El cuento en cuarentena | La última turista en Cali

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Por Alberto Bejarano

Empezaban las pesadillas, la que parecía hasta hace una semana una más, una ronda más del tour de la salsa, de la gozadera, del zaperoco, del tin tin deo, de la matraca, de la caldera, de la topa, del mamut, de baré, de la mala maña, por todos los bares que intensamente había vivido durante una larga eterna semana… Cali, poblada apretadamente de seres sin nombre y turistas apurados, se tornaba ahora un acuario de sombras y desdichas, caras largas desde los balcones, parlantes sonando hacia dentro, pájaros liberados, pingüinos curiosos y leones moribundos.

El último turista, o mejor, la última, era una francesa de 38 años, que había decidido quedarse sola en Cali, llevándole la contraria a su grupo de amigas. Ya se corría la voz de que se confinaría a los extranjeros en sus hoteles y que pronto se expulsarían del país, pero Magalie B, o no lo creyó o pensó que encontraría una forma de escabullirse bien fuera hacia algún hostal del litoral o en alguna casa de algún conocido en el sur de la ciudad. Esos nuevos verbos, decía, no la asustarían: “confinar/expulsar/aislar/apartar/contagiar/expandir/contener/evacuar…expirar…”. Así era ella, decía estar más allá de todo impedimento, se sentía libre de ir por el mundo a su ritmo, a su medida, y desde que había aprendido español y se había hecho devota de la santería y de la salsa, había soñado por más de diez años venir a Cali y pasar la mejor temporada de su vida. Había ahorrado con mucho esfuerzo una pequeña fortuna para vivir un año sin apuros dedicada solo a la noche y al baile. Justo había llegado de Marsella a Cali apenas una semana atrás. Había logrado convidar a tres amigas a acompañarla durante diez días (noches) y luego seguiría sola su deambular.

Ahora estaba sola. En los noticieros anunciaban que a la noche los extranjeros debían irse del país. En el hotel colonial le dijeron que no podrían alojarla más y por más que ella intentó negociar proponiéndoles pagar por adelantado un mes o incluso más, no aceptaron. Divagó y divagó en su cabeza y salió a caminar por el bulevar del río; serían las tres de la tarde. Poca gente había. Pensó que no le sería tan difícil encontrar un hostal o una pensión más o menos caleta (una palabra de jerga local que le llamó la atención desde su llegada). Caminó por las calles laterales del centro y en todas partes le cerraron la puerta a sus ojos verdes, a su pelo rubio, a su falda corta descaderada, a sus largas piernas, a su piel casi albina, a su sonrisa desbordante. El look que antes le abría todos los caminos ahora le pasaba factura.

Así fue pasando la tarde y a punto estaba de iniciar el toque de queda para todos. Se le ocurrió ir al bar Mala Maña donde la había pasado bomba las noches anteriores, quizá si estuviera abierto, alguien la ayudaría. El local estaba cerrado, pero sonaba música adentro. En su novela favorita, Los reyes del mambo tocan canciones de amor de Oscar Hijuelos, había aprendido un mantra que recitó una y otra vez como una suplica a Iemanya, diosa del mar: “en el nombre del mambo, de la rumba y del cha cha chá”. Se animó a golpear y se paró la música. Por una ventanita alguien le preguntó qué quería, ella solo atinó a decir “bailar”, como si fuera un santo y seña o una mágica contraseña santera.

La puerta se abrió y al bajar las escaleras del sótano, vio a un hombre solo, muy mayor, como de cien años, bailando lentamente un bolero en la pista vacía. De lejos, le sirvió un trago de viche y brindaron en la distancia. Le señaló un cuarto al fondo de la barra, al que se accedía tras una mini puerta que hacía parte del espejo. Para ella los espejos siempre habían sido ventanas y las ventanas espejos. Le dijo que allí podría pasar la cuarentena, tenía comida no perecedera, un botellón de agua, diez canastas de cerveza y veinte botellas de viche curado. El viejo se despidió como un espectro más y ella se acercó al tocadiscos para poner el disco que había quedado suspendido cuando ella tocó la puerta. El tema era “Candela” de la Orquesta La Conspiración: “ay Candela si la tocas te quema…”. Lo bailó en la punta del pie acompasada alargadamente como en un bautizo de fuego. 

Se sintió ya no la última turista sino la primera sonámbula.