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El cuento en cuarentena | El amor de los verbos

Por Álvaro Francisco Padilla Garzón

Al principio no existía el tiempo porque nada se movía y no había acción alguna. Se dice que todo era una sola cosa y por lo mismo, ninguna cosa era. Lo único que existía era el dios Ser. Ser era un dios solitario y se aburría mucho pues nada pasaba, ni siquiera el tiempo. Era tan triste el señor Ser que de un momento a otro se desbarató, se quebró en una infinidad de fragmentos, todos con la misma forma y con el mismo tamaño. Entonces, dejó de estar solo, pues en cada unidad vivía él y su nueva compañera, que solo existía en relación a lo que la rodeaba. Ésta era la diosa Estar. El dios Ser encontró a su compañera y se alegró muchísimo. Comprendió que ahora no solo era, sino que también estaba y esto significó que se podía mover. Lo hacía con ayuda de Estar, ella cambiaba de posición a veces acercando y a veces alejando unas fracciones de otras. A Ser esto le pareció muy divertido y se enamoró de Estar. Tanto se querían Ser y Estar, que se casaron y se juraron unirse para siempre. Mientras los recién casados jugaban, llegó una nueva divinidad, la trinidad del Tiempo. 

Los tres hermanos Tiempo eran dioses extraños. A diferencia de Ser y Estar, no tenían cuerpo, pero lo envolvían todo como una nube a la cima de una montaña. Los esposos trataron de comunicarse con Tiempo, pero les resultó imposible porque cada vez que comenzaban a hablar con uno, este se iba y llegaba su hermano. A decir verdad, Ser y Estar solo conocieron a uno de los hermanos. Se llamaba Presente y en cuanto nacía, moría y al momento de morir volvía a nacer. Los dos hermanos de Presente eran Pasado y Futuro. Pasado era todas las versiones muertas de Presente y Futuro, todas las formas que estaban por nacer. Cansados de no poder comunicarse, Ser y Estar dejaron a Tiempo en paz y se dedicaron a cambiar de forma cada unidad creando todo lo que conocemos. Algunas veces, juntaban fragmentos para formar piezas más grandes, otras veces, los dividían para hacer minúsculas partecitas. En esos tiempos las cosas no hacían nada, se limitaban a ser, estar y moverse según la voluntad de los esposos creadores. 

Una vez que hubieron creado la forma de todo lo que existe, la pareja se dio cuenta de que cuanto había era único y especial. No estaba bien que todo se llamara igual, pues nada era lo mismo. Entonces, Ser y Estar tomaron forma de humanos y se colocaron sobre el trozo más grande que habían creado. Ellos creyeron que como humanos iban a poder nombrar todo lo que en el universo había, pero los humanos no podían hacer otra cosa más que ser y estar. Los dioses estaban desesperados y no sabían cómo solucionar su problema. Entonces a Estar se le ocurrió una idea magnífica – Ser – dijo – antes de que yo existiera, estabas tú solo y nada sucedía, y en cuanto aparecí yo, te pudiste mover. Tal vez lo que necesitamos es que existan más dioses para que más cosas puedan ocurrir.

En ese momento fue muy claro lo que los dioses tenían que hacer. Estar quedó embarazada y después de un tiempo, nacieron de ella todos los verbos que existen y cada uno era un dios. Ser y Estar comenzaron a encomendarle a sus hijos que habitaran en la forma de todo cuanto habían creado, así el dios Brillar entró en la gran esfera y las pequeñas esferas que la acompañaban. Cantar vivió en los trozos que estaban en el aire, Fluir en las piezas inestables que se movían de un lado a otro y así, cada verbo fue dotando de capacidades a cuanto trozo habían creado sus padres. 

Entre todos los hermanos que la pareja había engendrado, Nombrar era el más fuerte y poderoso de todos. Ser se acercó a Nombrar y le dijo – Hijo mío, tu vivirás con los humanos y les darás tu poder–. Nombrar, entonces, se metió a la forma que Ser y Estar habían creado para los humanos y estos por fin pudieron hablar. Los humanos, que ahora podían nombrar, dieron nombre a las cosas. Así, llamarón a la gran bola que brillaba sol y a las más pequeñas estrellas. A las piezas inestables que fluían las llamaron ríos cuando iban de prisa, lagos cuando se aglomeraban y mares cuando eran muy grandes. A los trozos que cantaban y que estaban en el aire los llamaron aves y así con todo lo que existía. También nombraron el lugar donde estaban parados, le pusieron Tierra y comenzaron a poblarla reproduciéndose. Ahora que los verbos vivían en ellos, los humanos fueron libres de hacer cuanto les placiese y conocer su mundo nombrándolo. 

Ser y Estar siguen viviendo en todo lo que existe, de vez en cuando juegan a transformarse y crear nuevas cosas. Sin embargo, tienen todo un séquito de hijos que los ayudan a hacer todo cuanto sucede. A la pareja le gusta descansar y contemplar su obra, por eso han heredado su facultad creadora a los humanos, para que ellos sigan modificando todo lo que es y agradando a los dioses que contemplan a través de sus ojos y crean a través de sus manos. Por su parte, Tiempo, que nunca se entendió bien con los dioses creadores, se dedica a modificar lo ya creado, descomponiéndolo y renovándolo y ha incorporado todo a su juego cruel de nacer y morir, incluso a los dioses. Los verbos y los tiempos no se llevan muy bien, pero se respetan pues saben que no pueden existir los unos sin los otros ya que sin acciones no pasa el tiempo y sin Tiempo todo es nada como al principio.

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