El cuento en cuarentena | El sufrir de los desdichados

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Por Isaac de Avila López

Ayer en la noche enterré a mis hijos. Se murieron todos en sus camas, con trapos humedecidos en agua fría que había que estar cambiando casi apenas se los ponía en la frente. Su piel ardía. Calentaban toda la habitación y mi sudor era helado a comparación de su calentura. 

Tosían y lloraban apretando los dientes del dolor que les causaban las llagas en la piel. Esas llagas malolientes y rojas, rojas como la carne de los animales muertos; pero esta estaba viva y sufriendo. No sabía ya ni cómo atenderlas, cómo curarlas. La señora Gertrudis Ávila había renunciado a la ayuda que tan caritativamente me prestaba en el cuidado de mis niños. Ella los había atendido en todo lo que necesitaban. Sanó las primeras llagas que lastimaron la piel de mis hijos. Usaba un ungüento que nunca aprendí a preparar; pero al poco tiempo nuevas y más terribles heridas hacían a mis hijos llorar.

Maldeciría a Gertrudis por haberse ido si no entendiera sus razones como lo hago. «Ay señor, no puedo seguirle cuidando a sus chamacos. Cada día se ponen peor y no vayan a contagiarme. Mire que por mí no hay cuidado, pero no vaya a ser la de malas y yo contagiada vaya a echarle el virus a mis propios hijos. Los siento mucho, pero ya no puedo seguir arriesgándome». Eso fue hace dos semanas.

Ni al caso intentar buscar un doctor. El que tenía este vertedero de pueblo cayó en cama contagiado por el virus hace un mes. Estar rodeado de tanto desdichado terminó por consumirlo a él también.

El doctor había improvisado un hospital dentro del palacio municipal, pero de palacio no tenía nada aquel edificio, menos aun cuando se abarrotó de sábanas percudidas por el sudor de los enfermos. Todo pasó de repente. Nadie supo quién trajo aquella enfermedad del diablo a la tranquilidad de los maizales de este lugar; sin embargo, todos pagamos de una forma u otra el descuido de unos tantos. Ya sin la atención del único hombre de blanco, todos los agonizantes quedaron al cuidado de sus seres queridos, que hacían lo posible por aminorar los males de la muerte andante. Desgraciadamente, no todos tuvieron la misma suerte. Muchos ancianos quedaron abandonados en el palacio municipal y ni el gobernador volvió a pasearse por aquella tumba. Algunos dicen que murió, otros dicen que se fue a la ciudad, dejándonos con la miseria en las manos, en los ojos de nuestros enfermos.

La medicina que nunca nos llegó, faltó por completo. No había nada más que lo que de la tierra salía para solventar nuestros dolores. Por eso seguimos trabajando la tierra. De la ciudad habían llegado las recomendaciones para mantener la salud. Que no saliéramos de casa, decían. Pero cómo no íbamos a salir, si nuestro trabajo era labrar la tierra y de labrarla comíamos otro día. Además, el presidente Andrés López, el hablador, como lo apodábamos, dijo que para sobrevivir la crisis del virus sólo teníamos que confiar en Dios, en la patria y en nosotros mismos. Esa fue toda la ayuda que recibimos del gobierno.

A pesar de todo el abandono, no pienso sino de dónde les llegó el virus a mis niños. Nadie nunca supo cómo se contagió, qué apretón de manos, qué charla, qué ser lo condenó al infierno. Parecía que el virus se contagiaba por el aire, por las pesadillas que le hacían a uno despertar hirviendo en fiebre.

Ayer por la noche enterré a mis hijos y no pude dormir. No sólo por el recuerdo de sus ojos vacíos y sus rostros llenándose de tierra, sino porque también me azotó la fiebre. 

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Hace cuatro días llegaron noticias de la ciudad. Una vacuna estaba lista. Lo oímos la señora Ávila, su marido y yo por el viejo radio de su hogar. Aún no nos ha llegado nada, ni otro doctor ni medicina, nada. Ya sólo quedamos nosotros. Los hijos de Gertrudis Ávila murieron hace ocho días. Uno de ellos se despertó por la noche y al poco tiempo ninguno volvió a abrir los ojos. A veces oigo a la pobre Gertrudis llorar muy bajito mientras prepara los ungüentos para su marido y para mí. Ella es la única que no ha enfermado. La única que no ha muerto.