El cuento en cuarentena|Sin título

Foto de Huỳnh Đạt en Pexels

[Como resultado del concurso “El cuento en cuarentena”, organizado por Palabrerías, con apoyo de las revistas Teresa Magazine, Tintero Blanco y Zompantle, este cuento será incluido en la antología El cuento en cuarentena, la cual podrás hallar próximamente de manera gratuita en la página de Palabrerías]

Por Josimar Medina

Y es que sin luna,
en lo profundo de la noche más oscura,
hasta los demonios tienen miedo.

A Ed Kemper

Estás sentado frente al televisor que dejaste de usar hace muchos años, no sabes a ciencia cierta si sigue funcionando. Miras hacia la ventana que da a la calle y no ves a nadie afuera, solamente el vaivén de los árboles que nadie en el vecindario se toma la molestia de podar. ¿Por qué deberían? Comienzas a sentir un leve cosquilleo en las muñecas que llega hasta la punta de tus dedos. Te preguntas qué será; pero, por lo demás, tu cuerpo está funcionando bien, es solo que no puedes quitar la mirada de la ventana. Allá afuera una realidad habitada de calles y personas muy distinta a la tuya sucede, sucede todo el tiempo. Es como si estuvieras impedido emocionalmente para sentir algo más que una profunda extrañeza y una soledad aterradora.

La mesa, justo al lado de tu cama, te da pistas para salir de tu ensimismamiento: unos aretes que no te pertenecen y una credencial con un rostro ovalado y pálido. Recuerdas a esa joven y sus ojos profundos que te llevaron a la locura. ¿Será la misma? Te da miedo que así sea.

Abajo puedes escuchar claramente un ir y venir de pasos: unas veces apurados; otras, calmados, hasta pareciera que van de puntitas. Comienzas a sentir esa ansiedad que te caracteriza, entonces dejas de escuchar la vida que hay detrás de la ventana. Un sonido acelerado y rítmico se hace presente en tu habitación. Un cosquilleo recorre tu cuerpo hasta que el sudor aparece de repente y el sonido de unas pequeñas gotas cayendo sobre tu alfombra grisácea de improvisto anuncia que estás vivo. En la habitación todo parece tener un desorden perfecto, típico de tu edad: la ropa sucia y limpia tirada por todo el suelo, una cajetilla de cigarros a medio terminar porque te sentiste ebrio de tanto humo que ahora los ves y no puedes hacer otra cosa que sentir náuseas y repulsión, unos libros que apenas y hojeas, gotas para los ojos, pastillas para dormir y fotografías instantáneas de completos desconocidos.

El goteo se acelera cada vez más, así que no puedes resistir un segundo y miras hacia abajo. Un espesor rojo oscuro te cubre las manos, un viscoso color que te permite ver el reflejo de tu propio rostro. Se te acelera el ritmo cardiaco, se te nublan los ojos, intentas desesperadamente ponerte en pie, pero tambaleas. Un segundo intento: caes de rodillas sobre la alfombra, te desesperas, gateas por todo el cuarto intentando averiguar de dónde viene todo esto. Te preguntas si estás despierto y el sonido de las gotas al impactar contra el suelo se queda en tu mente, no lo puedes sacar. Se escucha todo tan real, se siente todo tan real que no puede ser un sueño. De un salto te pones en pie, con los ojos bien abiertos te diriges hacia la puerta y con ímpetu desgarrador tiras de ella  hasta casi romperla.

Vas escaleras abajo a toda prisa, como si hubieras visto a un fantasma, dejas un manchón de sangre por las paredes y el barandal. Escuchas tus propios pasos como si se trataran de un eco en una caverna. Todo está tan oscuro que no puedes distinguir si es de día o de noche porque las cortinas están cerradas. Te das cuenta que has llegado a la cocina, al borde del fregadero un cuchillo afilado y totalmente limpio. Tomas un trapo sucio y te limpias el sudor de la frente, no puedes parar el frenético latido de tu corazón. La sien te arde y estás a punto del desmayo. Llevas ambas manos al borde de la meseta y agachas la cabeza para retener las náuseas.

Un aullido que proviene del exterior te paraliza. Comienzas a deslizarte hasta llegar a las cortinas y de poco en poco las abres: es de noche. Alcanzas a observar a lo lejos una figura en medio de la calle, parece que se tambalea; no, no es así: está bailando en medio de la oscuridad. Mueve las piernas de un lado a otro y extiende los brazos hacia el aire, a continuación, dobla las muñecas hacia abajo y camina de un lado a otro. Viene hacia a ti, estás seguro, se acerca cada vez más. Las luces tintinean y la sombra se alarga un poco más y se detiene justo en la mitad de la calle frente a tu casa. Comienza de nuevo a bailar  y las luces vuelven a apagarse y a prenderse. Hay un estallido, otro y otro hasta que el vecindario queda en tinieblas. Ni siquiera esta noche la luna se molesta en apaciguar a la más profunda y negra oscuridad. Tienes los ojos abiertos y ni por un instante se te ocurre parpadear. Tu corazón late con la intensidad de la noche. No escuchas al viento silbar, ni a los coches escurrirse tras el pavimento, ni a los niños suplicar una y otra vez una hora más de videojuegos, ni a las parejas despidiéndose en el umbral de sus puertas. Ya has manchado la cortina del color espeso y tus huellas quedarán para la posteridad sobre ella; te entra un poco de sudor a los ojos y de prisa tomas el trapo sucio y te lo restriegas. Vuelves a la ventana, la figura ya no está, una intensa respiración  te llega desde la nuca. Sientes un frío que te recorre todo el cuerpo. Intentas gritar pero no puedes; sin embargo, sientes una inusitada calma, unas manos heladas te cubren el rostro y te paralizas. Caes de espaldas sobre la alfombra, no duele.

Despiertas en tu cama y de un salto te levantas solamente para sentir de nuevo un leve cosquilleo y unas manos que se aferran a tu cuello.