El cuento en cuarentena

El cuento en cuarentena | Rumores del fin del mundo

Por Andrea Luna

Quién diría que Macedonio Profetaz se toparía con las cuatro jinetes del apocalipsis, hecho impactante que centró la atención en el hombre, quien —más temprano que tarde— se acostumbró a las atenciones recibidas por tal acontecimiento.

Una mañana cualquiera se levantó del viejo catre donde dormía, se puso las botas y un fuerte estruendo terminó por materializarse en el techo ahora destruido, mientras una luz incandescente lo cegaba por momentos.

Cuatro figuras femeninas montadas en sus respectivos equinos —relataba para estación de radio local—, se presentaron ante mi, con mirada decidida. 

— ¿Puede recordar su vestimenta? —sugirió el locutor.

—Tradicional, muy típica. Me queda claro que los grandes males nacieron en este sitio.

—¿Cómo? ¿Dice usted que son locatarias quienes irrumpieron su vivienda?

—Sí y no inrrompi… eso, entraron pues. Pero no son de aquí, parecen, pero no. Nunca he visto que mis vecinas vuelen en caballos.

—Aún no me ha dicho cómo iban vestidas.

—Pues de escaramuzas charras, ya sabe, sombrero, vestidos, botas, lo típico.

Convencido de que a su entrevistado se le había zafado un tornillo, el locutor decidió seguir con las preguntas a manera de entretenimiento. Los escuchas habían aumentado y se encontraba dispuesto a seguir la corriente.

—¿Y por qué cree que vestían de tal forma? ¿Tal vez estaban perdidas y entraron a su casa por accidente?

—Pff, ¡qué va! ¿Acaso no las ha visto en las charreadas?, resultan imponentes; detrás de esa imagen de dulzura se esconden las desgracias, señor. El arte es timidez, pero también se vuelve peligroso. A ellas nadie las frena.

—Mmm… ¿por qué está tan seguro de que son enviadas para comenzar con el caos sobre la Tierra? Escuché que estaban filmando una película cerca de pueblo. Lo más seguro es que algunas actrices del set vinieran a conocer y usted las confundió con algo sobrenatural.

—¿Acaso no ha leído el maravilloso libro del apocalipsis? Bello y siniestro. Las señales son claras y, ahora más que nunca, reales. No se deje engañar, quieren confundirse entre nosotros y qué mejor forma que la de nuestras deportistas orgullosamente nacionales. La simpatía que generan y la admiración serán sus más grandes armas.

—Y… ¿cómo es posible identificarlas? Usted mejor que nadie debe darnos algunos tips a nosotros los mortales. Está claro que ha sido elegido para guiarnos.

—Vean sus ojos señores, cambian de color cuando las miran fijamente. Cuando noten eso, es momento de correr.

El locutor armó el diagnóstico silencioso: Hombre fanático de la charrería y lector ferviente de la Biblia. Su deporte favorito superó la realidad. Recreó la escena más emblemática del libro del apocalipsis y, aunado a ello, agregó a sus personajes favoritos.

El tiempo transcurría con la soltura inicial. Se hacía una pregunta y el otro contestaba. Macedonio percibía cierto atisbo de burla por parte de su entrevistador, por lo que terminó con la recomendación de mantenerse alertas. Recogió el sombrero y se fue refunfuñando alguna maldición y lo que parecía una amenaza: «El que se queda sufre».

Mientras tanto, el locutor continuaba su trabajo con una sonrisa cruzándole el rostro, torció los ojos como el que ya está harto y emitió un soplido de alivio. 

Dos días más tarde, se propagó el rumor de que un locutor bastante conocido en el pueblo había sido capturado por cuatro mujeres montadas a caballo. Algunos mencionaron que las veían volar, otros argumentaron que el hombre intentó huir, pero ya era demasiado tarde. Nadie pudo intervenir, el miedo se apoderaba de cualquier ser humano presente.

Lo salvadores eran escasos en aquellos tiempos, un cambio de héroes era necesario y tal vez recurrir a Macedonio Profetaz era la opción adecuada. Buscaron al hombre en cada rincón del pueblo hasta que por fin dieron con él, cuando este bajaba del cerro más empinado.  Solicitaron su ayuda, ya que los habitantes se encontraban temerosos. El hombre prometió mantenerse alerta e informales cómo avanzaba la situación.

Regresó al hogar a paso lento, mientras recordaba la inscripción que había leído en tiempos pasados. Necesitaba un féretro hecho con el material más preciado por el hombre, en el que insertaría toda la oscuridad que aquejaba a la población.

Toda su vida había esperado este momento, ser un salvador. Macedonio trabajó incansablemente día y noche hasta construir el gran contenedor de materiales poco relacionados con lo que tenía en mente. Pero eso no era problema —pensó—, ya que si él era el elegido, aquel burdo cajón se convertiría en lo que deseaba con solo pensarlo. 

—El féretro es de oro, el féretro es de oro, el féretro es de oro… ―repitió toda la noche, hasta quedarse dormido.

A la mañana siguiente, un resplandor hizo que abriera los ojos. ¡Lo había logrado! Un féretro de oro macizo se encontraba frente a él. Pero la dicha que eso le generaba, le duró poco. Desde aquel momento ninguna de las jinetes se hizo presente y las dudas lo inundaron. ¿Y si él era el elegido, pero no precisamente para hacer el bien? Quizá todos los poderes que hasta ahora había experimentado tenían que ver con la oscuridad ¿Qué pasaría si él fuera el mal que habría que combatir? Peor aún, tal vez… él desataría el apocalipsis. Profetaz pasó días ensimismado en aquellos pensamientos, sin comer, ni dormir, aterrorizado y con los ojos saliéndosele de las cuencas.

Una semana más tarde, el locutor de radio «desaparecido» informaba que había contraído una gastroenteritis aguda que le impidió trabajar, sin embargo, se encontraba mucho mejor. Mientras, en otras noticias poco agradables, lamentaba informar a sus escuchas que habían encontrado el cuerpo de Macedonio Profetaz dentro de una caja de madera y un machete entre las manos. El suicidio del hombre esquizofrénico —como se le había diagnosticado posteriormente, según los rumores— consternó al pueblo, ya que no hablaba con nadie y si le conocían, era porque de vez en cuando bajaba por provisiones a la tienda local. Se paraba en algún montículo de tierra firme y observaba de lejos las charreadas que se presentaban  por aquellas tierras, con motivo de la filmación de una película hollywoodense.

 —Era un hombre solitario, no sé metía con nadie. Asistía a la misa con frecuencia y era el primero en salir cuando esta concluía —mencionaron las voces del pueblo.

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