El cuento en cuarentena | Un sueño, una agonía, el triunfo de la muerte

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Edgar Fernando García

Ya no recordaba que, cuando era niño, soñaba a un gigante que intentaba bajar del cielo y yo únicamente veía el inmenso pulgar del pie, cubierto de una aterciopelada angustia; la gente, despreocupada, continuaba con su vida sin siquiera notar el extraño acontecimiento mientras yo, con el cuerpo estático, contemplaba a través de la ventana de mi cuarto la catástrofe a punto de ocurrir, pero, antes de que la fatalidad se asomara por completo, la voz de mi madre irrumpía en la habitación: “¡Despierta! Se hace tarde para la escuela”. Y, de esta manera, la inquietud se refugiaba en algún lugar de mi cerebro.

Los años transcurrieron y aquella visión tal vez se habría quedado olvidada de no ser porque hoy, al dirigirme hacia el trabajo, de nuevo apareció. Observé que esa figura titánica se asomaba por un cielo casi luminoso; sin embargo, al contrario de los recuerdos oníricos, no solo estaba el pulgar, sino todo el pie, e incluso pude notar cómo el compañero también descendía a la par. En esta ocasión, la gente notó el suceso: unos, asombrados, se detenían para maravillarse ante el fenómeno; otros, para dejar evidencia del evento, se tomaban fotos con aquella imagen de fondo; algunos, los menos, alzaban la mirada y continuaban en su monotonía.

Yo, que sabía muy bien de lo que se trataba, regresé a casa de inmediato. En cuanto entré, casi de manera mecánica, me dirigí a mi habitación; abrí la puerta y alcancé a distinguir que alguien estaba adentro de mi cama, no presté mucha atención a eso, pues mi angustia se centró en otro lugar: él. Me asomé por la ventana, como cuando lo hacía en mi modorra pueril, y vi que el caos había comenzado: muchas personas habían transitado del asombro hacia la muerte. Al percibir la desesperación que había afuera, me sentí obligado a sacar a esa criatura de mi cama. Quizá el único remedio sería dormir para poder encontrar la salvación y resguardo en el sueño.

Me acerqué, levanté las cobijas y allí estaba yo, durmiendo; intenté despertarme, pero fue imposible. Volteé hacia la ventana, noté que el día se había teñido de un rojo punzante, que parecía oscurecerse cada vez más con la sangre de las personas que iban siendo consumidas a cada paso del gigante. Sin ningún titubeo sus pies calcinaban a los aterrados.

De pronto, escuché que alguien desde algún punto de la casa gritaba:

 —¡Despierta, que se hace tarde para la escuela! —con el mismo tono de cuando no me levantaba a la primera llamada; sin embargo, ni esa orden me devolvió a la realidad. Fue entonces que perdí la lógica y el sentido: ¿acaso era un sueño y todavía era un niño?, pero, al levantar las cobijas, estoy seguro que vi mi cuerpo adulto; aun en la ventana se reflejaba mi figura actual: un adulto.

Sin indagar en tal aspecto, pues no era el momento de hacer ninguna disertación, noté que las inmensas columnas, cubiertas con nubes de sangre, avanzaban ya en dirección a mi hogar. El tiempo se agotaba. No quería morir de esa manera.

Fui a la cocina, tomé un cuchillo, el más afilado que pude encontrar. Regresé a mi cuarto. Ya no había momento para cuestionarse o titubear, él estaba próximo. Acomodé el frágil cuerpo boca arriba y con suma facilidad asesté la primera puñalada en el estómago; después, con ambas manos, golpeé lo suficientemente fuerte para atravesar la caja torácica y acabar con el corazón. Por último, para asegurar el descanso, hice un corte profundo en la garganta.

Tres puñaladas de esa magnitud habrían sido mi victoria de no ser por esa voz, semejante a la de mi madre cuando me despertaba, casi con el mismo tono colérico, que gritaba aterrada:

—¡¿Qué has hecho, maldito?! ¡¿Qué has hecho?!

Solté el cuchillo, calentado por la sangre de aquel cuerpo, y me dirigí a la ventana.

—¡Me he salvado! ¡Le he ganado! —pronuncié triunfante al ver que el inmenso, junto con todo el desastre, había desaparecido.

Mientras tanto ella, perturbada, no dejaba de pronunciar:

—¡Pendejo! ¿Por qué nuestro hijo? ¿Por qué mi niño?

—¡Me he salvado! ¡Le he ganado! —declaré con una enorme paz interna.*

*Este cuento es un ejercicio literario y no busca banalizar, justificar o promover ningún tipo de violencia.