El cuento en cuarentena | El pasillo

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Pajarito de Papel (Atziri Reynoso)

15:40

Un suspiro unísono resuena por todo el lugar. Con la prisa acumulada, toma sus cosas y, sin necesidad de despedirse, emprende su viaje. No hay molestias, todos saben su rutina de cada miércoles. Un tenue repiqueteo se extingue al primer contacto con su cabello, por lo que decide caminar lo más rápido posible.

15:45

Alguien se resbala a su lado, evita soltar la carcajada y decide ayudar a recuperar poco a poco la dignidad de aquella chica. Qué desgracia: su libro se ha mojado, al igual que su mochila y gran parte de su pantalón. Siente pena por ella y le pone una pequeña toalla al lado, viendo de reojo su reloj, sintiendo el peso del tiempo encima. Sin despedirse, otra vez, se levanta y continúa su trayecto.

15:50

Odia los paraguas; sin embargo, siempre encuentra uno en la mochila, escondido al fondo junto a los cuadernos de Literatura y Biología. Corre por el pasillo para resguardarse de la llovizna, está a punto de llegar hasta su destino a tiempo, pero un señor de rostro envejecido llama su atención. Espera pacientemente el cesar de la lluvia a un lado del bebedero techado, lleva únicamente un suéter delgado y su portafolio como armadura contra las frías gotas. Sin pensarlo dos veces, corre inmediatamente hacia él y le da un buen uso por primera vez a aquella sombrilla azulada. Agradecido, el señor sonríe, le da un par de palmaditas en el antebrazo (su versión de hombro) y camina despacio como si el tiempo estuviera bajo su mando.

Sin darse cuenta, una sonrisa se asoma entre sus labios, desconoce su origen, puede ser por su buena acción o por el alivio de cargar algo menos, que su espalda le agradece; pero aquella desaparece al reclamo de la hora marcada. Recoge su mochila mojada y corre lo más rápido que puede.

15:55

“Permiso”, “disculpa” y “perdón” son las únicas palabras apenas perceptibles proviniendo de su boca. Empapado hasta los calzones y sin aire, sabe que el tiempo lo persigue. Por fin consigue llegar a la parada, bendito sea el señor, comienza a  sentir alivio; sin embargo, aquel es sustituido por frustración al ver la gran fila que le espera. Tiene que tomar el camión de las 16:00, sea como sea, es su única oportunidad de verla. Poco a poco crea un lugar entre la multitud y durante la espera se pierde pensando en el cabello corto, la nariz pequeña y la sonrisa cálida que hacen válidas cualquier  pena. Su timidez es grande, pero eso no le impide poder apreciarla cada ombligo de la semana subiendo al mismo autobús y yendo al mismo destino a la misma hora. Procura llegar antes para conseguir hablar con ella, mas la suerte casi nunca está de su lado; está decidido a hacer las cosas diferente el día de hoy: al diablo la suerte. O al menos eso se dice.

16:00

En algún punto de su vida le habían dicho que viajar a la luna era una aventura peligrosa y esta misma tarde lo está comprobando. Navegando en sus pensamientos, olvida completamente su existencia formada y gente disgustada comienza a esquivarlo; al aterrizar de su viaje, se percata de su error e intenta recuperar su lugar en la fila, pero la suerte lo castiga por maldecirla haciendo imposible llegar a la puerta. Su esperanza va cayendo más y más al ver más y más gente en el camión y, cuando por fin llega su turno, la puerta se cierra en sus narices. Suplica con la mirada al conductor en un último intento desesperanzado; sin embargo, no recibe una respuesta.

Con la dignidad por los suelos y los lentes empañados, está listo para regresar a la cola cuando la puerta se abre inesperadamente: aquel rostro familiar añejado por los años le sonríe y le tiende la mano; en ese momento, se dice a sí mismo que aquel hombre es Dios invitándolo al paraíso.

—¿Este es el chico del paraguas, abuelo? —pregunta el conductor.

El anciano mueve la cabeza como asentimiento e inmediatamente le hace espacio para que él pueda pasar. Se sienta en el primer lugar que ve desocupado y mira a su alrededor para ver alguna señal de ella, entonces un pequeño manto le bloquea la vista; al quitarlo, se percata que es aquella toalla que le había dado a la chica de los libros mojados, gira su cabeza y se encuentra con unos rizos pelirrojos, acompañados de una sonrisa feliz. Regresa la mirada al frente, dispuesto a abandonar su plan de aquel día, cuando un pequeño estornudo interrumpe su decisión. Mira a su lado izquierdo y se convence de estar realmente en el paraíso: una pequeña cabecita con cabello corto, nariz pequeña y labios diminutos se resguarda entre las manos en búsqueda de calor; las gotas corriendo por su rostro le dan a entender lo mojada que está. Haciendo caso a sus impulsos, saca inmediatamente la chamarra que nunca ocupó y se la extiende como saludo: es malo con las palabras, mas con las acciones no.

Lo mira desconcertada por un instante, toma la chaqueta sin vacilar y le sonríe cálidamente; la extiende entre ambos, de tal manera que les brinde calor al menos en las piernas, aunque él ya siente suficiente calidez en su corazón.