El cuento en cuarentena | El plan de una pasión

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Por Tusitala

Los especialistas me dirían que fue amor a primera vista. No lo sé. De lo que sí estoy segura es que empecé a amarte desde el primer día en la universidad. El curso sobre la Doctrina Social de la Iglesia ya había iniciado, cuando llamaste a la puerta. Lo recuerdo como si solo hubiera sido ayer. Entraste, jadeante, con tu cabello corto, tu hermoso rostro, esa barba perfecta y el azabache de tus ojos. Encontraste una carpeta atrás de mí. Estabas tan cerca y a la vez tan lejos, muy lejos. La clase ya no me interesó, tu perfume me  enloqueció.

Han transcurrido nueve meses desde aquel dos de marzo, desde aquellos primeros diez minutos de las ocho de la mañana de aquel lunes. He contado todas las horas y minutos de estos noventa días desde que entraste a esa aula. Hoy lo sé todo de ti. Sé que no eres de aquí y que estás despierto a las cinco de la mañana, como un soldado, para salir a correr por cuarenta y cinco minutos exactos. Sé que no puedes vivir sin el café y que no fumas. Sé que amas el mar y la soledad que te brinda el libro de turno, que nunca te falta. Sé que una o dos veces a la semana sales por la noche a contar estrellas y a comer algo ligero, en el mismo lugar de siempre. Sé que duermes recostado al lado contrario de tu ventana y apenas cubierto, sin importar la estación. Sé qué jabón y champú usas cada mañana para asearte, después de correr. Sé que los domingos no sales de casa y te brindas al onanismo desenfrenadamente. Sé que vives completamente solo y que los sábados por la tarde, cuando vas al cine o a pasear o a algún bar en busca de tu música favorita y tus dos tragos, una mujer llega a tu casa y se encarga de limpiar, acomodar y lavar toda tu vida. 

Lo que no sé es si sabes de mi existencia. No entiendo por qué hasta hoy no usas la prenda que te obsequié y acomodé en tu ropero. No entiendo por qué no has aceptado mi invitación de Facebook. No entiendo por qué no has asistido a las direcciones que te han indicado las decenas de anónimos que he colocado en tu mochila, sobre tu carpeta y en la mesita de tu habitación. No entiendo por qué has empezado a cerrar todas tus cortinas por las noches. No entiendo por qué has devuelto todos los paquetes que te he enviado con los mensajeros de varias tiendas. No entiendo. No te entiendo.

Sin embargo, ya tengo elaborado un plan para dar cumplimiento al sueño de tenerte solo para mí y mi vientre ansioso de tu piel. Las clases se han suspendido a nivel nacional y nadie puede salir de casa más que por una hora al día. Ni tú. Ni yo. Ni la maldita mujer que osaba lavar tus prendas íntimas y planchar tus camisas. Ni ella puede y podrá volver a verte. Jamás. Ya he hecho lo necesario para evitarlo.

La paralización del país culmina pronto y cuando salgas de casa, yo entraré. Cuando regreses, me hallarás dueña de ti y de tu vida. Me conocerás. Sabrás quién soy, por fin. Tal vez, preguntarás la razón de mi presencia pero mis besos acallarán tus dudas. Mis brazos, mis piernas, mi piel y mis placeres te ahogarán en el mar de mis deseos y mi fuego te derretirá. Así será. Ya lo tengo todo planeado. A la perfección. Serás solo mío. Mío. Aunque tu corazón haya dejado de latir y con tu sangre haya pintado un enorme corazón con nuestros nombres enlazados, sobre los muros. Aunque el nuevo día nos sorprenda acostados, juntos, indivisibles y yertos. Sera así. Será perfecto. Aunque tenga que volver a hacer lo que ya he hecho otras veces. 

¡Espérame, solo faltan nueve días!