El cuento en cuarentena | Hay una enemiga en casa

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[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Alejandra Calixto Sánchez

Me levanté abruptamente después de una merecida siesta para ir, como cada sábado, a mi club de lectura. Esta afición es el verdadero oasis que endulza la acidez de un trabajo burocrático; sin embargo, mi ánimo se vio interrumpido al oír la demoledora frase que rugía por toda la habitación para hacerme desistir del único placer de mi ordinaria vida: “Yo no sé a qué vas a ese lugar, nada más a perder el tiempo hablando de libros; como si eso te sirviera o te diera de comer”.

Escuchaba con impotencia ese discurso por demás hiriente sin tener la valentía de callarlo o por lo menos pronunciar palabras a mi favor… era incapaz de revelarme cuando mi seguridad se reducía al tamaño de un frijol. Salí a prisa con la frustración incrustada en el pecho; mientras caminaba por las calles ruidosas de mi colonia, maldecía a quien me dañaba tanto sin entender el porqué de tal saña conmigo. Pocas veces o, más bien, nunca le escuchaba palabras de aliento.

Todo mi enojo y frustración fueron desvaneciéndose conforme llegaba al club de lectura. Entré con más apetencia que nunca y dispuesta a beberme el aroma de los libros con un café por demás cargado, combinación perfecta para darse sosiego después de haber sido el blanco perfecto de aquellos reclamos que se empeñaban en pisotearme junto con mi verdadera pasión: los libros. 

Al concluir la exquisita tertulia con los textos de Sabines, el regreso a casa me produjo una sensación de malestar, así que pensé en una estrategia para evitar los reproches de siempre: entrar veloz a la habitación, omitir la pijama y escabullirse bajo las sábanas. Todo con tal de no dar la más mínima oportunidad para recibir cualquier tipo de reproche.

Al día siguiente, amanecí con un agudo dolor de garganta; no hice caso, preferí salir tan a prisa como pudiera para llegar a la oficina. El trayecto en el rimbombante crucero naranja, los golpes y empujones aderezaron el dolor, el cual se había extendido hasta la nuca cuando llegué a mi jodido escritorio de siempre.  El malestar de la garganta detonó un mal humor que ni yo misma soportaba y, de pronto, el eco del discurso ofensivo allanó mis pensamientos. Apreté las manos ante mi torpeza e ineptitud para defenderme, me enojé conmigo por permitir que la cobardía se impusiera. Sin pensarlo más, acudí con la doctora en turno de la empresa, quien revisó minuciosamente mi garganta; minutos después daba su diagnóstico final: úlcera e inflamación en el ganglio. Frecuentemente padecía de dolores de garganta que aliviaba con aspirinas, pero esa vez fue necesario un antibiótico.

Después de meditarlo mucho, saqué cita de urgencia con el psicólogo que me atendía tiempo atrás, tuve la suerte de que accediera a darme una nueva cita después de abandonar la terapia sin mayor explicación. Se me hicieron largas las horas para estar de nuevo en la sala de espera del consultorio; cuando por fin llegó mi turno, me senté tímidamente en el acogedor sillón. El terapeuta pareció adivinar el motivo de mi repentino regreso a la sesión psicológica, sacó su cigarrillo y, con tono suave, bastó que preguntara “¿Cómo te encuentras en este momento?” para deshacerme en el llanto más escandaloso al mismo tiempo que maldecía a quien me humillaba tanto. El terapeuta dejó que el pesar, el enojo y la rabia salieran como estampida de mi boca. Cuando terminé de hablar, sentí que flotaba. Al cabo de una hora, dejé el consultorio, tenía los ojos hinchados, pero con un alivio como hacía tiempo ya no sentía.

Esa noche, dormí tranquila. Era sábado, desperté con más ánimo que de costumbre, dispuesta a arreglarme, a que nada opacara mi buen humor para asistir al club de lectura más tarde. De pronto, mis oídos retumbaron con el discurso de siempre: “Ahí vas oootra vez a perder el tiempo. ¿Cuándo vas entender?, ¡tonta, eres una tonta además de necia!”. Permanecí parada, esta vez sin enojarme, al contrario; con tono pausado y firme, por vez primera, respondí: “No te reprocho nada, te perdono por lastimarme tanto; ya es momento de aceptarte y que tú también me aceptes”. Hice una pausa para tomar aire y que el valor no se me fuera al caño. Ya había iniciado, no podía dar marcha atrás. Miré mi reflejo en el espejo, sin bajar la mirada, continué con firmeza: “Te quiero porque eres parte de mí y tendremos que aprender a vivir el resto de nuestras vidas juntas”. Terminé la frase con una lágrima de confort deslizándose por mi mejilla y dejé de sentir esa crónica opresión en el pecho. Concluí mi arreglo sin bajar la mirada, sonreí al reflejo que me devolvía el espejo. La enemiga ya no estaba en casa.