El cuento en cuarentena | El último adiós

Foto de Rakicevic Nenad from Pexels

Por María Guadalupe Otañez Castillo

Nos conocimos aquel día de agosto, mientras comenzaba la puesta de sol, cuando aún las hojas secas y marchitas se desprendían del único árbol frondoso que quedaba cerca de la escuela. Fue tan inesperado, que ni siquiera supe la hora en que llegó, simplemente me percate de su presencia hasta que dijo mi nombre. Puedo recordarlo como si hubiera sido ayer, a pesar de que haya ocurrido hace más de tres años, puedo recordar su sonrisa tímida y su mirada llena de vida, que me volvían loca; aún recuerdo sus manos tomando y acariciando mi rostro; aún recuerdo su voz, pronunciando mi nombre cada vez que hablábamos.

Es curioso, ¿sabes? Porque todo comenzó tan simple como una charla entre desconocidos, desconocidos que, sin saberlo, caminaban juntos hacia la locura de volverse amigos, un par de chicos jóvenes que, aventurándose juntos, iban descubriendo nuevas emociones que los hacían vibrar, que los hacían vivir, simplemente que les nutrían el alma. Así, poco a poco y sin saberlo nos enamoramos perdidamente el uno del otro.

Pasaron los días, las semanas, los meses, los años y aquel árbol bajo el que nos conocimos seguía floreciendo y perdiendo hojas según la temporada, mientras era el testigo más cercano del amor que nos teníamos. Todo era perfecto, nos sentíamos en lo más alto del universo, intocables, invencibles, capaces de todo por amor. Aún recuerdo aquel sábado 23 de octubre, íbamos tomados de la mano, caminando junto al viejo arroyo, platicando y riendo. De pronto Esteban se detuvo frente a mí, me miró a los ojos y prometió que me amaría toda la vida, pero yo no le creí, nunca le creí, porque supuse que solamente estaba alardeando, hasta que llegó aquel espantoso día en el que me di cuenta de que su promesa era realmente cierta y que no siempre las palabras se las lleva el viento. Ese día, fue la última vez que sonreímos juntos.

Tiempo después, comencé a enfermar de gravedad, tanto que no tenía esperanzas de seguir viviendo, pero tampoco tuve el valor para decirle lo que estaba pasando. El último día que nos vimos se acercó a mí con una mirada de total franqueza, tomó mis manos, cerró los ojos y me abrazó. Ese fue sin duda el abrazo más largo y a la vez más corto de mi vida. Mientras me abrazaba, murmuraba tan bajo que mis oídos apenas y percibían sus palabras: “te amo” decía y no podía dejar de decirlo. En aquellos tres minutos que duró el abrazo esas fueron sus únicas palabras, combinando lágrimas con una sonrisa, mientras su corazón latía muy rápido y el mío estaba a punto de romperse. No supe qué hacer ni qué decir, así que simplemente me fui, me fui pidiéndole que se olvidara de mí, porque no quería seguir haciéndole daño.

Entonces, llegó aquel sombrío día, ese que me demostró que Esteban no mentía. El viento soplaba muy fuerte y ambos estábamos debajo del árbol que vio crecer nuestro amor. —No te vayas —me dijo mirándome a los ojos, mientras mis manos acariciaban su rostro. —No me iré —le dije cuando estaba tendida en el suelo, mirando las estrellas. —¡Por favor, no te vayas! —me imploró, abrazándose muy fuerte contra mi cuerpo, mientras corrían lágrimas por sus mejillas. Susurrándole al oído le dije: —Por enésima vez, no me iré, aquí estoy contigo y siempre estaré —. En ese momento llegó Elena, su querida madre, llena de pánico, con un terror que se le desbordaba en la mirada. Llorando desesperadamente y con una palidez poco común en ella, se acercó a nosotros y le dijo: —¡Hijo!, pero ¿qué has hecho?, ¿por qué la has desenterrado? Entonces, con lágrimas en los ojos y sollozando Esteban me miró, diciéndome: —Te dije que te irías y esta vez seguramente será para siempre —.

Han pasado 5 años desde mi muerte y hasta ahora logro comprender que Esteban no mintió en la promesa que me hizo aquel día frente al arroyo, prometió amarme toda la vida y así lo hizo. Siempre fui la luz que hacía brillar su corazón, así como tantas veces él me lo dijo. Pero duele, me duele no poder estar con él, me duele verlo ahí, solo, encerrado, dentro de esas cuatro paredes acolchadas. Me duele escuchar cómo despierta por las noches gritando mi nombre. Me duele el mismo dolor que siente por mí, desde el día en que morí. Me duele aceptar que el amor que me tuvo hizo que lo encerrarán en ese horrible manicomio cuando me desenterró para darme el último adiós.