Antología

El cuento en cuarentena | Hoja de otoño

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Daniela Perlín Vega

Se fue la luz. Carmen, a pesar de la hora, continuaba despierta, pues hasta ese instante había estado ocupada en un libro; con una pálida sensación de angustia en el pecho, reminiscencia de un temor infantil, fue a la cocina y buscó a tientas el encendedor, esperando no tirar por accidente alguno de los trastes. Luego de conseguir el objeto requerido, se alumbró un poco con el fuego para seguir revolviendo en la alacena hasta que pudo encontrar su cajetilla de cigarros. Encendió uno y observó a través del cristal de la ventana: la lluvia de la madrugada logró distraerla por un momento. Cristian se levantó de la cama luego de escuchar los ruidos y, al notar que los focos no prendían, recurrió a la pantalla de su celular.

—No me gusta el brillo de los aparatos. Me lastima los ojos, mejor apágalo —pidió Carmen cuando lo vio entrar a la cocina.

—Ok, pero lo mismo pido para tu cigarro.

Quedaron a oscuras ambos, exceptuando la flama del encendedor. Cristian recordó la pequeña vela aromática que alguna vez le había regalado a Carmen y fue a sacarla de la vitrina. Se sentaron en el suelo y pusieron la vela en medio de ellos; al encenderla, la joven por fin pudo descansar sus dedos de mantener la presión en el encendedor.

—Me gusta la oscuridad más que la luz porque así podemos ocupar velas —comentó Cristian.

—Te equivocas; si ese es el caso, no es que prefieras la oscuridad.

—¿Por qué lo dices? —preguntó él, haciéndolo más para mantener una conversación con Carmen que por satisfacer su curiosidad.

—En el día no puedes ver la luz ya que está por todas partes y eso, paradójicamente, la oculta; en cambio, las velas te permiten mirar. Significa que aprecias tanto la luz que disfrutas contemplándola, aunque solo se trate de un resplandor diminuto. Así, la oscuridad se convierte en un simple medio —contestó Carmen, con la vista fija en el fuego.

—Tienes razón… Entonces, tú eres igual que una llamita de vela para mí —dijo Cristian, con algo de nerviosismo en la voz.

—La clase que das mañana comienza temprano. Las que me tocan a mí son más tarde, así que no tengo necesidad de acostarme ahora, pero tú deberías ir a dormir —sugirió ella en un tono que más bien pareció de orden.

—Quiero quedarme, no importa. Sé que aún te da miedo la noche, no por nada dormimos siempre con los focos encendidos.

—A las luces de las velas no nos puede dar miedo la noche, sería ilógico. Ve a la cama —insistió Carmen, fingiendo una sonrisa.

Creyó que si le seguía la corriente con el asunto cursi de la vela, Cristian accedería a irse, pero no fue así: acabó dormido con la cabeza recargada en las piernas de Carmen, siendo observado por ella en medio de la penumbra. El cabello castaño de Cristian esta vez se veía negro y las pestañas se le notaban incluso más largas debido al efecto de la sombra. Conforme pasaba el tiempo, el suelo de la cocina se enfriaba, lo cual, aunado a la inmovilidad, entumecía las piernas de la joven.

De no ser porque de verdad odiaba la oscuridad, casi hubiera sentido alivio cuando la vela se consumió totalmente: aunque el olor era agradable, después de un rato ya la había fastidiado. Deseó no haber guardado su cajetilla de cigarros y poder disipar con algo de humo el aroma que había dejado la cera derretida, quiso al menos haber abierto la ventana a pesar de la lluvia y se arrepintió incluso de no aceptar la luz del celular de Cristian; el aparato se había quedado sobre la alacena, pero si se movía para ir por este terminaría despertando a su novio y tendría que escucharlo hablar de nuevo.

Carmen llevaba dos meses buscando dónde mudarse; sin embargo, ningún lugar la convencía. No quería convencerse. En el fondo, sabía que solo se estaba poniendo pretextos. «Maldita indecisión», susurró para sí misma y tuvo miedo de escuchar su voz en la callada oscuridad de la cocina. Sintió que la recorrían escalofríos al no poder evitar recordar aquella vez, hacía años, en que se cayó a una coladera; no tenía en la memoria exactamente la manera en que logró salir, aunque la peste y la negrura del lugar seguían en su cabeza, así como la sensación de haber permanecido un largo tiempo atrapada gritando por ayuda.

Al fin, la luz del amanecer entró a la cocina. Cristian se movió sin despertarse, como si estuviera en medio de alguna pesadilla. «¿Cómo dejarlo?, ¿cómo no hacerlo?»». Carmen estaba cansada. Él era demasiado sensible: fácilmente lo embargaba la tristeza o el temor, ya fuera a causa de la lluvia, que ella fumara, el otoño… y se alegraba por boberías, como gastar su salario de maestro en una vela aromática en vez de ahorrar para pagar el alquiler del departamento. Al principio fue fácil enternecerse, hasta que descubrió que más que una novia parecía su madre. Al menos ella tenía una fobia definida y con motivo, pero a Cristian cualquier cosa lo alteraba, deprimía o conmovía, a veces todo al mismo tiempo. Carmen no podía hablar demasiado con él porque sabía que en algún momento terminaría quebrando algo en aquella delicada mente sensible, siempre había que andar a tientas tratándose de Cristian, ser cuidadosa: era igual a caminar a oscuras; no entendía por qué estaba viviendo así con él cuando no sentía que fuera su responsabilidad. 

En la tarde, Cristian volvió de la escuela, algo extrañado debido a que su novia no había llegado a impartir ninguna de las clases que le correspondían. A excepción del cigarro que ahora llevaba Carmen en la mano, la encontró tal y como la había dejado por la mañana: aún sentada en el suelo de la cocina, ojerosa, vestida con la piyama y llevando el cabello rojizo enmarañado. Al verla, Cristian pensó en las hojas otoñales caídas en la acera que había visto en su camino al departamento, las cuales a pesar de parecerle bellas le generaban cierta tristeza y miedo, como solía ocurrirle con aquello que escapaba de su comprensión. Tratando de recuperar el entusiasmo, mostró el objeto que llevaba en las manos.

—La traje por si hay un apagón de nuevo, el vendedor dijo que tiene un buen aroma.

Carmen suspiró al ponerse de pie. Le pidió a Cristian que guardara aquella flor de cera en la vitrina, mientras ella abandonaba la colilla en el cenicero. La joven avanzó luego a refugiarse en la ventana, observando el espectáculo que no había podido distinguir en la madrugada debido a la oscuridad: pudo ver, gracias a la luz del sol que se filtraba a través del cielo nublado, a las hojas desprendiéndose de los árboles, cómo iban alejándose cada vez más del ramaje enredado, a veces descendiendo y, a ratos, volviéndose a elevar por encima del pavimento, en el aire, cada vez más lejos.

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