El cuento en cuarentena | Minecraft

Por Henry Kurt Michael Ayala Alva

Podía ser dios.

Sus destrezas le permitían escoger a las entidades de su mundo. En su omnipotencia, creaba seres de todo tipo: animales, criaturas, plantas, elementos diversos y mezclas imposibles de minerales inexistentes en la tabla periódica. Pero su mayor diversión era la creación de atardeceres, especialmente porque no se sometían a las estaciones del autoritario girar elíptico de la tierra. Ese mundo —caprichosamente plano y exento de veranos, otoños, primaveras e inviernos— le otorgaba una cálida sensación de paz que solo la desolación produce. Aunque durara unos segundos, los prefería a la noche, donde emergían criaturas en las que no ejercía dominio alguno, seres esqueléticos en su mayoría y espectros borrosos de formas geométricas primitivas. Aquellas hibridaciones solían asesinarlo una y otra vez, mas disfrutaba de los beneficios de la eternidad y volvía al mismo lugar para vengar su muerte reciente.

En esa galaxia imperecedera de cubos, formas básicas y colores, Aarón encontró la paz en la soledad de campos infinitos y pixelados. Pudo dominar materiales suficientes para construir pirámides babilónicas y egipcias, templos y santuarios, fortalezas y reinos más reales que el mundo de los sueños y más seguros que el aquí y el ahora.

Ese cosmos, sombra de sombras, imaginación de imaginaciones y existencia estática nunca lo abandonaría, jamás lo dejaría, se quedaría siempre con él y le permitiría evitar la insoportable nostalgia de las otrora felices salidas familiares (aquellas cuando aún vivían las sonrisas, juegos y pasos inestables de su hermanito), la ausencia alcohólica de su padre y la locura permanente de su mamá, a quién visitó en el psiquiátrico primero y en el cementerio después.

Aarón, en su juego, era más que feliz. Que importaba que lo llamaran niño rata. Hacía mucho que la realidad de todos ya no era la de él.