El cuento en cuarentena | Los cuarentenaZis

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Manuel Mörbius

Irrumpen los servicios de saneamiento en una tranquila discusión familiar con cuchillos. El padre de Efraín no aguanta que su hijo ande por la calle con el vestido de encaje sucio y los tacones gastados: puede soportarlo todo menos que crean que son pobres; el resto de la familia sabe que los vecinos no desaprovecharían la oportunidad para desacreditarlos de un delirio menos de la emergente población de locos que habitan aquella casa embrujada. Un hombre con traje amarillo y máscara de saneamiento viene con la noticia de que el Calixto, el abuelo, ha muerto infectado y los únicos testigos de la escena del crimen son dos transexuales amigos de Efraín. Lo único que el oficial de salubridad pide es que alguien lo acompañe a identificar el cadáver.

La esposa de Efraín, Clotilde, tiene la convicción de un edificio sin ventanas y está casada con él porque prefiere que la engañen con otros hombres antes que admitir que le gusta que no la confundan con una estufa. Ellos tienen tres hijos: el mayor es un estorbo, la de en medio es mundana y la más pequeña es la más sórdida.

La familia comienza a discutir con más seriedad quién va a ir a reconocer el cadáver del abuelo exponiéndose al virus; en la polémica, deciden que deben ir dos, haciendo caso a la sugerencia de la tía Gertrudis, quien tiene los estudios menos truncos que sus amores en el cementerio, porque la lógica dictamina que la mitad de dos es uno mismo.

El oficial de salubridad con el traje amarillo espera en calidad de secuestrado por la otra de las tías presentes: Herminia, quien presenta las credenciales de su asfixiante escote. Las devociones libidinosas y enraizadas de la viuda Herminia aportaron a la familia sus cuatro hermosas fallas genéticas con nombres alfabéticamente ordenados: Alan, Belem, Carlos y D de dedo, quien sufrió la venganza del último día del trabajador del registro civil que atendió a la tía alfabética.

Se ha decidido que Efraín y su padre vayan a reconocer al abuelo, es lo menos que se puede hacer por el viejo después de no haberlos desconocido cuando pudo. El padre de Efraín se rehúsa a salir si su hijo no lleva un vestido de gala, tacones rojos y la fachada de hombre de familia. Efraín accede a darse una manita de gato, ayudado por su esposa sin ventanas en el alma: siempre hace un trabajo excepcional maquillándolo todo y dándole apariencia de ruinas romanas a las rugosas obras negras en la cara de su esposo.

 Los niños juegan a tirarse en el suelo y dibujar la escena del crimen alrededor del cuerpo, usan la salsa roja para darle realismo forense a la escena del juego. La tía Herminia saca el velo negro de su bolsa para efectos de simulacro del velorio, se cubre el rostro y comienza a llorar compungidamente: el primer llanto le desagrada, toma aire y en el segundo intento un perfecto crujir afligido hace que todos aplaudan e intenten consolarla. Ella piensa que el oficial de salubridad podría ser el padre de una hermosa letra E de Ernesto, Elia o Elvis.

Escucha gritos. Es una pelea que emana a lo lejos, en la cocina, a un metro de distancia de la mesa. Menos de diez centímetros es la mayor distancia que separa las habitaciones de las tuberías, las cortinas, las ventanas y las almas. Efraín cae en el centro de la mesa arrojado con fuerza sobre humana por su esposa Clotilde. Ella sostiene un teléfono inteligente y está a punto de arrojarlo en la cabeza de Jeremías cuando todos la detienen, pidiéndole que recapacite, cambiando el aparato por un cuchillo. El motivo del empellón es que Clotilde ha descubierto el plan maestro de Jeremías y lo informa a toda la familia:

—¡Estos desgraciados, con el dolor pasado de moda de un de talk show, iban a huir con el abuelo Calixto! ¡Nos iban a abandonar en plena cuarentena! Le acaba de llegar un mensaje del abuelo diciendo que le lleven un six para el camino.

El ambiente se tensa. Los niños suben a la azotea del edificio para seguir jugando. El oficial de salubridad se siente bajo el escrutinio de una autoridad mediocre y desesperada. Los niños corren en la azotea. Los gritos se generalizan. Antes de iniciar lo que sería la nota roja del mañana, la familia observa el milagro que necesitaba para poder calmar el pleito y encontrar la paz. El milagro fulminante de la gravedad hace que D de dedo caiga desde la azotea hasta al breve vacío que da a la banqueta y se parta en dos. Para hacer más realista la escena del juego, la tía Herminia, sin pensarlo, suelta su mejor llanto y sale sin protección a implorar por la vida de su alfabético escuincle. Los vecinos también salen con sus mejores consuelos, luciendo sus mejores trajes herméticos que demanda la etiqueta, tristes de que haya sido nada más uno. Los niños sobrevivientes corren en desbandada dentro de la casa para ocultarse, como todos los monstruos, debajo de las camas. Efraín y Clotilde detienen a la más sórdida de sus hijas. Ella intenta llorar, pero le faltan décadas para imitar el arte de la tía Herminia. A la pregunta de qué pasó, los ojitos oscuros disimulan mal la gracia de las palabras él solito se tiró.  El oficial de salubridad se levanta molesto porque el abuelo Calixto no le pagará el resto del dinero que le prometió por dar el reporte falso.

A la mañana siguiente todos van a la funeraria abrazados a la desgracia, limpiándose las lágrimas con el tapabocas. Efraín lleva su mejor vestido negro, con joyas de bisutería dorada que deslumbran al sol. Su padre no podría estar más orgulloso de la ostentación de su hijo. Clotilde ha hecho un trabajo magnifico con el maquillaje de Efraín y el rímel se corre lo suficiente sin estropear el rubor en las mejillas. Herminia quiere un hijo con una hache muda y pega el escote sobre el operador del crematorio. El más afligido es el abuelo Calixto, quien no ha parado de beber desde que se casó y tuvo hijos, sostiene su six en la mano; llorando de angustia, se le ocurrió que quizá sea inmune. La tía Gertrudis de filosofía trunca reflexiona sobre la brevedad de la vida y piensa que hubiera sido bueno llegar al postre para ejecutar el plan que ella elaboró con el fin de liberar otros tres metros cuadrados en la casa para que entrara la tele de la que ya había dado el primer enganche.

En el sótano de la funeraria los niños juegan a las tumbas escondidas. La más sórdida consigue una pequeña pala y propone que al primero que encuentren lo van a cremar: todos acceden. Ella sospecha que su hermano mayor está enfermo, que tose a escondidas, que disimula sus fiebres, que guarda restos de sus mucosas en los calcetines para que nadie se dé cuenta; cuando lo encuentra escondido detrás de una corona de flores, todos los niños salen de sus escondites y lo declaran perdedor, perdedor, perdedor. El estorbo se niega a seguir jugando y, como no quiere aceptar su derrota, entre todos lo derriban y lo sostienen de manos y pies mientras la niña más sórdida espera a que el cremador se descuide para jugar con el horno.