Antología

El cuento en cuarentena | Mal del puerco

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa MagazineTintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Javier Norberto Muñoz

En la cama despiertas. El mal del puerco ganó otra vez, te desarmó los ojos y te llevó la sangre al estómago. Lo normal si no sales, lo normal, es atascarse como animal. Y por eso te duele la cabeza, tienes seca la garganta, la boca pastosa y ganas confundidas de ir al baño. Lo único que se te antoja es una aspirina, servirte agua, deshacer la comida que está causándote el dolor de cabeza; eso piensas antes de enderezarte de la cama: lo intentas, la cabeza te pesa. Cierras los ojos, te apoyas con las manos, respiras. El dolor de cabeza respira dentro de tu cabeza. Te giras. Pisas el piso, descalzo: primero el pie izquierdo, después, como es normal cuando te atascas como puerco, el derecho. Te pones de pie. La misión empieza: llegar hasta donde la aspirina, sacarla de su cajita, romper el empaque con cuidado de no romper la efervescencia antes de tiempo, dejar pasar todo el tiempo necesario para diluirla, tomar ese borboteo, dejar el vaso abandonado y, por fin, ir al baño; pero no puedes, ni vas a poder: hoy no. No puedes moverte. El suelo te está apretando, succionando, deteniendo. Tus pies son absorbidos. Lentamente, lentísimamente, te hundes en el piso. El piso de tu cuarto es cajeta de concreto. De buenas a primeras, del sueño a la vigilia, el mal del puerco no te va dejar jamás. El mal del puerco ha mutado, ha llegado a un nuevo estadio. El mal del puerco es quedarse por siempre fulminado. Ya infectó el suelo, tu piso, tu cuarto. El piso de tu cuarto chicloso. Tus pies hundiéndose en la cajeta de tu cuarto. ¿Y ahora? Ni gritar puedes, pues te sigue doliendo la cabeza. Estás condenado. Serás estatua enterrada. Entre el techo del vecino y tu piso, quedarás repartido. Con las migajas de razonamiento que te quedan, agitas los pies, piensas que es la mejor idea: el movimiento es vida, te dices, por qué esta vez sería diferente. Pero no euclidianamente, los pies se te sumen más en el piso-cajeta. Te come tu piso. La cerámica licuada por tu peso y movimiento ya te está llegando, como calcetas alargadas, hasta poco más arriba de las rodillas. Esto ya no es un hundirse lentamente, es caer de plano. Y nada te salva. Ya tus piernas son concreto. La cabeza te palpita duro, más fuerte. Hiperventilas. El dolor es más fuerte. Se apretuja tu vientre. De repente el tronco es duro, sientes cómo se ciñe a ti la cajeta, en abrazo de dulce de leche: adiós a la respiración de diafragma. Las brazos los alzas, como queriendo alcanzar una cuerda, el lodo te empieza a llegar al cuello. Tu cabeza está por reventar. La única respiración que te queda es la de los hombros. Estás cubierto en un 90 por ciento. 91, 92, una sola mano arriba, agitando el aire que escupes por la boca. 93, ya llegaste a la respiración de cabeza. 94, tus manos haciendo todo por echarte abanicadas de aire. 95, la boca revocada, no más palabras. 96, tu bigote es de cemento, el último respiro de la nariz comienza y que dure lo que tenga que durar. 97, la nariz petrificada. 98, los ojos, la frente, el entrecejo, inmóviles. 99, faltan las puntas de los dedos, con el último suspiro tu mano da patadas de ahogado, agarrándose del filo de la cajeta. 100, parpadeas, allí adentro de tu cabeza dura. Se te funde el lugar de la ideas. Se funde. Se apaga. Ya dio de sí. Dio de sí todo tu cuerpo. El estómago se muere dentro de ti de la vergüenza. Todo es su culpa. El mal del puerco te petrificó así. Qué rica la muerte de cajeta. Y de golpe, volviendo a la vida, el estómago se desgracia, vomitas, vomitas insoportablemente, vomitas como nunca antes alguien ha vomitado, nada ni nadie puede detener tu erupción de jugos gástricos. La cajeta se pandea, cede al peso de tu vuelta a la vida en forma de vómito inaudito y ahora te vomita a ti la cajeta de cemento: caes en el cuarto del que vive abajo, quien te dice «¿Conque otra vez mal pasándose, vecino? Ya bájale a su desmadre».

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