El cuento en cuarentena | Cuento de Navidad para borrachos sin remedio

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Por Gabriel Ortiz

“Ya viene el niñito jugando entre flores

y los pajaritos le cantan amores…”

Sonaba el estribillo mientras Paco salía de casa a las 6 de la mañana. Tal vez no era tan temprano para ir al trabajo, aun así, le costaba. Es el décimo año consecutivo que no puede asistir a un pase del niño. ¿A quién le interesa el bendito pase del niño?

A Paco le interesaba hace años, desde que su nena chiquita y su mujer salieron de niño Dios y María. Ahora no, hoy en día pasa como si nada y le huye a encontrarse con las mismas señoras que le preguntan por su ex mujer.

Se ha vuelto un ritual, él va abriendo el camino y detrás viene el pase que parece perseguirlo, atrás el palo de rosa, el agua bendita, los pastores y los pétalos. Esos pétalos ‘a-dólar-la-funda’ que hacen basura en la calle. 

Faltan dos días para navidad y todo el mundo se pone loco o eso aparenta. Lo bueno es que hoy le dan su décimo tercero. Obvio, regalos para los pequeños, pero él no tiene pequeños. Tal vez para sus padres, aunque ellos murieron hace mucho. Quizá para su hermano, no, él tiene familia. Siempre se regala cosas para él mismo. Tiene la costumbre de pagar deudas a medias y con el resto obsequiarse alcohol. Todo el que pueda tomar/comprar.

Hoy sale temprano del trabajo, mañana ya no labora. Es el día para darse su presente. No necesita de nadie que lo acompañe, los que están disponibles son unos parásitos. Paco prefiere hacerlo por su cuenta, así ya sabe hasta lo que hará con el chuchaqui. Desde que todo empeoró con su mujer, se le había dado por regresar al otro día con un medio pollo para el almuerzo. Actualmente solo es un cuarto de pollo. Va a volver a casa mañana, porque él bebe en algún bar hasta que lo echen y luego se mete a la antigua casa de sus padres. Casa en la que decidió no vivir, porque no necesita la caridad de nadie, menos de los muertos. 

Cualquier bar donde la biela cueste ‘cinco-el-combo’ y sirvan whisky barato es un buen lugar. Las leyes de ahora no le permiten estar pasadas las dos, así que, luego, a casa de papá y mamá. ¿Quién puede hacerle algo en esas fechas y a esa hora? Hasta los ladrones tienen con quien celebrar. Pero no, también hay choros solitarios, por ejemplo, ese que le robó la mochila. ¡Qué más daba! Puros papeles del trabajo. 

Camino a donde sus padres, había otro solitario, le quedaban dos botellas, cinco dólares, más el dinero para el pollo del otro día; le dio un trago y el billete. 

Entrar a su antigua casa no era difícil. Se lo sabía de memoria. Puerta-salto-ventana-sala. Una vez ahí y desempolvando los muebles se instaló. Trago tras trago hasta que escuchó un ruido y luego tres sujetos entraron a la casa. Simplemente no era su día, su mes, su año, su vida. No quedaba nada fuera del sillón donde estaba, sus botellas y el dinero del pollo que no iba a soltarlo por nada. Así que lo golpearon. Pataditas que acarician, puñetazos como abrazos. 

A Paco le gustaban los golpes, el único contacto que tenía después de tocar la mano de la cajera de la licorería. ¿Qué más podía pedir? Pagó deudas, dio caridad y recibió calor humano. Se bebió la última mitad de su botella de un solo trago. Se fue a dormir todo borracho y sangrante. A la mañana siguiente, vísperas de navidad, no uno sino tres o más pases del niño. 

Los voladores lo despertaron. Se levantó adolorido, tal vez de tanto alcohol y cariño. Salió de casa de sus padres hacia la suya.

“Belén, campanas de Belén

que los ángeles tocan…” 

Iba llegando y escuchó los villancicos, pero no los encontró. Seguía caminando todo mareado cuando vio los pétalos en el piso haciéndole alfombra, recibiéndolo. Continuó hasta que alcanzó el pase del niño. Luego de diez años volvía a ver un pase con sus propios ojos.

“Pero mira como beben

los peces en el río…”

Ni los peces bebían tanto como él anoche. Acompañó a la gente hasta la avenida donde estaba el asadero de pollos. Compró y regresó a casa. 

¡QUÉ IMBÉCIL!

Había comprado un pollo entero. Ni con su ex mujer compraba un pollo entero. Los golpes, el pase y la borrachera hicieron que pensara que aún tenía esposa o que su nena todavía estaba viva.