El cuento en cuarentena | Éxtasis

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Mónica Castro Lara

Desde el suelo observo la vela casi extinta y, tras un rato, decido apagarla, ya que su luz me fastidia: los días en completa oscuridad en la celda de exclusión hicieron estragos en mis ojos. El frío del piso alivia el dolor de mi espalda y de la piel abierta tras los cien azotes, tardarán tiempo en cerrar. Me incorporo. Débil, echo un vistazo a mi alrededor y, sin pensarlo, comienzo a arrastrarme lentamente hacia el banco que está junto a la mesa; impulsándome con lo que creo son todas mis fuerzas, logro ponerme de pie. En mi afán de vencer a las gotas de cera que se derraman en la madera de la mesa, olvido el cilicio que tengo atado a mi muslo izquierdo y pierdo completamente el equilibrio. Mareada por el intenso dolor y de nuevo a rastras, me acerco a la mesa y, colocándome frente a la vela, la apago con un soplido violento: me invade una satisfacción bastante patética.

Extrañaba mi celda, el olor a humedad ya no me resulta tan desagradable. Toco débilmente mi cabeza y recuerdo con nostalgia la longitud de mi cabello ahora inexistente, así como las noches en las que mi hermana y yo lo cepillábamos al menos unas cuarenta veces. Desde que llegué al convento, a petición de mis padres y de la madre priora, Sor Lourdes es quien lo corta, dejando como marca personal irritación. Lloro. Mi cuerpo no soportaría un encierro más; sufrí tanta hambre y frío que no volveré a confesar estos pecados que, bien me han dejado en claro, son de gravísima culpa. ¿Acaso tenía que callarme todo lo que sentí aquella noche?, quizá; pero los votos dicen «en cuerpo y alma» y así lo sentí: un dolor físico, espiritual, orgásmico. Mi respiración se acelera. Alzo la vista y lo miro fijamente en el crucifijo, iluminado sutilmente por la luz de la luna mientras mi cuerpo, una vez más, comienza a levitar.