El cuento en cuarentena | Infinito

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Por Josué Gutiérrez Castillo

Fue a eso de las seis cuando las nubes aparecieron y los primeros relámpagos pudieron escucharse. Iván agradecía haberse traído la sudadera pese a las quejas de sus padres, ya que el sol estaba intenso a eso de la una, hora en que la fiesta empezó. Él había asistido al cumpleaños del hermano menor de Erika, una amiga de la preparatoria. Ella temía aburrirse estando rodeada de niños, por lo cual le dijo a Iván y a Luisa, otra amiga de la prepa, que si jalaban a acompañarla; como ninguno de los dos tenía nada mejor que hacer, aceptaron. Después de estar horas sentados viendo a niños correr y gritar, decidieron que era suficiente, se despidieron de los invitados y se fueron caminando al fraccionamiento donde vivían las chicas; la casa de Iván quedaba cerca, así que podía quedarse hasta tarde sin problemas.

—¿Y qué hacemos? —preguntó el muchacho cuando se acercaban a la avenida,  de ahí solo tendrían que dar vuelta y caminar todo derecho hasta el fraccionamiento.

—Pues vamos al parque a ver que se arma —propuso Luisa.

Iván se encogió de hombros, no le parecía mala idea.

—Bien, pero pasemos a mi casa antes, quiero quitarme estas cosas —dijo Erika señalando los tacones negros que tenía como calzado: a pesar de que era un festejo infantil, no perdió la oportunidad para lucirse: 

Se planchó el largo cabello negro, vestía pantalones holgados oscuros y una blusa de mangas largas de líneas grises, las uñas se las pintó de rojo al igual que los labios y en el cuello llevaba el collar dorado que su abuela le regaló. Iván y Luisa iban de pants, camisetas, y de tenis no tan nuevos.

—Muy bien —aprobó Luisa—, a ver si también sacas un poco de dinero y vamos al Oxxo.

Erika no se quejó, después de todo Luisa había pagado la dulcería la última vez que fueron al cine.

—Pues ya está—dijo Iván, ya estaban más cerca, todo parecería ser perfecto de no ser por la fila de carros detenidos. 

—A no mames, no me digas que está el pinche tren—dijo Luisa enojada.

Al doblar en la esquina lo comprobaron, la enorme maquinaria estaba pasando, imposibilitaba el avance de los vehículos, y el suyo, en ambos sentidos del camino.

—¡Ah, no pinches mames! —repitió Luisa más enojada que antes, el tren tocó su imponente silbato.  

Se acercaron hasta las vías donde otras personas también esperaban, algunos de pie y otros en sus bicicletas; un chico incluso llevaba a su perro de la correa. Recién estaba saliendo el tren de la estación, ubicada a su izquierda. A su derecha estaba el camino de rieles, su paso era por un terreno baldío; tierra, piedras y los agujeros de nidos de ratas.

—Por favor, dime que no es tan largo —le dijo Luisa a Iván.

El chico echó un vistazo, el tren cubría hasta donde alcanzaba su vista. “Mejor ni le digo”,  pensó. Luisa suspiró furiosamente mientras que Erika miró esperanzadoramente al tren.

—Tranquilos, pasa rápido.

El tren siguió andando.

El sonido de los relámpagos se intensificaba, su paciencia disminuía. Luisa daba vueltas hacia ambos lados. Iván esperaba con los brazos cruzados y Erika no apartaba sus ojos de los vagones; rojos, negros, verdes, grises y amarillos, todos de un tono metálico, con la pintura casi caída por completo y algunos con grafitis. Sentía que había estado viendo esas cajas metálicas por años. Luisa sacó su celular y revisó la hora.

—Siete de la noche —dijo malhumorada.

Iván se acercó a Erika.

—¿Ya le avistaste a tus papás? Que mejor ni se vengan.

Erika checó su móvil.

—Me manda al buzón. —Lo guardó—. Supongo que deben seguir platicando.

—Están mejor allá que acá —dijo Luisa.

Entonces la maquinaria se detuvo, estuvo quieta por unos segundos antes de empezar a echarse en reversa.

—¡No por favor! ¡No!

Todas las personas comenzaron a quejarse y a gritar groserías; los conductores, de ambos lados, tocaron sus cláxones y  el perro del chico comenzó a ladrar provocando que la calle se transformara en un infierno sonoro.

El tren siguió andando.

Iván sonrió cuando vio a la máquina principal acercarse, casi estaba hasta el otro extremo, pero ya se aproximaba; entonces se decidió a hacerlo ya estaba harto; de un saltó paso del concreto a la tierra.

—¿Qué haces? —preguntó Erika.

—Ya me cansé de esperar —dijo—. Si nos damos prisa tal vez lo alcanzamos.

Apuntó con un dedo el final, o principio, del tren; Luisa pareció contenta con ese plan pues no tardó nada en ponerse al lado de su amigo.

—¡Vamos! ¡Ya quiero llegar a mi casa!   

Erika miró sus zapatos, no serían muy cómodos sobre ese rocoso terreno, pero ya no quería seguir esperando; la última hora y media se le hizo eterna y lo único que quería era un baño caliente y dormir en su cama. Además, la lluvia estaba a nada de caer. Con ayuda de Iván bajó de la acera y acto seguido se echaron a correr. Mientras más se acercaban más felices se ponían. ¡Por fin todo iba a acabar! Pero entonces repararon en algo, mientras más se acercaban, la máquina se iba alejando de ellos…

—¡No! ¡No! ¡No! ¡No!

El tren se movía nuevamente hacia el frente, fuera de la estación.

—¡¿Qué acaso esta cosa está jugando con nosotros?! —gritó Luisa.

Se detuvieron. Erika profirió una grosería, pues un tacón se le salió del pie, se lo estaba poniendo de nuevo cuándo Iván miró hacia atrás.

—Oigan… ¿Dónde están todos?

El tren siguió andando. Estaban en círculo, mirando al frente y atrás: al frente el terreno se extendía interminablemente; nubes negras y tierra, sin ningún rastro de la civilización; atrás, lo mismo. El cruce, las personas, los autos… todo se había ido. Los tres buscaban alguna explicación lógica a todo ello, pero no encontraban ninguna.

—Tal vez solo nos alejamos un poco —dijo Iván.

—No pudimos correr tanto —rebatió Luisa extendiendo ambos brazos hacia ambos lados—. Deberíamos poder verlos.

—No sabemos cuánto corrimos. ¿Qué tal si fue más de lo que pensamos?

—Escuchen —dijo de repente Erika.

—¿Qué? —preguntaron al mismo tiempo.

—Exacto.

Silencio; los relámpagos se habían detenido, los coches ya no se escuchaban ni el alboroto de las personas, ni siquiera el tren emitía sonido alguno. Estaban en silencio.

—Si estuviéramos cerca del cruce los escucharíamos —habló Erika.

Intercambiaron miradas preocupadas, miraron a los dos lados, era un mismo camino en diferente dirección.

—Yo digo que volvamos —sugirió Iván—. Encontraremos la calle y esperaremos, como debimos haber hecho.

“Fue tu idea correr”, piensa Luisa, pero no lo dice pues las cosas ya están mal y no quiere que empeoren, así que decide hacer lo que él dice, quizás tenga razón y solo caminaron de más. Erika asiente la cabeza, va hacer lo que le digan.

—Bueno… vamos.  

Enfilan por donde vinieron, con la esperanza de ver pronto la calle de nuevo. Aquel caos sonoro ya no parece ser tan malo, de hecho extrañan el ruido, el silencio solo les provoca incomodidad; pasa el tiempo y pueden escuchar las tripas del otro, no se miran entre sí, están demasiado irritados para hacerlo.

El tren siguió andando.

Sienten que avanzan; sus pies se los dicen, el cansancio se los dice; pero el terreno no, es el mismo no cambia, incluso los vagones parecen repetirse, rojos, negros, verdes, grises y amarillos, todos de tono metálico, con la pintura casi caída por completo y algunos con grafitis. Siguen sin tener rastro alguno de la civilización. Continúan caminando, solo porque no quieren detenerse; si lo hacen, tendrían que afrontar su situación y ninguno quiere hacerlo, saben que de alguna manera han caminando en círculos, que están atrapados en una especia de… Ni siquiera saben que nombre darle. Iván se mantiene optimista, está seguro de que pronto llegarán al cruce, pero con cada paso las esperanzas se desvanecen. A Erika los pies le gritan, piden un descanso pero ella no se los da, se maldice por ponerse esos estúpidos tacones que solo dificultan su andar y empeoran todo; hasta se ha olvidado de la fiesta, de su hermano y su familia.

Luisa ya ha tenido suficiente. Corre hacia el tren en movimiento y salta, logra sostenerse de un tubo y pone ambos pies sobre el estribo, sus dos amigos la miran sorprendidos, los ha tomado por sorpresa. Luisa les extiende una mano.

—¡Suban!

Iván se echa a correr; Erika lo intenta pero los tacones no la dejan y se tropieza. Iván se detiene y va en su auxilio. Luisa suelta una maldición, el tren no se detiene y ella no puede irse con él. Iván ayuda a Erika a ponerse de pie y mira a su otra amiga, con señas le indica que salte hacia el otro lado. Luisa no lo duda y cruza. Erika termina de ponerse de pie.

—Lo arruiné —dice.

—No te preocupes —le responde, entonces mira los vagones, el vistazo que tiene del lado contrario es escaso, pero es lo suficiente para ver a Luisa, ahora solo tiene que esperarla.

Pero ella no aparece. Se miran entre los dos con preocupación. La llaman por su nombre pero no obtienen respuesta alguna.

—¿Se habrá ido por el otro lado? —pregunta Erika.

—No… no lo creo —responde; no tendría sentido, si ya había cruzado lo más probable es que hubiera echado a correr hacia su casa aunque…

Ahora que se fija, el lado contrario no parece ser muy diferente al suyo.

—No la veo.

—Espera… tal vez está… descansando.

Vagones rojos, negros, verdes, grises y amarillos, tono metálico, con la pintura casi caída por completo y algunos con grafitis.

Luisa no aparece, no hace ruido; simplemente… la tierra se la ha comido. Sentados sobre la tierra han estado esperándola por… ya ni siquiera se molestan en contar el tiempo, podrían sacar sus celulares pero… No quieren hacerlo, no quieren saber cuánto llevan ahí. Solo saben que está oscureciendo, es todo lo que necesitan.

—Bueno, vámonos—dice él.

Ella no dice nada, pero hace caso; se ponen de pie y vuelven a caminar, esperan encontrar una salida.

El tren siguió andando.

Ha amanecido, el tiempo ya no importa; vagones rojos, negros, verdes, grises y amarillos, tono metálico, con la pintura caída y con grafitis, en vez de nubes grises ahora son bombardeados con los potentes rayos solares que no tienen compasión. Las frentes se les están llenando de sudor y la sed… La sed es lo peor de todo. Iván lamenta haber tomado tanto maldito Sprite en la fiesta, en estos momentos mataría por un vaso de agua. Erika se ha quitado los zapatos y los ha arrojado quién sabe dónde, la tierra arde y le quema los pies pero ella lo aguanta. Tienen que apoyarse el uno al otro, de lo contrario ninguno podría seguir andando. Un paso a la vez, se repiten, un paso a la vez.

El tren siguió andando.

Erika ya no aguanta más, cae de rodillas; Iván trata de levantarla pero ella no se deja, se tira al suelo boca arriba.

—Ya no puedo.

Vagones rojos, negros, verdes, grises y amarillos, tono metálico, con la pintura caída y con grafitis.

—Sí puedes…

—¡No!… no puedo.

Está demasiado cansado para discutir, se sienta junto a ella y ambos observan el cielo; es tan azul y bonito…

—¿Por qué pasó esto? —pregunta, las lágrimas corren por sus mejillas.

—No lo sé.

—¿Hicimos algo malo?

—No… no lo creo… tal vez… —Por más que lo intente, no puede encontrarle sentido a nada de eso; mira al tren, a la máquina infernal causante de todo—. Tal vez solo tuvimos mala suerte.

Rompe a llorar.

—¡Solo quiero que todo esto termine! —dice entre sollozos.

Hace una pausa, no sabe que decir, tal vez lo mejor sea la verdad.

—Yo también…

Vagones rojos, negros, verdes, grises y amarillos, tono metálico, con la pintura caída y con grafitis.

Entonces oyen los pasos, se acercan a ellos; con energías renovadas se reincorporan, una figura se les está acercando, es como una mancha borrosa, bajita y jorobada.

—¡Aquí! —grita—. ¡Estamos aquí!

Albergan nuevas esperanzas, tal vez traiga agua consigo, comida… Sí, si trajera comida, tampoco estaría mal. Van hacia la figura, sea quien sea si puede ayudarlos será mejor que nada; incluso si se trata de un asesino, si puede sacarlos de esa miseria lo agradecerán. Pero al acercarse tienen una mejor visión; es una mujer, una viejita, su cabello es blanco y grasiento; sus ropas le quedan chicas, va descalza y…

Es Luisa. La identifican por sus ojos. Erika se cubre la boca en horror, es inconfundible, esa mujer es su amiga que hace tan solo                           tenía su misma edad. La mujer eleva la vista y, en un acto que debería ser dulce pero con las circunstancias resulta horroroso, sonríe; le faltan más de la mitad de los dientes.

—Aaaaaaaaamig…ooooooossssss —le cuesta hablar, arrastra cada palabra.

—Luisa —susurra Iván.  

Ella cae, sus viejos huesos ya no la aguantan. Iván es rápido y la atrapa con ambos brazos, la coloca suavemente sobre el suelo, usa su sudadera como almohada para su envejecida amiga.

—Luisa… ¿Qué te pasó? —Erika se agacha junto a ella, le acaricia la mejilla, parece ponerla contenta pues les dedica una débil sonrisa.

—Lo… y…. yo lo intenté amiiiigoos —dice—. Yo…. Traté de… llegar al final.

Con su huesudo dedo señala el tren.

—Pero… n…o… no… n… pude… es —abre la boca al igual que sus ojos, se lleva la otra mano al pecho; como si le fuera a dar un ataque al corazón.

—Luisa, no…

—Infinito —no titubea al decirlo.

Baja la mano levantada y cierra los ojos, al igual que su boca; su respiración se detiene, su sufrimiento termina. Erika suelta un sollozo, un sollozo tan fuerte que compensa todo el silencio, abraza el cadáver de Luisa y llora, llora descontroladamente. Iván mira el cuerpo. Incapaz de concebir que su amiga se ha ido, grita, grita hasta que sus cuerdas vocales explotan.

El tren siguió andando.

No pueden enterrarla, no tienen herramientas ni espacio. Así que la acuestan en el suelo, juntan sus manos y la tapan con la sudadera de Iván, aquella que sus padres no querían que llevara por el sol. Ha recuperado la voz, solo un poco. ¿Cuánto le tomó? No le importa, en lo que le concierne llevan ahí una eternidad. Tal vez así sea. Erika está muerta, ha muerto junto con Luisa, murió desde el momento en que se bajó de la acera; es gracioso, el suicido jamás se les pasó por la cabeza. Ahora lo saben, jamás saldrán de allí, pero… Si todo está perdido. ¿Qué más da un último intento? ¿Qué otra cosa hay por perder? La respuesta, nada, y eso es casi liberador.

—Vamos a llegar al final,  al final de esta cosa —dicen. No para ellos, sino para él, quieren que él  lo sepa.  

Se secan las lágrimas, se toman de las manos y empiezan a correr; corren hasta que sus pies sangran y no pueden seguir. Se arrastran por la hirviente tierra hasta que ninguno tiene fuerzas para continuar, vagones rojos, negros, verdes, grises y amarillos, tono metálico, con la pintura caída y con grafitis. Se desploman juntos, aún sostenidos de las manos, y se miran a los ojos. Lo sabían desde un inicio, pero no les importa, lo intentaron y… sabiendo eso, pueden irse en paz.   

El tren siguió andando.