enfocar mi vista. No podía permitirme perderme de nuevo, saqué el frasco. Hace unos días, Laslop me había enseñado a tragar las píldoras sin agua.

07 de octubre de 2003/10 AM

Hoy era el día.

A pesar de los medicamentos que había tomado, me sentía ansiosa. Esperaba lo peor, tal vez; después de todo, soy pesimista y este es mi primer caso. Yo sabía que no estaba equivocada, ¿lo sabía? ¿Que si estaba sufriendo?, sí: había dormido 5 horas, tomado cuatro tazas de té y maquillado mis ojeras. De todo lo que había hecho en la mañana, lo que más me preocupaba era el té, por la poca capacidad de mi vejiga para retener líquidos. La noche anterior, el doctor Evan me había dicho «Cuando te presentes en el jurado, procura ir formal. Nada de palabras extrañas, ellos no son doctores como nosotros, así que no te quieras ver muy lista. Yo iré de traje, tú ve de falda, es lo más formal que una mujer puede usar». Miré el conjunto que llevaba: pantalón de mezclilla, nada formal, con una bata blanca, larga y perfectamente limpia; estaba acostumbrada a ignorar los consejos, eso me hacía sentir mejor.

¡Otra vez divagando! Por favor… necesito concentrarme hoy. Por favor, Eugenia. Me insisto tanto en que debo mantener la compostura que casi puedo lograrlo a veces. Canto muchas canciones en mi cabeza, cuento hasta el número que yo quiera; pero hoy nada me estaba ayudando. Mis manos cosquilleaban: quería más, necesitaba hacer algo. Canto de nuevo en mi cabeza, siempre es la misma melodía.

El teléfono suena.

—Ya es hora.

—Evan Jule, lo estaba esperando —respondí.

2:30 PM

Todos temblamos al tomar decisiones, también con las consecuencias. Antes de morir papá me dijo que buscara estabilidad, algo seguro, que no me alejara de casa más de dos kilómetros porque podía perderme y que todos me amaban así, como era yo. Mamá me habla cada mes, preocupada y esperanzada de que su hija quiera dejarlo todo, porque piensa que se equivocó de camino. Evan se angustia cuando me ve perdiendo cosas, olvidando, distraída. Me ve débil, eso es lo que dice.

Cuando hay algo mal en ti y no puedes hacer nada para evitarlo no queda más que usarlo a tu favor.

¿Estás aquí?

—¿Doctora Fabre?

—Aquí estoy —respondí. Miré intrigada a mi alrededor. Cuántas cosas habían cambiado. Evan Jule estaba ahí, a un lado mío, con esos ojos tristes que me recibieron hace años al llegar a Inglaterra. Del otro lado, con personas que le lloraban y un hombre que parecía ser su abogado, estaba Laslop, quien también me veía, quieto, con una sonrisa en sus labios, todavía vestía la bata del hospital y se había rapado de nuevo. Repasé en mi memoria todo lo que me había dicho: su historia, los asesinatos, la historia en el hospital; repasé en mi cabeza que él era un humano, mi primer caso serio.

—Está bien. Daremos seguimiento al caso del señor Laslop D Carlo, acusado por cuatro homicidios graves. En el juicio pasado su abogado presentó estudios expirados donde expresa que el acusado no está en condiciones de ser juzgado normalmente ya que se le fue detectado en el pasado un desorden de personalidad o trastorno bipolar. Ahora su condena depende entera y juiciosamente del documento del Hospital Mental de Hackney. Su caso, a cargo de la residente en psiquiatría Eugenia Fabre, supervisada por el Doctor Evan Jule…

Tantas palabras me confundían. Tragué saliva y moví mis manos del escritorio: estaba nerviosa. Muchas ideas llegaron a mi cabeza.

—Continúe, señoría —respondió Evan por mí. En mi mente nada estaba bien.

—Seré breve —entonces respiré. ¿Estás aquí? El juez tosió abruptamente mientras el papel de su mano se resbalaba. Él y yo ya lo sabíamos. Yo no estaba ansiosa por no saber el resultado, estaba ansiosa por lo que seguía—. En este documento oficial redactado por mí, la doctora Eugenia Fabre del Hospital Mental de Hackney, declaró al acusado Laslop D Carlo en condiciones de recibir la condena que se le fue impuesta —murmullos de asombro. Mi primera reacción fue girar la cabeza hacia la mesa de al lado: ahí estaba él; sin dar crédito, su sonrisa se rompió—. Lo absuelvo de cualquier transtorno, síndrome, déficit o problema neurológico que pudiera presentar; por lo tanto, doy pie a la decisión que con anterioridad fue tomada y permito, entonces, la pena de muerte.

—¡No! —se escucha. La madre llora. Su abogado golpea con fuerza la mesa. Él no puede hacer otra cosa más que mirarme ¿con odio?, no: está confundido, tiene pánico.

—Vámonos de aquí —replica Evan, tomándome del brazo. Y dejo que me encamine a la salida.

—¡Eugenia! ¡Ella me mintió! ¡Ella me manipuló! ¡Eso no es verdad! —los gritos se escuchan desgarradores—. ¡Eugenia! Su señoría, ¡esa doctora está mal de la cabeza! —giro hacia él abruptamente, aún no puedo creer que lo dice—. ¡Ella está mal! ¡Algo tiene! ¡Me lo confesó!

Tengo ganas de volver, de gritarle que es cierto, que tengo TDAH (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad), quiero presumirle que, con todo y eso, él está siendo llevado a una celda y yo estoy afuera, usando una bata blanca; pero Evan me calma, me toma del hombro: yo ya estoy temblando. Miro por última vez esos ojos verdes intensos que ahora solamente tienen desesperación. Por primera vez, le sonrío sinceramente porque hoy él me hizo una mejor psiquiatra.

—¿A qué se refirió con que lo engañaste? ¿Por qué no me dijiste que le hablaste de tu trastorno, Eugenia? —pregunta Jule ya en el auto camino a mi casa.

—No lo hice, pero sí quería hacerle ver que yo tenía un problema para que me viera débil y entonces yo pudiera aprovecharme de eso —respondí, mirando la lluvia por la ventana.

—Eugenia, le hiciste creer que estabas enamorada de él —alcé los hombros en un gesto sin importancia—. Ese día que te dio el ataque de ansiedad, ¿fue algo falso o provocado?

—Ninguno —reí—, ese día olvidé en serio las pastillas —él también sonrió.

—Estoy iniciando un nuevo programa en el hospital: especialidades dentro de Psiquiatría; creo que una especialidad relacionada a temas forenses o penales sería perfecta para ti.

Recordé México, el calor, mi madre que llamaba cada mes, mi padre muerto, el sonido de las olas del mar, olores, sabores: me di cuenta de que lo extrañaba, también me di cuenta de que no estaba aburrida de mi vida; esto era lo que quería, solo debía encontrarlo.

—¿Qué dices? —estaba confundida.

—La especialidad —no dije nada, únicamente asentí porque mi mente estaba trabajando demasiado rápido como para seguir hablando—. Por cierto, me enviaron un correo electrónico de Ipswich. Una mujer atacó a su esposo con un cuchillo de cocina en uno de sus episodios de esquizofrenia. El caso es tuyo si así lo decides —de nuevo me quedé callada—. ¿Eugenia?

—¡Sí!, estoy aquí —respondí.

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