Cuentos

El cuento en cuarentena | Un día cualquiera

Por Patricia Calderón

Ella se acercó tanto que él no supo hacia dónde moverse; lo tomó por sorpresa… Paola era una mujer muy cariñosa y le encantaba ver la cara de asombro de Juan cuando mostraba lo deseosa que estaba de él. La relación que Paola y Juan tenían era especial. Era ella la que siempre se insinuó y él lo aceptó desde el principio, ya que en el fondo siempre le agradó que fuera así.

Habían disfrutado la última función de cine programada para ese día. Al término del filme Juan apresuró a Paola, puesto que el reloj marcaba casi las diez. Ella con pereza y desgano lo siguió, le habría encantado estar con él más tiempo. Compartir esos momentos era único. El contacto entre ambos era indispensable, por lo que siempre entrelazaban sus manos. Disfrutaban la compañía del otro. Paola sabía que en cualquier momento podría acercar su cuerpo al de Juan y él, con toda certeza, lo recibiría con un beso, un abrazo o una demostración de cariño. Aquellos momentos de unión y entrega lo eran todo para ella. 

Juan era amante de asistir al cine. Cuando Paola llegó a su vida, él la adentró a sus pasatiempos: el cine, el teatro, los conciertos, la lectura y otras cosas más. Con el tiempo ambos comenzaron a disfrutar con regularidad del séptimo arte en diversos escenarios. Al final de cada película comentaban el tema. Paola no aportaba mucho, ya que apenas se estaba iniciando en la contemplación de ese arte. Juan, por su parte, era un asistente asiduo de esta práctica, además, contaba con la experiencia de años sumergido en la literatura y esto lo hacía un conocedor vasto en diversos temas. Él le preguntaba, ¿dime qué te dijeron todas esas imágenes? Ella exponía los puntos que había observado y esperaba que Juan replicara su respuesta. Él, no obstante, explicaba los contenidos y ella se quedaba atónita ante aquella exposición de ideas y, sobre todo, ante las conclusiones a las que solía llegar. Aquel despliegue de razonamientos era para ella un aprendizaje. 

De camino a casa tomaba aquel tiempo para reflexionar todo lo visto y escuchado. Juan la apresuraba porque ella vivía lejos y el transporte que tomaba tenía un límite de horario para salir. El último autobús que daba servicio salía a las once de la noche y no les quedaba mucho tiempo para llegar, por dicho motivo debían acelerar la salida y llegar sin contratiempos. Cumplido el cometido, él recobraba la tranquilidad al saber que su amada estaba en camino a su casa. Juan la tomó de la mano y se dirigieron a la salida. Ya en el pasillo, que aún seguía en penumbra, Paola se resistió deteniendo su caminar. Luego con un movimiento rápido dio media vuelta y se aferró a él; acercó todo su cuerpo desde las rodillas hasta su rostro quedando a la altura de los brazos. Paola en unos segundos se hacía uno con él fundiéndose en un abrazo. Él no tardó en adivinar lo que ella quería, desde siempre lo había tomado por sorpresa. En aquel instante los pensamientos de Juan iban en una dirección mientras que los de Paola iban hacia otra. Juan deseaba llegar a tiempo a la estación de camiones y Paola lo deseaba a él. Ver a Paola en esa actitud le sorprendía. ¿Cómo era posible que los pensamientos de ella no estuvieran en sintonía con los de él? Esa era una de las cosas en las que no coincidían y Juan ya se había resignado.

Juan, al inicio de la relación, hizo un comentario a Paola sobre el temperamento que la caracterizaba y le dijo que nunca había conocido a una mujer así, a lo que ella preguntó sin tapujos: ¿cómo?, no entiendo qué quieres decir con eso. Juan se quedó callado por la contestación tan obvia que daría. Paola insistió en recibir la respuesta y él terminó diciendo: ¡pues así de ansiosa, ya sabes…! Juan, entre tanto, se dejó llevar por el momento. La miró de frente y la acercó más a su cuerpo; la rodeó por la cintura con sus brazos y la besó anhelante. Él disfrutaba estar cerca de ella; su aroma le agradaba y los momentos que compartían siempre se volvían irrepetibles.  

Retomaron sus pasos rumbo a la estación del metro. Atravesaron un camino solitario en medio de una zona arbolada. Juan detuvo a Paola y la jaló hacia él, puso las manos sobre sus caderas y la abrazó con ansias. Poco a poco fue subiendo las manos y éstas se deslizaron bajo la blusa sin obstáculos y comenzó a acariciarle la espalda. Sus dedos diestros desabrocharon su prenda interior. Paola se dejó llevar por el mar de sensaciones que recorría todo su cuerpo. El oleaje brotaba desde las manos que la acariciaban, pasaban por su corazón, llegaban a sus pensamientos y finalizaban en su entrepierna. En cuestión de segundos aquellas palmas ya estaban sobre sus pechos acariciándolos. Paola buscó la boca de Juan con urgencia y estas se fundieron en un beso de amor y deseos incontrolables.

Siguieron besándose con desenfreno, mientras él seguía acariciándola. Juan, de pronto, bajó las manos hacia el pantalón de Paola desabrochándolo con habilidad y dirigió su mano derecha hasta llegar debajo de la prenda interior. Comenzó a masajear aquella zona húmeda y deseosa. Ella, en esos momentos, no soportó el éxtasis que brotaba de su ser. Comenzó a jadear y susurró al oído de Juan cuánto lo amaba y lo dichosa que se sentía a su lado. Sus pulsos se aceleraron y las ganas de fundirse fueron inaguantables. Ella en ninguna ocasión trató de forzar la situación, más bien le gustaba insinuarse. Si lograba convencerlo se sentía satisfecha, si no, también lo aceptaba sin queja alguna. Juan era así, distinto a todo lo que había conocido. Él continuó sin detenerse. La otra mano la introdujo por detrás de su pequeño trasero. Paola se estremeció disfrutando todo: las sensaciones, las caricias, su aroma, su cabello, su rostro, su cuerpo tan cerca y tan lejano a la vez. Ella le correspondió acariciando su espalda, sus brazos y su pecho. Evitaba a toda costa tocar su miembro, aunque lo sentía con el cuerpo. Para ella, aquella zona era prohibida hasta que él decidiera acceder por propia voluntad. Acercó de nuevo su rostro a sus labios e iniciaron un ritual de besos que duró infinidad o así lo sintió ella.

En Juan la parte dominante era la razón, por lo que susurró al oído: ¡Se hace tarde amor! Así que por hoy es suficiente, apuremos el paso para que no llegues más noche. Y con esa frase aminoró aquel torbellino de emociones. 

Poco a poco Paola regresaba a la realidad. Estaba entre el mundo de sensaciones y el mundo real cuando este aprovechó aquel despertar para introducir sus dedos en ella. Ese instante produjo un verdadero éxtasis para los dos. Después de toda esa marea de sensaciones, Paola recobró el sentido y la razón regresó a todo su ser. Él acarició su rostro y le dijo que la amaba, que le encantaba estar con ella. Se abrazaron tiernamente y se dieron un pequeño beso en los labios. Continuaron entonces su camino luego de unos minutos. Paola, satisfecha, se abrazó a él y caminaron juntos. Su corazón estaba tranquilo y en su pensamiento solo se encontraba él. Aquel instante se convirtió en un volar por el infinito en un día cualquiera.

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