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El cuento en cuarentena | El pregonero

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Daniel Flores Machuca

Fui a la escuela con Matías hasta cuarto año, hasta el día en el que ya no llegó a clases. Por medio de Juanita, la niña rubia del salón, supimos que aquella mañana había zarpado con su abuelo hacia la isla para unirse al cortejo de excavadores que buscaban, allá escondido, el tesoro de un pirata.

Recuerdo las pequeñas embarcaciones flotando en el horizonte de mi ventana hacia la inhabitada tierra, imaginaba en cada una de ellas a Matías. Consideré huir de casa, unirme a la expedición y volver tras unos años con un costal de joyas que pondría a los pies de mi madre, pero nunca lo hice.

Muchos se fueron y, en el transcurso de los años venideros, surgieron constantes rumores en nuestra costa de que tal o cual, al otro lado del océano, había encontrado el tesoro y era ahora el gobernador de la isla o de que otro lo había descubierto y había construido su barca completa de oro, incluso se habló de una generosa anciana que había caído al tropezar con lo que parecía una roca en la orilla de la playa y que hizo el hallazgo afortunado de, en realidad, un enorme baúl lleno de monedas que decidió repartir entre cada excavador para que hiciera un hogar y que era por eso que nadie había vuelto. 

Fue, pues, durante el tiempo en que cursaba el último año de preparatoria, cuando se corrió la hablilla de que la isla entera había sido azotada y arrasada por una terrible enfermedad que hacía a los habitantes desplomarse hacia el suelo para luego morir de nada. La diferencia entre esta y otras ocasiones que un rumor se apoderó de las charlas en nuestra costa era que esta vez el rumor era verdad.

Aquella tarde la temperatura oscilaba en los centígrados infernales, el calor más violento desde hacía medio siglo. En la mesa, había servidos dos platos de ensalada con arroz, frijoles, carne y una jarra de jugo de limón. Mi madre me hablaba sobre el embarazo milagroso de doña Luz, una vecina que sobrepasaba por mucho la edad promedio en que ataca la infertilidad, y sobre el señor Carlos, el esposo, quien había tocado a la puerta esa mañana vendiendo sus gallinas con el fin de prepararse para cuando le llegara a su esposa la hora de parir. Por la ventana se filtraban desde la calle las convivencias de un grupo de niños que jugaban a las canicas: ¡Esa es mía!, ¡No, es mía!, ¡Te la cambio por la roja!, cuando escuchamos un grito difuso y los zapatos de los niños apresurándose en huida.

Era Benito, el hijo de Julieta, quien venía gritando alegre e intoxicado por las calles, decía que en el horizonte de la playa se vislumbró un pequeño punto negro que parecía aproximarse. De inicio no creímos, pero unos minutos después de que Benito diera vuelta en la esquina, empujados por la curiosidad de los vecinos que salieron de sus casas, nos dirigimos desfilando con el resto de los fisgones hasta la orilla del mar.

Atesoro, por capricho, el recuerdo sobre la forma en que a todos lados a donde dirigía la vista se ponía a prueba la realidad: el destello del asombro en los ojos era tallado una y otra vez por la gente que miraba, por las palmas de sus manos que habían recuperado la magia de la niñez y afirmaban, con los párpados calientes, el único barco que, desde los días de la expedición, adornaba el horizonte.

El cabello de Matías colgaba hasta los hombros, rizado y negro, tenía la nariz larga y respingada, la mirada hundida y pequeña, una barba tupida hasta la mitad del pecho, llevaba puesto un camisón blanco con un chaleco de lana vieja y un par de pantalones que le llegaban hasta las pantorrillas. Tenía los pómulos rojos cuando bajó de la barca.

Pasados dos días, en los que permaneció dormido (según contó el alcalde, quien se ofreció para hospedarlo en su casa), se anunció que Matías traía una noticia muy importante desde la isla y que nos sería compartida, aquella tarde, en la plazuela.

Eran las seis cuando Matías subió al templete que se había colocado en el medio de la plaza. Con qué ansiedad fue recibido; con qué cantidad de porras inquietas, de chiflidos alegres, de latidos míos, Matías fue recibido.

Mi héroe de la infancia nos relató la historia sobre la llegada a la isla y el inicio inmediato de excavaciones en los alrededores e interiores de la selva; nos enlistó a detalle los nombres de los excavadores que habían muerto en las primeras semanas de búsqueda; habló sobre los días de hasta dos entierros en el panteón que habían improvisado a las orillas del mar; nos contó sobre las casas de hule y madera, sobre las brisas heladas de la noche y el calor horadante del sol de mediodía, sobre los golpes de insolación; también, sobre lo bueno, sobre la abundancia de cocos, plátanos y pescado, sobre el nacimiento del primer varón y la primera niña isleños, sobre la espada de bronce que encontraron al quinto año de la excavación y el entusiasmo recuperado en la isla, nos contó sobre su oficio de pregonero. De pronto se detuvo y las palpitaciones de su corazón se hicieron evidentes bajo su camisa.

—No encontramos el tesoro—dijo, mientras en el filo de sus párpados se asomaba una lágrima—. Hace dos semanas que todos en la isla han muerto. Solo Dios sabe por qué a mí me salvó —entonces sus rodillas se vencieron y cayó en el templete aullando. Al unísono de su llanto, de entre el público nació un gemido como nunca lo habría otra vez en la historia de la costa.

Lo bajaron del templete el alcalde y dos policías e hicieron paso entre la gente. Se sufría de pánico, de incertidumbre, de algo más espeso para tragar que la tristeza, de un miedo innombrable que pulsaba y pronto iría a explotar; subió entonces al templete el padre Fernando y, al tiempo que una multitud de señoras le abrazaban los pies, alzó con ímpetu su honda voz:

—¡Hermanas, hermanos, escúchenme! Antes de esta reunión, he podido hablar con nuestro padre todopoderoso sobre el destino que ha querido para nuestros seres amados en la isla y les digo, hermanos, les digo que, aunque es este un capítulo sin duda oscuro en la historia de nuestra costa, me ha dicho del milagro que nos ofrece permitiendo regresar a nuestros brazos a Matías. ¡Escuchen, hermanos, hermanas, el mensaje divino que dirige nuestro padre, omnipresente, a nuestra buena moral, a nuestra buena acción, a que no nos tiente nunca la avaricia! Comprendo su tristeza, yo también he perdido a mis hermanos, pero ¡sepan que hay causas mayores escritas en el cielo detrás de lo acontecido en la isla y que la muerte de los nuestros es un aprendizaje que el divino padre brinda a todos los que aquí quedamos! ¡Oremos, les digo, por ellos, por nosotros, por su salvación! Padre nuestro que estás en el cielo… —oraba el párroco frente a un pueblo que le creía y sus rezos se impusieron sobre el estrépito de la gente que, con nudos en la garganta y las pupilas rotas, comenzaba también a orar. Terminados los rezos, anunció entonces que la iglesia ofrecería, al amanecer, una misa en ayuda de las almas de los fallecidos que, con seguridad, se encontraban flotando en el purgatorio.

A esa noche, aunque poco importe ya mencionarlo, se le referiría como “la noche de todos los llantos”, pues ni los perros pudieron dormir a causa de los chillidos.

Al día siguiente, sonaron las campanas y se liberaron desde la escalinata de la parroquia tres palomas. Finalizada la misa, el padre Fernando convocó a una reunión en el atrio de la iglesia, donde junto con el alcalde y tras un conmovedor discurso que a las viudas hizo aplaudir, se decretó que a Matías se le crearía el cargo de pregonero de la costa y sería a partir de la mañana siguiente que escucharíamos las noticias desde su pecho.

¡Estábamos todos alegremente ciegos, llenos de emoción y espasmo, como niños viendo un truco increíble de magia, como niños hipnotizados viendo a Matías! A nadie se le ocurrió nunca cuestionarlo, detenerlo y, ahora, de nada sirve lamentarse.

Los dos meses que antecedieron a la primera de sus sorpresas fueron ordinarios: “Inútil cargo, aquí nunca pasa nada”, se decía en las calles. Matías anunciaba la hora en que había salido el sol; el pronóstico a veces fallido del clima que le traicionaba con lluvia por las tardes; el costo invariable del kilogramo de arroz, frijol y el de alguna que otra verdura de temporada: col, cilantro, berenjena; la casa verde en venta cerca del manglar; el nombre del santo del día; la sirena que se había encontrado un grupo de curiosos a la orilla del mar, esta y demás trivialidades de las que uno se podía enterar dando la vuelta a la cuadra. Sin embargo, el domingo por la mañana las nubes tenían forma de locomotoras, justo como había anunciado Matías que sucedería: hubo una gran fiesta. Después de ese día, la palabra vejez murió en los diccionarios, los barrenderos dejaron las calles en manos del viento, los enamorados pusieron nombres a las locomotoras, el alcalde bebió y bailó con las hijas del paletero, los policías corrían por las avenidas jugando a aventarse cubetadas de agua, mi madre y la vecina sacaron sillas a la acera y se les fue el amarillo entre risas y bromas, el párroco vistió ropa de civil y huaraches, yo volé cometas en la playa y Matías era un santo, Matías era la costa, Matías era el milagro de las carcajadas. Aquella noche anunció que la fiesta seguiría mañana y así fue, así por siete días.

Desde aquel domingo hemos tenido locomotoras en el cielo, aves que pintan el arcoíris, plátanos gigantes como sandías, briznas invisibles de miel, los mosquitos desaparecieron, todas las noches hay luna llena e incluso un nuevo brazo le ha crecido, tras una siesta, a don Germán… pero, esta mañana, no ha salido Matías a pregonarnos un milagro. Dice mi madre que anoche alguien le oyó llorar en la cantina que era nuestro último día en la tierra y que, entrada la madrugada, lo fueron a matar.

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