Cuentos

El cuento en cuarentena | El portal del tiempo

Por Anne Kayve

Santiago, con pesadumbre, miró el reloj de pared y resopló cuando se dio cuenta de que ya faltaba muy poco para que el fin de semana se terminara. No quería que fuera lunes de nuevo ni deseaba regresar a su rutina de siempre pues lo que realmente anhelaba era regresar a la época en la que iba a la preparatoria, en la cual no tenía otra preocupación más que la de pasar las materias con excelentes calificaciones. Con ese pensamiento en la mente, cerró los ojos y cayó profundamente dormido.

Soñó que estaba enfrente de una luz embriagadora y adictiva, que lo incitaba a ir hacia ella. Él, al principio, dudo, pero después tuvo la corazonada de que tenía que hacerlo así que se acercó y entró en ella. Cuando lo hizo, todo desapareció a su alrededor y se volvió blanco.

Cuando se despertó, se sintió muy ligero y feliz, por lo que aventó las cobijas a un lado con mucha energía y se alistó para trotar un poco antes del trabajo. Sin embargo, al lavarse los dientes y mirarse al espejo, vio que un gran milagro había pasado: su deseo se había hecho realidad pues ahora su cuerpo era de un chico de 17 años.

Lanzó un grito eufórico y bajo a la cocina, en donde vio que su madre estaba preparando el desayuno.

-¡Santi! ¿Qué mosco te ha picado? ¿Tú levantándote temprano en un lunes? ¡Es una buena broma! ¿Te drogaste?

Ante tal ocurrencia, él empezó a reír y corrió hacia ella para abrazarla.

—¡Te amo, mami! ¡Te amo! —Le gritó entre lágrimas pues jamás pensó volver a verla. Hace dos años que había fallecido en un trágico accidente de auto.

Ella aceptó el abrazo sorprendida y lo obligó a mirarla a los ojos.

-Sí, te drogaste, ¿qué cosa te has metido?

—Más bien, a dónde me he metido —Aclaró él y le susurró al oído—- ¡A un portal del tiempo! Y ahora, estás aquí, conmigo. Por favor, prométeme que no vas a morir en cinco años. Por favor, por favor, por favor.

La mujer tocó la frente de su hijo para segurarse de que no tenía fiebre y, después, le dio un beso en la mejilla.

—Lo prometo —Le susurró, para seguirle el juego. A lo mejor, ahora sí los videojuegos le habían afectado de más. Se prometió reducir su dosis a partir de ese día —¡Por el momento, apúrate! ¡No quiero que se nos haga tarde!

Santi, sonriente y después de haber desayunado, regresó a su habitación para prepararse. Definitivamente, era lo mejor que le había pasado en su vida e iba a aprovechar esa oportunidad para hacer las elecciones correctas.

—-¡Santiago! ¡No sé cómo lo lograste pero ya es tarde, de nuevo! ¡Baja! —Le gritó su madre y el chico alzó una ceja algo confundido. Algo andaba mal pues, efectivamente, el tiempo no estaba pasando de forma normal.

Agarró su mochila y se metió al auto. Por alguna extraña razón, ahora su mamá también le parecía falsa. Sin embargo, ante ella trató de disimular y cerró los ojos para no mirarla más. Entonces, empezó a sentir una gran pesadez por lo que decidió dormirse en lo que llegaban a la escuela.

—¡Santiago! ¡Despierta!—Le gritó una voz masculina mientras lo movían unas manos.—-¡Santiago! ¡Despierta!

Él, asustado, brincó de la cama y miró a su anciano padre frente a él.

—¿Estabas teniendo una pesadilla? No dejabas de gritar el nombre de tu madre. Yo también la extraño, hijo mío, pero Mónica no va a volver —Dijo y se echó a llorar.

Santiago intentó consolarlo y lo llevó a su habitación. Después, regresó a la suya y se quedó viendo alrededor. Al parecer, el portal del tiempo no existía pero agradeció, sin embargo, haber podido ver la sonrisa de su mamá una vez más.

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