El cuento en cuarentena | Hermano

Foto de Mohamed Abdelgaffar en Pexels

Por Daniel Mayorga Hernández

Tengo 17 años y soy hijo único, después de que nací mi madre se vio incapacitada para tener más hijos. Realmente no sé decir si tengo la fortuna, o la desgracia de ser solo yo en mi familia. 

Desde que puedo recordar siempre había deseado tener un hermano pequeño, si me preguntaran porque, no sabría con certeza qué responder. Es solo que me interesa saber qué se siente ser el hermano mayor de alguien, poder jugar a las peleas y ganar, otras veces dejarse ganar, la ansiedad de saber qué se siente, el cómo podría ser… Eso era por lo que yo quería un hermanito.

 –¡¿Estás loco?!– me dijo un amigo. –¡Estás viviendo en la gloria! ¡No hay nada mejor que ser hijo único!, ¡los hermanos simplemente lo arruinan todo! Te quitan tus cosas, hacen maldades, te culpan por ellas  y tus padres siempre les creen. Estás mejor así, créeme, te lo dice alguien que tiene hermanitos. Deja de decir estupideces y disfruta que tus padres son solo para ti.– Así recibía comentarios tanto malos como buenos. De todas maneras eso no hizo diferencia en los planes que el caprichoso destino tenía, lo deseaba con toda el alma pero por algún motivo Dios me lo negó. Inclusive llegué a molestarme con él por eso, pero a fin de cuentas el tiempo se lleva las cosas y efectivamente se llevó esa idea, junto con mi infancia, que de igual manera transcurrió normal, feliz y plena. Definitivamente no me arrepentía de nada. 

Llegó la secundaria, tareas y amigos, después, preparatoria, más amigos, una que otra novia. Todo lo anterior se acumuló, sepultando la idea del hermanito que tanto ansié y jamás tuve, por años jamás volví a mencionarlo, pero de vez en cuando aún lo pensaba, pero no me molestaba en decirlo, sabía que a nadie le importaba. 

Hubo un día en que me tuve que quedar más tiempo que el de costumbre en la preparatoria y les dije a mis amigos que se adelantaran y yo los alcanzaría después. Pasaron las horas y cuando dejé la escuela ya era cercana la noche, me había demorado más de lo esperado. Estaba seguro de que mis amigos se habían percatado de ello y habían dejado de aguardar por mí hace mucho rato. –Total. Ya me disculparé con ellos por haberme tardado.– Pensé mientras caminaba por las solitarias calles que tenía que recorrer en el transcurso a mi casa. A medio camino, en una intersección me topé con un niño solitario.  –¿Qué haces aquí niño?– Definitivamente era más que extraño ver a un niño que seguramente no rebasaba los seis años completamente solo. La única explicación que llegaba a mi mente era que tal vez se había extraviado. –¿Estas perdido?– Pregunté más por curiosidad que por preocupación. Siendo sincero mi inquietud no era grande, ya que no era familiar mío, no veía por qué habría de sobresaltarme por él. El niño solo me miró, pero no respondió. Parecía tan despreocupado como yo, en sus ojos no se apreciaba la característica tristeza de un niño pequeño que se separa de sus padres, solo había alegría y una estereotipada inocencia que es difícil de creer en los niños de hoy en día.

–¿Y tus padres?– De nuevo no hubo respuesta de su parte. –¿Tienes hermanos?– Una vez más, silencio. En otras circunstancias, viendo el estancamiento de la situación probablemente ya me hubiese ido, pero, de último momento, una pregunta se escapó de mi mente y se volvió una fugitiva saliendo de mi boca. –¿Eres hijo único? – Esta vez respondió positivamente agitando la cabeza de una manera tan efusiva, que podría pensar que se guardó todas las respuestas anteriores para darme tan particular ultima contestación.

 Automáticamente, luego de su respuesta, sentí que una conexión que no se había hecho antes se realizó y quise quedarme más tiempo con él.

 –¿Quieres ir al parque?– Afirmó con la cabeza alegremente y hacia allá nos dirigimos. 

Desde ese día y al paso de unos más mi cariño hacia él creció. Llegó a convertirse en el hermanito que tanto deseé. Me emocioné tanto que jamás volví a cuestionarme de donde había llegado, mi deseo se había cumplido y eso era lo único que importaba. Siempre me acompañaba, me esperaba en el pórtico de la preparatoria a la hora de salida, de ahí íbamos a comer, a jugar, a comprar helado, o simplemente a perder el tiempo. Me acompañaba a casa y cuando mis padres no estaban jugábamos videojuegos, o veíamos televisión. Todo era secreto puesto que sabía que mis padres no permitirían que se quedara, después de todo, no era como encontrarse un perro en la calle. 

Todo parecía tan perfecto que suprimí, al menos por un tiempo, la sensación de incomodidad, nerviosismo o incluso miedo que de vez en cuando me provocaba. Desconocía por qué era, pero como dije, no le daba importancia. Creí que con el tiempo desaparecería, pero lamentablemente no fue así. Esa sensación fue creciendo exponencialmente y empecé a querer evitarlo. Fue gradual, primero nuestro tiempo de convivencia se fue acortando, al igual que los juegos. Ya no me gustaba hablar con él, llegamos a los silencios absolutos y aunque empecé a ser cruel con él para alejarlo, no se iba ni se ofendía, solo me miraba igual de alegre y me abrazaba… Si todo eso eran señales indirectas de mi aversión hacia él, ese niño no era capaz de comprenderlo. Luego llegué a evitarlo por completo. Al verlo afuera del pórtico me escabullía por la puerta trasera de la preparatoria y escapaba junto con mis amigos a lugares a los que creía que no me encontraría y aunque no lo veía en las cercanías del lugar, no podía evitar sentirme observado por él. Volteaba hacia todos lados esperando encontrarlo y ver esa expresión alegre que me taladraba mis ojos y llegaba a mi cerebro provocándome enojo y frustración… ¿Por qué mientras más feliz era el, más miserable era yo? Sentía que robaba mis energías con solo mirarme y, al tocarme, una gélida sensación me invadía, llegando hasta mi interior. Me volví paranoico, inestable, no podía dormir por el solo pensar que él estaría allí en algún lado. Llegué a tal grado que mis amigos lo notaron y comenzaron a preocuparse. Les conté sobre el niño, pero ellos jamás lo vieron, así que era lógico y predecible que ellos nos fueran a creerlo. 

–¿Niño?, nosotros jamás vimos a otro niño contigo… Deberías descansar, dormir un poco, realmente te ves mal amigo.– Asentí simplemente para que se callaran, no quería que me dijeran qué tenía que hacer. Después de un rato, opté por irme, no me sentía nada bien. 

Al llegar a mi casa noté que las rejas tenían candado, lo cual quería decir que mis padres no estaban en casa. Metí la mano a mi bolsillo en busca de mi juego de llaves y de reojo lo vi, justo en la esquina, a uno 10 metros de distancia estaba él, mirándome fijamente. Solo sonrió y esa sonrisa se volvió un catalizador para el estallido de mi locura. Pateé la reja y comencé a gritarle. –¡Que rayos quieres aquí!, ¡vete, te odio, maldito niño, te detesto, largo!– Los alaridos eran acompañados por imágenes en mi mente de cómo yo asesinaba a ese niño, de mí acabando con su vida arrancando esa maldita sonrisa de su rostro, sacándole los ojos para que no pudiese volver a mirarme con tanta alegría e inocencia, cercenando sus brazos para que dejara de abrazarme, descuartizándolo físicamente y también su alma, asegurándome de que no pudiese volver de ningún modo.

 –¡Largoooo!– desgarré mi garganta con ese último grito. La desesperación se materializó en mis ojos en forma de amargas lágrimas y mi cerebro amenazaba con estallar. Estaba deshecho en la histeria, besando a la locura en los labios… y todo por ese maldito infante. Al levantarme del suelo y secar mis ojos el niño ya no estaba, se había ido, seguramente solo quería deleitarse con mi desplante. 

Entré a la casa y me tiré a la cama, pude dormir al fin, como no lo había hecho en semanas. Desperté cuando mis papas llegaron y bajé a cenar con ellos. Horas después ya era momento de dormir, ellos subieron a su cuarto en la segunda planta y yo me quedé en la planta de abajo viendo televisión en mi cuarto. Era ya pasada la media noche y decidí dormir. 

Estando dormido, logré sentir que alguien había acomodado mi cobija. No le di importancia debido al sueño que tenía, Morfeo era más fuerte, al menos por ese instante. Volvió a suceder y esta vez desperté, encendí la lampara que estaba puesta en la mesita a mi derecha. No vi a nadie.

 Sin estar completamente tranquilo aún volví a apagar la luz.

 –¿Hermano?– escuché mientras apenas cerraba los ojos. Muy sobresaltado, con el corazón en la garganta me alcé y vi una silueta pequeña, como de un niño, sentada sobre sus piernas en el borde de mi cama. Aunque me negaba a creerlo sabía bien quién era.

 –¿Qué quieres?– Cuestioné lo mejor que pude, el miedo hacía que las palabras se atiborraran en mi garganta. Solo escuché silencio. –¿¡Qué carajo quieres!?– grité completamente desesperado. Dentro de mí rogaba a Dios, al destino, que me hiciera despertar y me hiciera ver que era una espantosa pesadilla, pero el sudor helado que me recorría el cuerpo me decía que eso era demasiado real. 

–¿Ya no me quieres?– Preguntó con la tristeza desbordando de esas cuatro palabras.

 –¡No! ¡Jamás te quise, déjame en paz!– Mascullé mientras intentaba, de manera inútil, poner más distancia entre los dos de la que mi cama ofrecía.

–Somos hermanos, somos familia, la familia se quiere y no se separa nunca–. Esa última palabra no fue con la misma voz frágil y dulce que el niño había tenido antes, ahora era maligna, demoniaca. 

-–¡No! ¡No somos familia, no eres nada mío! ¡Lárgate!– No sabía si después de eso podría volver a pronunciar palabra alguna, su voz, su respiración, incluso su silueta me aterraba, parecía que veía a un demonio pequeño. Se escuchó de nuevo silencio, pero vi como él se inclinaba hacia adelante para decir algo, se inclinaba hacia la luz de la luna que se colaba por la ventana.

 –Soy tu hermanito– dijo acercándose –y te quiero mucho, tú eres mi hermano mayor… ¿me quieres?– La oscuridad abandonó su rostro y fue sustituido por la luz azul y mortecina de la luna acentuando una palidez digna de los mismos muertos. Sus labios estaban envueltos en fulgor rojo como sangre y sus ojos, ¡esos ojos!, no había nada en ellos, eran completamente blancos y poseían una expresión de ira y locura combinadas de manera tétrica. Ya no había alegría, no había inocencia. Podía ver el infierno en esa blanca faz, mi propio y personal infierno.

 –¡¿Me quieres?!– Gritó estrepitosamente y su voz era amplificada por más voces que salían de no sé dónde. Sobrevino la oscuridad a mis ojos y todo se volvió negro, absolutamente negro, de repente desperté y ya era de mañana. Todo mi cuerpo estaba completamente húmedo, hasta mis piernas habían sudado, tanto que no sabía si realmente era sudor o había mojado la cama.

 Escuché que mis padres me llamaron, en cuanto me cambie el pijama, fui con ellos al comedor.

 –Hijo– dijo mi padre cariñosamente –sabemos que ya tiene mucho que no lo mencionas, pero recordamos que cuando eras más niño siempre decías querer un hermano, perdona no haber podido, pero sabes bien los motivos. –Mi padre tomó la mano de mi madre y la apretó fuerte, pero con el mismo cariño con el que me habló a mí.  

–Dime, ¿aún quieres un hermano?– Cuestionó mamá. Yo aún me sentía perturbado por lo que recién había pasado, pero,convencido de que todo había sido un mal sueño, retomé mi ansia por ser hermano mayor. 

–Sí– Respondí rápidamente, con algo de emoción.

 –Que bien, fuimos a un orfanato, bueno, a varios y hallamos a un niño, así que aquí está.

Mis padres lo llamaron y él pasó al comedor junto con nosotros. Quise gritar, pero no pude, los escalofríos me atacaron y sentía que me quedaba sin aire. Mi pecho era triturado por toneladas de miedo puro. Mi nuevo hermano adoptado era igual que el niño que yo me había encontrado.

 –Hola, espero podamos llegar a querernos–. Sonrió de la misma manera que él lo hacía. Quería pensar que era todo broma, pero no. 

De repente, ya no quería tener un hermano.