El cuento en cuarentena | Esos días

Foto de Gerd Altmann en Pexels

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Adriana Colón

La noche había sido silenciosa o lo que puede serlo en el campo: a lo mucho un gallo que despierta de su sueño y, antes de que caiga en cuenta que faltan horas para el amanecer, se echa un canto perdido o el monótono sonido de los grillos que de tanto ya no se les oye. En medio de tal quietud, se escuchó una tos, una escandalosa tos, con estertores y todo, continua y molesta.

A X la despertó la intensidad de esa tos, tan nítida que le fue fácil distinguir que provenía de uno de los chalets tipo suizo levantados en lo que fuera un terreno de siembra de maíz, que colindaba con su propiedad. Además de ruidosa, esa tos era preocupante. No había duda: ese hombre, porque esa tos no podía provenir de una mujer, estaba enfermo y, lo peor, había llevado hasta este paraje solitario la terrible epidemia que asolaba a otros países y que amenazaba el suyo.

En ningún lugar se podía estar a salvo… ¿o sí? Tal vez si avisaba a las autoridades, estas tomarían las medidas necesarias y lo llevarían al hospital o lo aislarían. A mitad de la noche, X tomó su auto, recorrió el kilómetro y medio que la separaba del pueblo y tocó a las puertas de la ayudantía. “¡Hay un contagiado en nuestro pueblo! ¡Los signos son claros!”. El ayudante no iría, a tales horas, a comprobar la noticia de la señora.

La salud no puede esperar; si hace falta ir hasta presidencia, ahí iré, pensó X: en la cabecera municipal sí sería escuchada. Diez kilómetros después encontró autoridades despiertas que tomarían cartas en el asunto. “Gracias por el reporte. Antes avisaremos al ayudante: que no se diga que pasamos por alto su autoridad”.

Y ahí van: si había un caso de contagio, ellos responderían como se debía. Treinta minutos después ya estaba la comitiva municipal, con el ayudante del pueblo y sus segundos a bordo, frente a los inacabados y tan fuera de lugar chalets, gritando para que se les abriera, para que el denunciado diera la cara. Asomó un trasnochado vigilante: su jefe no saldría, no estaba en condiciones.

—¡Pero debe salir!

—Mañana que se encuentre mejor lo pueden ver, ahora no puede.

Decepcionada, la comitiva volvió a sus camas.

—Rosita, ¿ya supiste que hay un infectado entre nosotros?

—Sí, Linda, me enteré. Mi yerno averiguó y sí, hasta en el feisbuc lo confirmaron. Es el dueño de los chales, allá al fondo.

—Ay, manita, eso nos pasa por recibir gente de fuera.

—¿Y ya fueron las autoridades?

—Sí, pero no salió. Dicen que van a ir ahorita y de que sale sale.

—Pues, vamos, ¿no?

Ahí van las autoridades municipales y las del pueblo, todos en sus camionetas, ahí van los curiosos a pie.

—Ese señor no debe estar ahí.

—Ahora sí no puede negarse a salir.

El vigilante dio aviso al patrón:

—Lo buscan los mismos que vinieron anoche.

 Y ahí, frente a ellos, está el infectado.

—Qué mala cara tiene el hombre.

—De que está enfermo, está enfermo.

—Que era la cruda, que no está infectado.

—Ah, pues nos debe una disculpa: tan fácil que era haber salido ayer.