El cuento en cuarentena | Esto no es lo que parece

Por Francisco Maravilla

Le gustaba mucho ver la luna atrás de las nubes, nos divertimos mucho la última vez que la vimos juntos. Ella tenía algo que me atraía. La conocí… bueno, realmente no nos conocimos, más bien la vi por primera vez en el pasillo de enlatados. Chiles en vinagre, atún, frijoles y sopa, eso fue todo lo que compró. Juro que me llamó. Tenía muchas ganas de acercarme. No pude.

Siempre iba a la misma hora, esperando encontrarla escogiendo entre Campbell’s y Carnation. Media semana después la volví a ver por el pasillo. Yo miraba los estantes tratando de disimular. La veía de reojo, ¡qué bonita estaba! Me acerqué.

—¿Sabías que el atún te puede dar botulismo?

—Disculpa, ¿quién eres?

—La bacteria se aloja dentro de los enlatados por medio de esporas y se reproduce en ambientes con poco oxígeno y acidez. Como deberías saber, las latas se sellan al vacío y los conservadores tienen un pehache favorable para ella. Las toxinas de la bacteria te pueden matar; por suerte, es raro que se concentre en esas cantidades: con un poco, la toxina sólo da botulismo. Se te debilitan los músculos, lo que te incapacita para caminar a ritmo decente y ni hablemos de correr; la boca y la garganta se resecan y cuesta hablar; con el tiempo empezarías a ver doble y marearte; poco a poco el cuerpo se va rindiendo, de no tratarse pronto puede ser grave.

—De todos modos voy a comprar mis latas. De nuevo, ¿quién eres?

—Esteban, mucho gusto.

Quién hubiera dicho que ahí comenzaría algo importante, una cosa maravillosa. Todo avanza tan rápido a veces, era la tercera vez que me pasaba eso en cuatro meses. Al principio ella era un poco reacia a verme. Que te vayas, me estás incomodando, si no me dejas, voy a gritar. Con el tiempo se fue acostumbrando a mí, ¿cómo no hacerlo si soy irresistible?

La sexta vez que lo intenté, me dio una cita. Lo planeé todo a la perfección. Nos veríamos en su restaurante favorito a las siete, comeríamos algo ligero y después iríamos a pasear por la avenida mirando aparadores de las tiendas departamentales; cuando llegáramos a la parte alta del edificio Emporio ya estaría atardeciendo y todo mundo sabe lo bonitos que son los atardeceres desde lo alto de un mirador. Después, iríamos por un helado; luego, a casa a presentarle mis perros y mi colección de fotos de la segunda guerra mundial, todo sería perfecto. Pero fue mejor.

Nos encontramos en el estacionamiento del supermercado. Paseamos un rato por la ciudad. No tenía sentido forzar las cosas de manera innecesaria, sobraba tiempo para hacer eso después. Le di un poco del coctel que saco en ocasiones especiales, porque, obviamente, era una de esas veces. Estaba muy borracha. La llevé a casa. Yo estaba muy feliz.

Al llegar, lo primero que hice fue prepararle su habitación. Le puse una manta para que no pasara frío. La acosté sobre la cama y la encadené a la pared como marca la tradición. Le di las buenas noches con un beso en la frente. Se quedó dormida. Deberías haber visto lo linda que se veía, con el tiempo se van poniendo feas.

Sus gritos me despertaron a las diez de la mañana, desperté molesto por haber dormido mal y su bulla no me ponía de mejor humor. Bajé las escaleras un poco torpe, casi soñando. Ahí estaba, tan encendida y radiante. No puse atención a lo que gritaba, pero juraría que se desgañitaba diciéndome “te amo”. La tomé del pelo y le di un beso largo, sentía el movimiento de sus labios, su lengua y sus brazos tratando de abrazarme de una manera extraña, cualquiera diría que me empujaba por accidente.

Para el desayuno hice unos huevos a la mexicana. Me pasé de sal.

Fueron unas semanas mágicas, los lunes nos despertábamos con el canto de los mirlos del parque y los canarios de mi vecina; la veía despertar y hablábamos un rato. Así me enteré de ti, decía cosas muy lindas. Los martes salía temprano a trabajar. Le dejaba el desayuno hecho para que la pobre no pasara hambre. En la tarde, a mi regreso, jugábamos juntos; gritaba bastante, creo que se emocionaba con la sangre. Comíamos las tres comidas juntos, excepto cuando el trabajo me lo impedía. Le encantaba el atún, aún cuando le recordaba la existencia del botulismo, pero nunca hizo caso, odiaba que fuera tan necia. El miércoles veíamos las estrellas juntos; justo en la silla en la que estás es donde se acostaba. Cuántas cosas no me dijo aquellas noches… antes de que llegaras, subía a diario para recordarla. Se siente bien tener compañía otra vez. Los jueves cocinábamos juntos. La tonta a veces se quemaba con la estufa, nada muy grave. Una vez se quemó la cara con aceite, curarla fue una odisea. Los viernes nos embriagábamos juntos, de vez en cuando ponía algo de clonazepam en su copa para tratar sus nervios, los viernes dormía con mucha soltura. Los fines de semana hacíamos siempre algo distinto. A veces venían unos amigos a visitarnos, a veces nos quedábamos viendo mis fotos de aviones de guerra; una vez bailamos todo el día, tuve que enseñarle a moverse con el ritmo, nada de una pila de litio no arregle.

Me entristeció mucho cuando la encontré muerta en la mañana. Se me olvidó desconectarla de la batería después de las clases de baile. Todo por mi culpa. ¿Por qué no me avisó? Normalmente gritaba cuando algo ocurría… puta madre… Aunque ya se estaba poniendo un poco fea. Había aguantado muy bien el ritmo, las otras se afearon más rápido y yo tiro la fruta cuando se malluga.

Tenemos mucha suerte, si no me hubiera contado de ti, me habría quedado solo. ¿Cuántos años te llevaba tu hermana?