El cuento en cuarentena | Guapachosos

Foto: Cyntia Kent

Desde que llegamos a la casa grande, era evidente la falta de carisma que aquella reunión inspiraba, misma que parecía pesar de más cuando nos bajamos del carro, (mi padre guardó las llaves en el bolsillo de mi mamá). La invitación nos había llegado por la misma razón por la que nosotros ahora estábamos parados frente a su zaguán, una mera obligación sanguínea y poco más. Podía entender la clara incomodidad de mis padres desde el momento en que tomamos la cacerola llena de ensalada de manzana y cruzamos el jardín de sillas plegables, enfrentando los saludos forzados y cumplidos irónicos, secos y punzantes que solo ellos podían confundir con cordialidad, a la cual claramente no estaban acostumbrados o no estaban interesados en estarlo.

Aunque mis hermanos y yo recibíamos comentarios pasivo-agresivos sobre nuestras decisiones o estudios como: “me alegra que sigan estudiando, porque en esta casa nunca aceptaríamos huevones o mantenidos”, o el que se había vuelto mi favorito “¡Me alegra tanto!, ¿sabías que mi hijo también lo hizo?” acompañado por alguna anécdota que dejara en claro su superioridad ante nuestros logros y ante nosotros mismos en el proceso. Era su habilidad especial, pulida con el tiempo y afilada por el léxico pretencioso que manejaban, convertían todo en una injusta competencia por la agridulce sensación de estar en lo correcto, de colocarse a sí mismos en la corona de la torre de babel prefabricada por tabiques de egos comprimidos.

Mi padre por alguna razón parecía saber manejarlo, respondía con preguntas o con chistes simples a sus provocaciones. Pero mi madre siempre se llevaba lo peor. Nunca salía de aquella ronda ofensiva sin empaparse de comentarios demasiado directos como para hacerse pasar por simples observaciones de carácter infantil, quejándose de su figura: que si la forma de sus vestidos era muy simples o toscos, que su cabello (siempre encontraban defecto), que sus pies pequeños o cadera ancha. Su piel, las arrugas, sus pestañas y cejas, mis tías se quejaban y desquitaban con ella de todas las gracias que a ellas, aún en juventud, les fueron negadas. Acto seguido, nos guiaban a una mesa solitaria donde mi familia, aislada, luchaba por confortarse mientras observaba el caos alrededor nuestro y escuchaba la música desabrida que poco a poco nos consumía y arrastraba de un lugar a otro, separándonos disimuladamente.

A mi papá lo buscaban sus hermanos para que eligiera partido en la discusión en turno; mis primos secuestraron a uno de mis hermanos para arreglar desperfectos, pero se perdió entre la casa y la mesa con comida; el otro era jalado por mi abuela para que sirviera de mesero y yo me quedaba observando todo como espectador en la puerta de la entrada, por encargo, viendo que nadie se metiera de colado. Ocupándonos como servidumbre gratuita más que como familia.

Mi mamá se quedaba sola, por lo general buscaba a mi papá para sentirse sostenida, pero mis tíos le dibujaban una línea marcada.

—Mira, Mary, si necesitamos que alguien nos ayude con una guía moral, te hablamos, ¿va? Esto es serio.

Argumentaban que su personalidad sensible no tenía cupo en una plática de trascendencia como las suyas (planteadas generalmente en quienes ganarían en temporada de partidos, si alguna de las carreras de los sobrinos nos matarían de hambre o si a la juventud de ahora estaba que se llevaba la chingada), donde mi papá solo figuraba como intermediario y réferi en caso de llegar al lenguaje corporal de contacto como espectáculo de media noche. De allí se paseaba entre las mesas pescando letras en la música cortada, intimidada por la sequedad de las miradas que se enterraban con la fuerza de los años de rencor y falsa memoria fabricada alrededor suyo.

La música, afinada a los gustos personales de la abuela (la única a la que parecía satisfecha con todo aquello), no hacía más que agregarnos peso, remarcado en nuestras evidentes caras de disgusto, mismas que solo hacían reír al resto de la familia.

No sé si estaba harta de ellos y se desquitó con la música o simplemente ya no aguantó lo repetitivo que sonaba por las bocinas, lo cierto era que se había parado molesta y, antes de que alguien pudiera decir algo, arrancó el celular de las manos de nuestro intento de animador, tirando consigo la última pizca de vergüenza que la aquejaba. Nadie hizo nada por detenerla, nada más allá de juzgarla entre los murmullos mientras un rock sereno iniciaba con el bajo acompañado de la voz y la dulce letra.

Con el celular aún en la mano, arrancó unas sillas con sus raíces del piso sin permiso de nadie para armar su improvisada pista, donde comenzó a sacudirse la molesta sumisión disfrazada de favores que le quemaban como azotadores en la piel. Al hacerlo, seguida por los acordes, comenzó a cicatrizar la humillación y a recobrar la piel tersa que creíamos perdida. Cantó con su voz un poco ronca guiada por el teclado y se movió de lado a lado torpemente con la trompeta como pareja. El disgusto era evidente ahora en ellos, pero a mi madre no le importó. Comenzó en cambio a subir el volumen y la intensidad de las canciones, cambió de pareja varias veces en su lapso rebelde, bailó libre con los caifanes del viento que pulieron sus ojos, se desenredó y alisó el cabello del mundo en suspiros aterciopelados y levantó su botellita de jerez por las miradas huecas que abundaban en su dirección.

Cuatro canciones sobraron para cambiar la noche que la familia planeaba derrochar en conversaciones sin meta y para notar que, entre sus primeras gotas de sudor, la ella auténtica comenzaba a recuperar el dominio de su cuerpo. El primero en acompañarla fue el menor de mis hermanos, quien dejó abandonada una charola llena de platos, ignorando los regaños de mis tíos, y entre saltos le ayudó a corear la pieza que recién comenzaba. El gusto no les duró mucho.

Uno de los primos había desenchufado la bocina excusándose en los errores de sus pies, mi abuela les reclamó la majadería que los gritos puestos por mi madre representaban para su reunión, pero ella no pensaba en eso, en cambio veía divertida cómo mi otro hermano empujaba a nuestro primo y volvía a conectar todo. Mi madre tomó la mano de mi hermano el menor y lo jaló al momento en que las guitarras interrumpieron a la vieja.

Los boleros se hicieron presentes en cada palabra interpretada por sentimiento, arrancándose la cadena de vejez que le sentenciaron. La voz de mi madre se fue afinando, se fio de los pies pequeños que la sostuvieron en los zapateos potentes entre notas, rodeó a quienes trataron de jalarla a las sillas, su propia voz ahogó las condenas a su nombre. Se acercaron a la puerta, me jalaron, cantamos juntos bajo la guitarra de violeta parra y por el odio que coloreaba las encendidas caras de la familia, los cuales tomamos como luces imaginarias que adornan las presentaciones que dábamos constantemente a la sala de nuestra casa pequeña con nuestras mascotas y quehaceres por testigos, imitando los pasos que le aprendimos a la escoba. Una fiesta privada de cuatro en medio del jardín metálico; sospechamos que los presentes, a pesar de que lo negaron después, podían sentir desde el estómago el brote eufórico de los ritmos ya exhibidos, contrarios, pero liberadores.

Lo veía en los cuerpos de los presentes, el tempo de las melodías también surtía efectos en ellos, aligeraba sus caras, se erguían, sus arrugas también se desvanecían; sin embargo, concentrarse tanto en cómo esta energía afectaba a mi mamá les parecía más importante que percibir, si quiera entre ellos, que la música también les conmovía y manejaba.

—¡Ya controla a tu vieja! —le gritaron a mi papá de quién sabe dónde y eso nos cortó un poco, era claro que, como ellos no pudieron hacer nada, ahora quieran que él se encargara de todo, parecían deseosos de volver a verse como antes, odiándose en secreto. El mayor de mis hermanos, ante la amenaza evidente, no encontró mejor solución que subir el ritmo; las percusiones y trompetas se volvieron a adueñar de los cuerpos presentes, la salsa pedía movimiento, compañía, cercanía y confianza. La ya joven Mary (para ese entonces ya me costaba decirle mamá a una persona que yo no conocí tan joven) se rió fuerte de la elección de su hijo, pero comenzó a dar vueltas para acercarse a su marido, que la miraba atónito. Los hermanos de mi papá lo empujaban exigiendo romper con todo, pero, cuando Mary le ofreció la mano, este solo le respondió que no sabía bailar. Con diversión Mary tomó su mano y le fue guiando entre historias de sensualidad que les devolvieron la figura, el cuerpo rígido de mi padre se fue enterneciendo y se reconocieron entre sí otra vez…

En un acto de desesperación, mi abuela prefirió dejar sin luz por completo la casa antes de seguir siendo desautorizada por algo tan ridículo como la inmadurez de mi madre, tal y como ella gritó desde el otro extremo del patio, pero la pareja seguía bailando, alentada por las cuerdas de la noche, los vientos de las palabras lejanas en el fondo, la percusión de los carros que pasaban cerca. Se guiaban el uno al otro por la orquesta de la ciudad presentada ante ellos, las vueltas del baile los reclamaron para la energía de lo pensado para la noche y se fundieron en ella, en medio de los sonidos nocturnos que tocaban solo para las almas jóvenes que se liberaban por la purificación de la música.

Para cuando regresó la luz, mis hermanos y yo nos sentamos cansados pero divertidos al ver cómo lo ganado con la energía de mis padres se disipaba de los cuerpos de la familia, que nunca aprovecharon.

Los vimos apuntar sus lenguas ahora a nosotros tres y a regresar a su discusiones delirantes, pero seguimos juntos, mirando divertidos cómo su ego podía más que su asombro al grado de hacer como si ellos nunca hubieran llegado. Caminábamos aún excitados hacia el carro con la intención de irnos cuando caímos en cuenta: las llaves estaban flotando junto a mis padres en la infinidad de la fiesta de la noche.