El cuento en cuarentena | Voces del infierno

Por Jorge Alberto López Guzmán

Trascurrían los años ochenta del siglo XX.

Mi padre fue un gran científico, desde que tengo memoria, lo recuerdo con sus experimentos y sus libros, la mayoría de su tiempo lo dedicaba a su laboratorio. Recuerdo sobre todo la fecha de mi cumpleaños 8: mientras me cantaban con devoción, él se alejó a contestar una llamada, yo no le perdí cuidado y vi una gran felicidad en su rostro. Claro, horas después me enteré de que lo había llamado un ente gubernamental para un trabajo, esto era un gran paso para que mi papá por fin tuviera la popularidad que siempre había querido y decía merecer. Ahora tengo 20 y escribo esto como despedida, porque estoy en el mismísimo infierno.

Llegó el día de su partida, debía ir a Moscú, bella ciudad donde se respiraba el olor a igualdad y sus plazas tenían ese color rojizo que admiraba tanto mi padre. Se despidió como si nunca lo volviéramos a ver, yo era un párvulo y no entendía casi de la vida, mi cosmovisión era demasiado ingenua. Trascurrieron 6 meses hasta la primera carta de papá, en la que nos explicaba las razones de su ausencia prolongada, decía que su trabajo era algo secreto y no podía revelar nada, que no sabía cuándo nos podría enviar de una nuevo una postal, pero que todo estaba bien.

Fui creciendo sin la compañía  de papá, de vez cuando llegaba una carta suya, pero no me interesaba saber qué decía. Mi tiempo lo estaba ocupando en otras cosas de adolecente; me interese mucho por leer la historia de mi nación, quería ser un gran historiador, aunque siempre terminaba peleando con los libros o discrepando con algún académico. Un día llegue de la escuela y encontré a mamá totalmente devastada, cubierta en lágrimas y sollozos. Traté de calmarla y le pregunté qué había pasado; ella no quería darme la atroz noticia que cambió mi vida para siempre: papá había desaparecido y, lo peor de todo, no se sabía de qué manera.

Desde ahí empezó esta maldita historia, tomé la decisión y viajé a la capital porque quería saber la verdad de la desaparición de mi padre. Me involucré en los laboratorios donde trabaja papá y empecé con todo este karma, esta mierda que ahora no puedo retirar de mi memoria y de mi alma. Un día me hice muy amigo de uno de los trabajadores, le conté mi historia y accedió a ayudarme, ya que sabía lo carismático y servicial que era mi padre; mientras más me involucraba en la búsqueda de la verdad, más me adentraba en las garras del diablo. Me enteré de que papá había desaparecido en una parte muy lejana de la maldita Unión Soviética y que se encontraba haciendo experimentos para hallar metales debajo de la tierra y utilizarlos en la construcción de armas de destrucción masiva.

“Pero ¿qué pasó?”, le pregunté a la persona que me ayudaba, me dijo que si de verdad quería saber qué había pasado… me llevó a un lugar donde no había nadie, pero estaba lleno de aparatos. “Tu papá desapareció por escuchar unas grabaciones”, “pero qué ridiculez es esa”, le respondí. Me dio a escuchar algo y al poner las grabaciones se escuchaban algunas voces que decían este es el sonido del sol, seguido de un gran sonido extraño, este es el sonido de una estrella. Eso no me parecía que le pudiera causar la desaparición de nadie. Repentinamente se escucharon unos sonidos extraños con la fecha en donde papá había desaparecido, pero parecían voces pidiendo ayuda. Si se estaba buscando un metal debajo de la tierra, ¿de dónde habían salido estas voces?

Mientras escuchaba esas voces, recordé esas grandes historias de papá cuando me contaba como un tal Stalin asesinaba millares de persona en nuestra nación sin importarle quiénes eran y qué querían, y papá decía que estos pedían ayuda antes de ser asesinados, algo que lo decía con gran furor como alegrándose de esos genocidios por parte de ese verdugo. De un momento a otro salió una voz horrible, con fuerza e implantándome temor, haciendo callar a las demás. Eso fue lo que más miedo me causó, pero también curiosidad.

Al regresar el compañero de papá, le dije que si me podía llevar a ese lugar, rotundamente se negó, pero dio un mapa de cómo llegar. Al día siguiente madrugué y me dispuse a llegar a la zona, al llegar no vi sino una capa de tierra, algo desierto, nada que me causara temor. Llegué al lugar exacto donde había acontecido todo, estaba sellado con unas tiras de plástico puestas por la policía, las quité e ingresé: no sabía qué hacer, quería averiguar el gran misterio. Excavé hasta quedar exhausto sin encontrar nada, entre lágrimas y tristeza por mi padre, lo único que pude fue maldecir y decir “papá, quiero estar junto a ti”, malditas palabras que esparció mi boca. En este momento estoy escribiendo estas letras malditas, porque no hay salida, no hay escapatoria, estoy encerrado, han pasado muchos días lo único que veo es oscuridad, niebla; escucho gritos y tengo mucho frío. No sé dónde estoy, tengo hambre, mucho miedo y arrepentimiento.

Estoy en el infierno.

Dejo aquí las últimas fuerzas para escribir estas líneas por si alguien las llega a encontrar. Creo que papá no desapareció, papá está en un lugar donde lo estaban esperando desde hace años. He tratado de buscarlo pero ha sido muy difícil; si algo sé es que está recluido en el infierno, al igual que yo.