El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Almacén en tierra

Por Diego Ambrosio González

La pelota de plástico resistía más que las anteriores, de hecho, la calle inclinada y el pavimento carcomido eran factores que lograrían romperla en cualquier instante, pero aún no llegaba ese momento. Beto sabía el riesgo de jugar ahí, no parecía importarle, es más, había cierta reticencia por el disgusto del terreno de juego, como si buscara su insatisfacción y malestar. 

Pateaba el esférico hacia arriba y éste volvía con direcciones opuestas a las piernas del niño, quien se dedicaba a prever las trayectorias que tomaría. En una hora y media de juego era normal que se le escapara algunas veces, pero no lo suficiente como para tener que recorrer toda la calle restante hasta la próxima avenida. Si acaso, solo tenía que bajar a recoger la pelota atorada en algún zaguán de las casas vecinas.

Beto podía soportar la caminata, el ir y venir, pero no al perro que estaba en la casa de Doña Chucha. El can le ladraba a destajo siempre que volvía de la primaria y la doña, con su brazo derecho, le daba de palazos en el lomo para que se calmara. La señora no podía usar el brazo izquierdo para castigar debido a que no lo tenía. La madre de Beto le contó la historia de aquel suceso a su hijo, pues la vecina se lo narró a detalle y es que, en dos minutos con gente de la edad de Chucha, la vida no tiene forma de confidencia.

La vieja le contó a la señora Berta, madre de Beto, que hace 48 años, cuando la zona estaba mayormente despoblada y aún las calles del cerro eran de tierra con una mezcla de arena, llegó ahí con su marido, hombre que tenía 25 años más que ella. El señor buscaba salir del pueblo y de tales condiciones que le parecían de confinamiento, para Chucha también resultaban de aislamiento, pero él no le permitía salir. Pues. Hubo un día de tantos en que Humberto —«Que en paz descanse», agregó la Doña— volvió a la casa. Estaba ebrio hasta el culo y también molesto porque había gastado todo su dinero en aguardiente y el restante lo dejó en algún sitio que no recordaba por haber bebido tanto. Ella estaba dormida, entonces él la sacó de la cama obligándola a hacerle de cenar. Tal era el adormilamiento de Chucha que, al cocinar, derramó la manteca hirviendo en las botas de su marido —«Fue el mero día de su santo», añadió—.

Entonces, Berta hizo el relato más «ameno» y corto para Beto, diciéndole que el hombre enfurecido comenzó a golpear a Chucha, tomó el hacha de la leña que usaba en su trabajo para rebanar el brazo de la mujer, después, Humberto lo enterró en alguna parte del patio de su casa. La madre señaló que, aunque la doña no le dijo dónde fue exactamente, ella cree que está sepultado bajo las rosas que se alcanzan a ver a través de los barrotes de su portón.

Total, en una de tantas idas y venidas, la pelota se atoró en las rejas que servían de zaguán para la casa de la anciana.  Beto pensó: «Ella tiene un perro y le falta un brazo, el primero está amarrado al zaguán y el segundo debe de estar bajo la tierra de sus rosales; no quiero ir».

Caminó inseguro hacia la casa vecina, observó al perro dormido y sujeto a la reja, por lo que decidió acercarse. Cautelosamente estiró su manita izquierda hasta sentir la plasticidad de aquella pelota atorada entre dos barrotes negros y oxidados, pero, a pesar de no haber hecho ruido, el perro se percató de su acción: prolongó su hocico y prensó la pelota junto con cuatro dedos del chiquillo.

La euforia que sintió Beto se disipó al sentir el dolor de su mano destrozada. Entre chillidos y gritos que causarían compasión a cualquiera, menos al perro, logró alertar a los vecinos, entre ellos a Doña Chucha.  La mujer, senil y débil, quiso socorrer al infante, pero tuvo miedo del perro, pensaba que tendría más coraje hacia ella, soltaría al niño y le arrancaría el otro brazo de un mordisco. «¡Mijito, záfate¡» vociferó, pero Beto no podía reaccionar de ningún modo a tal petición.

La Doña no podía estar sin hacer, no quería permitírselo. Así que, con el brazo derecho, hurgó entre las cosas viejas que quedaban en una caja del patio. Ahí encontró el hacha de Humberto —herramienta chapada en sangre seca y añeja—, la alzó recargándola en su pecho y de un tajo logró acertar a la columna del can.  Este abrió el hocico y los dedos del niño cayeron al piso, los vecinos llamaron a urgencias y a la policía, pero, como de costumbre, no llegaron a tiempo. Chucha se hincó y lloró, lloró lágrimas reservadas 48 años en su memoria y con cada una de ellas, vertidas sobre las falanges infantiles, oraba con la ilusión de regenerar aquel tejido, aquellos huesitos y aquella alma, para que encima de esos restos no creciera un rosal.

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