El cuento en cuarentena | Las formas en las nubes

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Por Kalton Harold Bruhl

Mónica despierta. Abre y cierra los ojos despacio. Su boca está seca. Imagino cómo mueve su lengua para humedecerla. Traga con dificultad y tose. Sigue somnolienta. Sonrío y le acaricio una mejilla. Ella vuelve a cerrar los ojos. Yo hago lo mismo. El calor se disipa con la brisa. El viento es más fresco a esta hora de la tarde. Ambos estamos acostados sobre la hierba en la cima de una colina. Fuimos afortunados al encontrar este lugar, parecido a una postal pintada a mano y, tan apartado, que a pesar de que nos encontramos a campo abierto, el ambiente se vuelve íntimo. 

Abro los ojos y observo las nubes. Es inevitable que intente descubrir formas ocultas en ellas. Una parece un caballo que avanza a todo galope. Otra el rostro de un niño pequeño. Mónica deja escapar un leve gemido. Aprieto suavemente uno de sus hombros para tranquilizarla. Todo está bien, susurro. Vuelvo a concentrarme en las nubes. Ya no logro ubicar ni al caballo ni al niño. Ahora hay un dragón que extiende sus alas. El sol que se oculta asemeja una bola de fuego que escapa de sus fauces abiertas. La temperatura desciende. Será una noche inusitadamente fría. Me incorporo y quedo de rodillas. Beso a Mónica en la frente y retiro los torniquetes que he colocado en sus brazos. La sangre comienza a manar por las heridas en sus muñecas. El efecto del Droperidol acabará en cualquier momento. Había preparado un largo discurso sobre la fidelidad, pero por alguna razón me parece una pérdida de tiempo.

Tomé los torniquetes, la jeringa, el bisturí con el que corté sus venas y el tranquilizante para animales de la clínica veterinaria de Miguel. Siempre lo consideré mi mejor amigo. Río al recordar cómo tenía que defenderlo de los ataques de Mónica. Es un imbécil, decía a veces al escuchar su nombre. Tardé bastante en darme cuenta del engaño. La hierba se ha manchado de rojo. Retrocedo algunos pasos. Será fácil que inculpen a Miguel, después de todo, esta mañana han estado juntos y su esperma está en el interior de Mónica. Mónica despierta e intenta levantar la cabeza. Está asustada. Me aseguro de que me vea. Quiere decir algo. Yo coloco el índice frente a mis labios. No hay nada que hablar. Mónica muere con los ojos fijos en el cielo y no puedo evitar preguntarme qué forma tenía la última nube que se cruzó por su mirada.