El cuento en cuarentena | Una tarde en Ciudad del Carmen

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Por José Borges

Esa tarde salió de su casa con setenta pesos en la cartera. Se había cepillado muy bien los dientes y perfumado de pies a cabeza. La vería por fin y eso le alegraba el corazón. Cuando llegó al malecón las ráfagas de aire le refrescaron el rostro, el cielo se teñía naranja y unas cuantas nubes coloreadas en sus contornos permanecían inertes como en una pintura renacentista. Miró la flotilla de barcos petroleros esparcida en el agua e irremediablemente pensó en piratas. Mecíase con leves crujidos la palmera encima de él, un olor a pescado frito impregnaba el ambiente pues la marisquería “el bucanero” estaba abarrotada de familias recién salidas de la misa vespertina. Decidió dar un paseo para matar el tiempo, pues faltaba aún para el evento y no veía a Karen por ningún lado. Comenzó a meditar. 

“La vida en Ciudad del Carmen es… cómo decirlo, un rayo de sol incandescente que las burbujeantes faldas de la ola desbarata. Aquí huele a sal el aire y el chisporroteo de la ola contra la piedra retumba los oídos hasta cuando duermes. Pensar en nuestro pasado es pensar en una isla mancillada por bucaneros y piratas. Una isla que bajo su carne esconde todavía tesoros inimaginables. Pensar en Ciudad del Carmen es pensar siempre en el mar y en los ojos de mi madre. Mirar el horizonte acostado en la hamaca mientras el cielo envaina sus últimas espadas de luz. Abrazar bajo la noche inmensa a una mulata y regalarle la luna. Esto es… ¿Esto soy yo?”

Se detuvo justo enfrente de Stella Maris y se dio cuenta que ya había soñado con ese momento. Perdido en sus divagaciones consumió toda la estatua con la vista. Majestuosa estatua de la virgen de Carmen que se postra en medio del malecón con las manos abiertas para proteger a sus hijos. Luego comenzó a caminar sin rumbo, mirando siempre a su alrededor, tratando de encontrar a su amada entre la gente que se reunía en la heladería La Michoacana. Revisó el último mensaje que ella le había mandado: Bailo en el malecón a las seis, ¿irás a verme?  Y él: Ahí estaré, amorcito. Luego plasmó su vista en el mar, con ganas de responder una pregunta que aún no había sido formulada, le pareció ver a lo lejos una aleta brillante de delfín y sonrió. Una pareja de ancianos pasó a su lado, parecían salidos de algún álbum viejo y olvidado. Inevitablemente pensó en Karen. 

“A veces tengo la sensación de que llevo toda una vida junto a ella. Que siempre vamos a estar juntos. Porque ella es una parte de mi yo. También tengo la sensación de que apenas la estoy comenzando a conocer, como si sus rasgos: esa cara redondeada como una toronja, esas cejas de ébano que me recuerdan tanto a su padre, esos ojos tan, tan inigualables y esa figura, esa esencia de mujer que mana de su cuello se hubiera borrado para siempre de mi mente. Disfruto olvidar su rostro por un momento para después recordarlo y recordarme aún más enamorado.”

El mar seguía con su cantar de olas desgajándole recuerdos a la memoria. Esos primeros acercamientos, tan remotos y brumosos como el día en que conoció a su madre. Aquellos sábados ardientes en que salían de la casa con el termo de agua, la toalla al cuello y la recámara de llanta inflada bajo el brazo. Sus padres preferían quedarse a descansar pero los niños insistían con tal fervor y tantas lágrimas de cocodrilo derramadas que  no les quedaba de otra más que ir a la playa. De nuevo la misma excitación y júbilo que sentía diez años atrás cuando sus piececitos desnudos se enterraban en la arena tibia y se deslizaban tan libremente como una gaviota en el aire, chuseando con una vara cuanto caracol se topaba en el camino. Entonces se distrajo viendo al pescador que pasaba como alma que lleva el diablo en su lancha. Unos pelicanos bribones le seguían ansiosos de rebatarle el codiciado y escamoso botín. 

“Faldas de espuma. El mar trae consigo viejas esperanzas y promesas mermadas. El mar destapa su piel tersa y delicada cuando el húmedo vestido se desliza entre sus senos, clara sensación de tocar las nubes, lamer el cielo. El mar abraza con cerúleos brazos mi pequeño corazón atiborrado. El mar… el mar está lleno de agua.”

A lo lejos se escucharon las melodías extraviadas de una marimba. Se dirigió inmediatamente al lugar donde los ruidos distorsionados cobraban vida. En pocos minutos el pequeño patio de la plaza se había apelotonado de curiosos y transeúntes. Alcanzó a pararse en una banca y sintió ese habitual revoloteo de mariposas en la panza que sienten todos los enamorados cuando miran a su amada. Apenas Karen lo vio y comenzó a sonreír por cualquier cosa desde su lugar. “Muy buenas noches querido público, acérquense que ya vamos a comenzar” vociferó el maestro de ceremonia lanzando una llovizna de saliva contra el micrófono. Y él no le quitaba la vista de encima a la hermosa Karen.

“Allá está ella con sus amigas, habla, ríe, cuchichea. Desde aquí pareciera que no está enamorada. Allá está ella con su traje de campechana, con su falda enzarzada de blanquísimos y encrespados encajes. Su blusa bordada y altiva con el escudo regional estampado en el escote y sus majestuosos moños cárdenos surcándole la trenza. Cuando camina sus collares, todos del más fino oro o la más espléndida plata, trinan una canción religiosa. ¡Ay pero que chula se mira Karen desde la tarima! Zapateando con esmero al son de una guaranducha o de un jarabe cubano, bailando con su canastita de guayas bajo el brazo el tan conocido y tarareado: Esto es Campeche, señores.”

El evento terminó a las siete y media de la noche. Acordaron dar un paseo tomados de la mano mientras se asombraban mutuamente al observar como el mar iba ingiriendo paulatinamente al ahora pequeñísimo astro rey. Ya las primeras estrellas velaban la recién nacida luna. 

Iban hablando sobre cualquier cosa, sonrientes, siempre dados a celebrar con un beso cualquier comentario. Había oscurecido ya y los barcos anclados en la orilla tenían encendidas sus farolas, dando matices policromos al agua, que recordaba los espectros arcanos de la aurora boreal.

 Terminaron sentados en una banca solitaria donde pegaba mucho la brisa, ella durmiente en su hombro y él peinándole con las yemas de los dedos el cabello, anestesiado por las flechas de cupido. Pensando. Siempre pensando.

“Yo soy un joven torpe e inexperto que no puede ofrecerte nada más que un ramo de mar y una cajita atiborrada de poesía: mi corazón. Puedo mostrarte el sitio donde la luna remoja sus cabellos y donde…”

—Oye, Josué. Le interrumpe la dulce voz. 

—Dime.

—¿Tú me quieres?

—No te imaginas cuánto.

Un cálido silencio vuelve a cerrarles la boca. El mundo se hace más pequeño cuando están  abrazados. Sólo existen ellos en ese momento, nada importa. No importa la bulla que hay en la plaza por el día de nuestra Señora del Carmen. Los cañones que despliegan su estruendoso desgarre en el cielo y el destello fugaz de los cometas.

—¿Apoco no es ésta la noche más hermosa del verano? —suspira por fin el joven.

—Sí. Le contesta Karen.

—Te la regalo.

Vuelven a mirarse fijamente a los ojos sin decirse nada, pero como diciéndose todo. Otro beso y ha llegado la hora de partir. La figura de dos jóvenes amantes se va lentamente diluyendo entre callejuelas oscuras.